12/24/2008

Triste navidad

En medio de una crisis económica imparable, que se anuncia larga y ya es profunda, arrastrando cotidianamente consigo cifras alarmantes, derrumbes clamorosos, dramas de andar por casa, y amenazando ahora a la mismísima vicepresidencia del gobierno, que se confiesa cansada de no saber qué hacer, llegó la navidad hace ya casi un mes, pues cada año se adelanta, y con ella el decreto consumista, el derroche en medio de la carencia, la obligación de ser feliz a toda costa, a riesgo, si no, de convertirte en un asocial. Con estas expectativas, las “muchas felicidades” que invaden ya los buzones de nuestros antiguos domicilios, como si la única felicidad verdadera pudiera ser divisible y llegar en tropa, envasada en cajitas de colores brillantes para engañar a la noche y al frío, sonarán más blancas, más vacías, más tristes que nunca.

O quizá no. Quizá la austeridad forzada, la estrechez reconocida sin rubor y asumida por los otros sin desprecio, la necesidad de prescindir de adornos y dispendios nos reconcilie con lo que se supone que sería el auténtico sentido del solsticio invernal. Todos llevamos un niño dentro que renace con cada cambio de ciclo. Todos necesitamos quitarnos los relejes del tiempo roto o perdido para soñar que sí hay futuro si estamos juntos y reina la paz en la noche. ¡Qué ironía más zafia, loca, que la cuna de la Navidad sea también la capital del odio y la violencia! ¡Y que sea la bendita religión la bandera que lidera la matanza! Cuando éramos unos adolescentes bordes que podían reírse impunemente de todo hicimos un crisma con imágenes de israelíes y palestinos partiéndose la crisma en Belén y la leyenda: “Feliz Navidad”. Sería divertido colocarlo en el tablón de anuncios de todas las iglesias, sinagogas y mezquitas del mundo, para lo cual sólo se necesita un diario de cualquier día y una chincheta. O colgarlo del arbolito, junto a las bolitas de colores y los paquetitos de nada.

Una pausa publicitaria: los Grandes Almacenes les desean Feliz Navidad, y usted no puede evitarlo. Los Grandes Almacenes reciben la Navidad con zamboba y pandereta. Los Grandes Almacenes celebran la Navidad antes y más que nadie, y nosotros somos sus corderos de pascua. Con la excusa de las compras anticipadas y el ahorro en tiempos de crisis, seguiremos comprando hasta el día de las Rebajas. ¿Está usted triste? ¡Ya lo pasará peor luego! Gracias a la Navidad, los mercados se permitirán un respiro antes de volver a desplomarse. En los Grandes Almacenes, este año dan dos por uno.

¿Y qué podíamos esperar nosotros, hijos de los ochenta? Antes de que nazca la criatura, empezamos a corromperla. Los niños son el blanco de toda la campaña. Los protagonistas de ese cuento triste que acaba en una cuesta son también sus principales víctimas. Juegan con su deseo y con su ingenuidad, y los padres se entregan. Ellos también han sido niños consentidos y han tenido que bregar después con su inmadurez. Los niños que crecen engañados acaban siendo adultos insatisfechos. Necesitan legar su frustración para quitársela de encima. Son los herederos del montaje, sus autómatas. Sin darse cuenta, han permitido que una bonita fábula se convierta en un sucio negocio. Dicen los niños punkis que los reyes son los padres, y que por eso los niños pijos reciben más regalos, pero no hagas caso, loca. Éste año, los reyes no sólo van a ser magos, sino también equilibristas. Aunque puede que, dadas las circunstancias, tengan que ser un poco menos payasos.

Paseando por la calle Preciados me asalta el fantasma de Rayito, el parado que el resto del año asusta a los niños pequeños vestido de payaso que pide para comer. Lleva un gorro de Santa Claus y sonríe con los ojos tristes agitando una campanita y repartiendo unas octavillas que anuncian la revolución de los Últimos Días, la Gran Liquidación, y recuerdo la acción que los King Mob llevaron a cabo en Londres en los años ochenta, cuando varios activistas vestidos de Santa Claus entraron a un conocido centro comercial y se pusieron a repartir los juguetes de los estantes entre los niños que les contemplaban crédulos y confiados, provocando un gran revuelo entre los dependientes. ¿Acaso no era eso la Navidad? Rápidamente intervino la policía, que detuvo a los Santa Claus y se los llevó a comisaría. Imagina, loca, qué bonita estampa navideña: Santa Claus esposado ante los ojos inocentes de un niño por hacer bien su trabajo.

Las navidades son extremas, pero seguimos siendo imperfectos. Estas navidades serán como las otras, o puede que un poco peores. La crisis no va a eximirnos de aguantar los gestos rutinarios, de escuchar los mismos villancicos, de tragarnos el polvorón embarrado, de soplar el matasuegras. Nos harán sentir nuevamente expropiados, insuficientes, fugitivos: necesitaremos el alcohol para soportarlas. La Nochebuena será difícil, pero la Nochevieja será peor, y el año nuevo nos hará sentir viejos nada más empezar. La primera resaca de nuestra nueva vida destruirá muchos proyectos y acabará con todos los buenos deseos. Cuando era pequeño, Hellboy dormía con una pistola bajo la almohada por si entraba Papá Noel en su dormitorio. Mi paranoia no va tan lejos, pero no estoy dispuesto a participar un año más de esta hipocresía. Declaro mi insumisión a las navidades y no las quiero ni regaladas.

12/20/2008

Buenas noticias

(Texto montado con informaciones recibidas por correo electrónico y observaciones críticas de Ken Knabb)

12 de noviembre de 2008: una edición especial de The New York Times cubre las ciudades de Estados Unidos anunciando con grandes titulares el fin de la guerra. Muy temprano, los viajeros de cercanías de toda la nación se enteraban gozosos de que, mientras estaban durmiendo, las guerras de Irak y Afganistán habían llegado a su fin, según podía leerse en grandes titulares en una “edición especial” de este periódico.
El periódico, una réplica exacta, pero falsa del New York Times, anunciaba igualmente montones de iniciativas, como el establecimiento de la sanidad pública, la abolición del cabildeo corporativo, la institución de un salario máximo para los directivos y, por supuesto, el fin de la guerra. Incluye secciones de Nacional, Internacional, New York y Economía, así como editoriales, opinión y cierta cantidad de anuncios, como el aviso de retirada de todos los coches que circulan con gasolina. Hay también una columna que describe los logros obtenidos en ocho meses de apoyo y de presión al gobierno progresista, que culminan con el discurso de Obama “Sí, realmente pudimos” (el periódico está fechado el 4 de julio de 2009).
En una elaborada operación planificada durante seis meses, en la que intervinieron cientos de redactores, artistas y activistas, se imprimieron 1.200.000 periódicos en seis imprentas diferentes y se distribuyeron en lugares de difusión predeterminados, donde aguardaban miles de voluntarios para repartirlos en la calle. Entre los organizadores del proyecto, había personas involucradas en un espectro amplio de grupos, como The Yes Men, la Agencia de Contrapublicidad, CODEPINK, United for Peace and Justice, Not An Alternative, May First/People Link, Improv Everywhere, Evil Twin, y Cultures of Resistance.
A pesar de las críticas que puedan hacerse de las ideas de algunas de las historias imaginadas, los perpetradores de este escándalo han dado un buen golpe, un golpe que puede ayudar a difundir algunos motivos saludables que apuntan al cambio social. “¿Es esto cierto? ¡Ójala lo fuese!”, comentaba un lector. “Podría serlo si lo exigimos”.
Los cambios sociales apuntados en algunos de los artículos podrían cumplirse sin romper el orden social existente (en cuyo caso la gente podrá contrastar estos cambios posibles con los resultados, probablemente muy diferentes, de la nueva administración demócrata). “Se trata de mostrar que en este momento hemos de empujar más fuerte que nunca”, declara Berta Suttner, una de las redactoras del periódico. “Tenemos que asegurarnos de que Obama y los demás demócratas hagan aquello por lo que los elegimos. Después de ocho, o quizá veintiocho años de infierno, necesitamos empezar a imaginar el cielo”.
En otros casos, particularmente aquellos que involucran asuntos económicos, no podrían efectuarse en las condiciones actuales, sino que requeriría una transformación fundamental de todo el sistema socioeconómico (en cuyo caso, la gente podría empezar a considerar qué tipo de transformación bastaría y cómo podría llevarse a cabo). “Queríamos experimentar con el aspecto que tendrían los titulares que realmente querríamos leer, y qué sentiríamos al leerlos. Se trata de cosas que serían posibles si tuviésemos altura de miras y actuásemos colectivamente”, señala Steve Lambert, uno de los organizadores del proyecto y editor del periódico.
En todo caso, un primer paso importante consiste en disipar las nubes del hábito y la resignación para que la gente pueda tener la sensación de que las cosas podrían ser diferentes. Esta acción puede contribuir a ello. Beka Economopoulos, otro de los organizadores, apuntaba: “Estas elecciones han sido un referéndum masivo por el cambio. Hay mucha esperanza en el aire, pero también mucha incertidumbre. Es ahora responsabilidad de todos nosotros hacer que estos titulares se hagan realidad.” Y Andy Bichlbaum aclaraba: “Esto no acaba aquí. Hemos dado a Obama un mandato, pero mandato tras mandato tendrá que hacer aquello para lo que lo hemos elegido. Necesitará mucho apoyo, y por supuesto mucha presión”.
Aunque algunas de las “soluciones” particulares sugeridas puedan parecer limitadas, se presentan con tal frescura y sentido del humor que pueden hacer que la gente empiece a cuestionarse cosas supuestamente inevitables y se anime a tomar la iniciativa, en vez de permanecer en posiciones pasivas y defensivas, paralizada por el pánico.
No todos los lectores reaccionaban de manera favorable. “Con lo que no estoy de acuerdo es con la forma en que lo han hecho”, señaló Stuart Carlyle, que recibió un periódico en la estación Grand Central mientras se desplazaba a su trabajo en Wall Street. “Estoy totalmente a favor de la libertad de expresión, pero deberían haber hecho su propio periódico.”
En respuesta a la parodia, New York Times declaraba únicamente: “Lo estamos mirando”. Alex S. Jones, antiguo periodista del Times y una autoridad en la historia de la prensa escrita, observaba: “Yo diría a quien tenga un ejemplar que lo guarde cuidadosamente. Probablemente será una pieza de colección”.
La edición falsa del New York Times puede encontrarse en la siguiente dirección:
http://www.nytimes-se.com
Ken Knabb es titular de la web del Bureau Of Public Secrets
http://www.bopsecrets.org

12/04/2008

Crónica de un lunes anunciado

Y el lunes fue negro, como nadie podía dudar ya que sería. Hubo gran alboroto, pero no sucedió nada que no hubiesen previsto o no hubiésemos ya digerido. El guión estaba escrito desde tiempo atrás, y cada cual se limitó a interpretar su papel pese a que, esta vez, no hubo cámaras. No era un argumento para la cámara, sino para una fría noche sin luna, un lunes. Una noche de esquinas, puertas cerradas y sombras clandestinas. Las muertes anunciadas suceden así, casi sin que nadie se entere. Antes de que ocurran, todo el mundo las recuerda. Cuando ya han sucedido, los lamentos suenan huecos.
Lo que pasó el lunes fue una reproducción de algo que había ocurrido en otro lugar, en otro tiempo. Una escenificación al estilo de los autos sacramentales para rubricar un hecho y producir la catarsis en todo un pueblo, imaginada y trenzada por personas que daban todo por hecho a esas horas. Personas a las que no se puede decir que no, que no han hecho su carrera ni amasado su inmensa deuda contando con el no de nadie. Señores del ladrillo que caen en picado desde lo alto de sus sueños imposibles, como Martinsa Fadesa, Habitat, Metrovacesa o SACYR, cuyo desastre financiero está a punto de arrastrar consecuencias políticas de largo alcance. Reyal Urbis, con Santamaría a la cabeza, pertenece a la misma promoción, gasta la misma catadura y tiene el mismo futuro: el derrumbe. Cuenta no obstante, por el momento, con la impunidad de un crédito eterno, mira el mapa y pone el dedo en un valle: ya no puedes elegir, has sido elegido.
Acto seguido un alcaldito progre recita, con la mirada perdida, los ingentes beneficios generales que supondría la venta de unos cuantos derechos públicos. Lo dice así, sin maldad y sin ir más allá: he aquí la caja de truenos, ¿y si la abrimos? Resulta que estamos pobres, pero tenemos derechos, y hay gente dispuesta a pagar por ellos. ¡Anda la Virgen, pos no lo habíamos pensao! Renunciando a nuestros derechos podemos pasarle nuestra deuda a ese señor calvo, que debe ser un primo, porque su deuda es mayor que la nuestra, no dispone de activos para cubrirla y aún ofrece donativos. A fin de cuentas, ni siquiera son derechos exclusivos, sino que están a disposición de cualquier turista japonés que no haga fuego en el campo. Y el japonés, ni va a enterarse de que hemos vendido sus derechos.
El proceso ya está en marcha. Se hacen planes, se emprenden proyectos, se realizan cálculos, y aunque enfrenta grandes dificultades, el monstruo ha cobrado vida y nada podrá detenerlo. Crece y se hace más fuerte al calor de la rebelión que origina. De un zarpazo, arrastra un cadáver político. Pero existen todavía enormes dificultades jurídicas, además de un potente movimiento civil en contra, y los concejales de primera línea se oponen firmemente a la operación. El monstruo sabe, no obstante, que la democracia tiene muchos vericuetos, que el poder es una escena cuyos principales personajes controla, y sobre todo sabe que los ideales se compran y se venden, que las personas son volubles, tornadizas, lábiles, que tienen miedo y ambición.
Sólo hay que medir la distribución de fuerzas. De un lado, los señores del ladrillo, los magnates de la banca, los jerarcas del propio partido; del otro, un movimiento social amorfo, excéntrico, sin cohesión y una joven generación de políticos aficionados, sin experiencia ni pericia, y sobre todo sin discurso, apóstoles del talante y del buen rollito, con el ego recién elevado, arrastrando lastimosamente la camisa de once varas en que se han metido. La alcaldesa entrante no cambió de opinión tras estudiar la nueva propuesta que se le planteó, sino que acudió al célebre encuentro entre el lobo y caperucita movida ya por hilos, dispuesta a ceder y pedir perdón por sus locuras de juventud. Es asombroso cómo el mero acceso a un puesto de responsabilidad cambia la mentalidad de las personas. Es como si se hiciesen adultas de un tiro, como si rasgasen el velo de Maya que al resto de los mortales nos impide crecer. De repente son importantes, anteponen nuestro bien general a sus creencias personales, nos mandan callar. ¿Qué os dicen al otro lado del espejo? ¿Con qué os tientan? ¿De qué modo os presionan?
La gente ya piensa en su propio bien cuando vota, o al menos quiere pensarlo. No es preciso aleccionarla, ni dirigirla, y menos contra nuestros propios principios. Es doctrina de la democracia que la suma de los bienes particulares constituye el bien general que se impone, que quienes ocupan los escaños del poder son los representantes, y no los dirigentes, del sector social que ha delegado su voz en ellos. No tienen que imponer ningún bien general, sino saber escuchar y dar curso a las inquietudes que representan, pues el bien general y la verdad no están al alcance de nadie en particular. Por eso, cuando el último hombre, el único concejal socialista que mantiene una postura discrepante dimite en el momento crítico, traiciona a la soberanía popular igual que cuando se deja comprar o se cambia de chaqueta. Conserva, eso sí, la dignidad, mientras denuncia a la política: señores, esto es sí o sí, así que tengo que retirarme. Pero ¿por qué? La gente te ha elegido porque te conoce, sabe que eres un buen tío, quiere que estés ahí en este momento. Confían en tí, y tu dimisión simplemente allana el camino a quienes pretenden llevar a cabo la operación a toda costa. Todos sabemos lo que es la política, ¿tu no lo sabías? Habértelo creído. Haber pensado que eras más que tu, que podías torcer el destino. Haber aprovechado tu oportunidad.
Despejado el terreno político, sólo hay que intervenir en el plano semántico para hacer de la propuesta algo social y jurídicamente aceptable. Hubo varios intentos, ninguno de los cuales parecía cubrir los requisitos, ya que los caminos no se pueden vender ni alquilar, no existe sujeto jurídico con el que negociar ni siquiera su usufructo. Así que el lunes se aprobó una cesión a cambio de un donativo, que tiene a los efectos el mismo alcance que una venta, pero permite sortear los escollos legales gracias al arte de la nomenclatura. ¿Les saldrá bien la jugada? ¿Puede el ayuntamiento ceder los caminos, o cede más bien el derecho de los ciudadanos de cualquier adscripción que hayan de desplazarse por ellos? Y sobre todo ¿puede hacerse un donativo a cambio de algo? Un donativo interesado y condicionado, ¿es un donativo? Finalmente: ¿cómo es que ese “donativo” aparece ya registrado como superávit en las arcas públicas en la misma sesión en que se apueba la cesión de los caminos? ¿Se había realizado ya, antes de su aprobación? ¿Faltaba sólo este requisito?
Tras haber manifestado la vía política su ineficacia, pendiente la vía jurídica de un proceso que puede ser largo, y suceder muchas cosas hasta entonces, la acción popular es el único escollo que la operación ha de salvar. Se ha intentado desprestigiar a este movimiento, llegando en algún caso a la criminalización. Han pretendido aislarlo y marginalizarlo con la famosa teoría de los “cuatro gatos”, que ahora son cuatrocientos y serán cuatromil en las próximas elecciones. Han querido dividirlo, basándose en su heterogeneidad y falta de adscripción política. No obstante, los opuestos al cierre de los caminos de La Veguilla no han dejado de crear problemas, de forzar los sucesivos replanteamientos de la operación, de anticiparse a los hechos con su labor contrainformativa. Muchos, queriendo parecer inocentes, permanecían a la espera, confiando quién sabe en qué. Ya no hay que esperar a nada, ya sólo hay hechos consumados. Ya no hay sospechas, sólo indignación. El movimiento de liberación de los caminos de La Veguilla, la plataforma, sus satélites y simpatizantes no tiene tampoco que renunciar a nada. Ha mostrado su fuerza y hecho valer sus razones. Lo bueno de las muertes anunciadas es que uno llega a ellas ya llorado. Ya no es momento de lamentos, ni de ceder la iniciativa a ningún grupo político, sino de seguir en acción. Ahora, que la realidad nos afirma.

11/28/2008

Óxido de carteles

Únicamente al que pasea distraído o perdido le es dado acceder al secreto a voces que esconde el cartel. Este conocimiento se encuentra vedado al publicista, para quien se trata de un simple medio de expresión y seducción, así como al espectador que proyecta sobre él sus ilusiones. Cuanto más interesados están en aprehender este secreto, más opaco se vuelve el cartel al estudioso de la publicística y al crítico de la publicidad. Al contemplarlo, ninguno de ellos percibe otra cosa que su función: no ven el misterio que lo anima, sino pura banalidad. Pero como hecho material, y más aún como signo, el cartel existe más allá de la servidumbre para la que ha sido concebido, diseñado, impreso. No se extingue con su uso, sino que despliega una historia propia y sigue hablando cuando lo que dice ha dejado de tener "sentido" (si entendemos por tal algún tipo de correspondencia con el evento que anuncia o que despliega).
* * *
La existencia del cartel se adscribe desde un primer momento a la lógica reproductiva de la mercancía: es una de las formas óptimas tradicionales de publicidad en el medio urbano, y como tal se encarga de anunciar las emergencias del mercado. Desligado de esta función el cartel sería un simple "valor de uso" cifrado por el consumo estético, y su exceso un alegre derroche. Ya se trate de hacer circular mercancías propiamente dichas, de adherirse a campañas políticas o humanitarias, de asistir a exposiciones o conciertos, es siempre una movilización de recursos asociada a la especulación, a la producción de plusvalor. Pero el cartel no se limita a informar de estas novedades, sino que tiene que generar acontecimientos. De forma que ya en este primer momento se ve llevado a existir más allá de lo necesario; no sólo porque, como la mercancía, aspira a convertirse en el objeto de un consumo lo más extendido posible, sino porque además se propone producir ese consumo en las cantidades industriales que la mercancía requiere. El cartel trabaja en la reproducción de un valor que la mercancía ha banalizado, busca suscitar un deseo inexistente para el que la industria suministra de antemano una satisfacción. Después de que la mercancía haya cuantificado una cualidad determinada, el cartel necesita producir el reflejo contrario: movilizar lo cualitativo a través de su cantidad. Y debe a tal efecto ahondar en los temores y esperanzas del ser humano, hablar con la retórica de la utopía y la salvación.
El cartel reciente, todavía con el brillo de las cosas nuevas, expone su verdad como si fuese la única y no escapase a sus contornos; una verdad verde, fundamentalmente roja o en cuatricromía. Su sustancia es un concentrado artificial de deseo: excitante y adictivo. Se alza como la mirada que busca en el horizonte la salida de su rutina y su asco. El cartel, como la obra de arte, existe porque el mundo es insatisfactorio, y porque en medio de esa insatisfacción constituye un edulcorante, una efímera promesa que sólo puede realizarse haciéndose pública y unánime. El cartel es una mónada: cada esperanza reproduce todas las demás sin comunicarse con ellas y reinventa a su medida un mundo que no es sino el reflejo utópico del mundo que lo hace necesario. Pero en su ingenua pretensión de elevar a la categoría de Buena Nueva un novedoso implemento para las cuchillos de afeitar o un cd con refritos de viejos vinilos se ve pronto relegado a un segundo tercer plano por la proliferación ansiosa de pequeñas novedades que se solapan y contradicen. De las mentes de los "creativos" (artistas que desconocen sus grandes limitaciones, y que hasta rechazan serlo por miedo a asumir su frágil inutilidad) parten cada día millones de ángeles que anuncian modas y eventos que prescriben el próximo fin de semana. Brotan de la noche a la mañana y son flor de un día. El cartel es multitud, y su flujo incesante y trágico constituye su propia crítica.
Pero algunos siguen ahí al día siguiente, anclados a la esperanza, ciegos a su desastre, como locos que duermen bajo cartones y viven a la deriva. Y cada día que pasa y se obstinan en perdurar se adueñan más de su esquina, se identifican con ella: emulan al monumento.
* * *
Fiesta permanente. Deriva sin fin de las imágenes-signos. Las calles de las grandes ciudades han asumido una naturaleza selvática donde las especies conceptuales se rebelan, se asfixian, se despedazan: luchan por vivir en un medio limitado. Hacerse un hueco en las paredes, abrirse paso en la maraña de sinapsis. Esto se llamó en otro tiempo revolución. Juegos en serie, rostros cansados. Pesada carga.
* * *
Si en su proliferación viva se hace patente la pretensión y el artificio que hacen del cartel una obra de arte redimida, su acumulación fantasmal produce el efecto de un paisaje devastado. Ya no es la historia, sino el presente el que amontona ruina sobre ruina. La chatarra de hoy infecta los sueños de los que no han nacido. Vanas esperanzas, sueños rotos e ilusiones perdidas conforman al calor del sol un entorno más tangible que la tierra enterrada y las especies. Llueve. La crítica del tiempo no es menos implacable que la de los agentes conscientes que intentan arañar el croma. Reaparece a través de las brechas la persistencia del muro, nos morfifica un fragmento de pasiones olvidadas. Las utopías se arrugan, se cuartean, caen hechas jirones ante la espátula del funcionario. Resulta sintomática la eficiencia de los ayuntamientos conservadores en eliminar esta memoria. Lo que en otro momento fue signo de desarrollo y exceso lúdico expresa ahora suciedad y decadencia: un poeta indigente ocupa el lugar del pulcro ejecutivo. La secuencia acelerada de modas, eslogans, remakes, mitos y rumores no busca otra cosa que arrastrar estos despojos lejos de la vista, al mismo vertedero que las siete copas de europa y las guerras televisadas.
* * *
Una buena mañana la ciudad amaneció muda por decreto de una autoridad regresiva o como consecuencia de una insurrección iconoclasta; o puede que sin razón alguna: simplemente un escenario surreal, un hálito de cansancio que invadió a sus habitantes en pocas horas, una huelga de arte... El cine ha inventado el cartel animado, la publicidad dinámica, pero no ha sido capaz de proyectar aún este escenario. Debord lo imaginó, pero todavía pensamos en ello en términos de ocurrencia, como si se tratase de una broma dadaísta. Había cesado la representación. La ciudad estaba desnuda.

11/21/2008

Maleza de fantasmas

Se dice que la Veguilla se ha poblado de fantasmas que recorren al azar los antiguos caminos públicos haciendo crujir las hojas y sobresaltando a los animales dormidos. Desde que nadie circula por ellos, desde que sólo los pisan las botas de su señor, se han detectado en estos caminos fenómenos anormales, apariciones que no pueden atribuirse al matronazgo de la Virgen, criaturas de cuento o de leyenda que intentan decirnos algo que no se entiende. Lamentos. Extraños gritos. Ruido de cadenas, y del motor. Son tantos y tan diversos que conforman una especie de ecosistema paralelo, inmaterial, perfectamente tramado. Una plaga de absurdos e imposibles muy distintos, que se espían y se evitan, pero que dependen unos de otros.
Suele creerse que los fantasmas son eternos, que no cubren ciclos biológicos ni históricos. Lo fantasmas, sin embargo, nacen y crecen, se reproducen y se destruyen. Y cambian también con el tiempo, ya que están relacionados con él. Y con la historia. “Cuando los miré”, dice Lord Dunsany en uno de sus relatos, tratando de identificar la naturaleza de los fantasmas, “supe súbitamente lo que eran estas criaturas y tuve miedo. Eran los pecados, los inmundos pecados inmortales de todos estos señores y señoras de la corte”. La obstinación del fantasma en permanecer en un mundo que no le pertenece, y en influir positivamente sobre él movilizando fuerzas oscuras, parece tener que ver con los errores, los delitos, las ofensas no reparadas. Todas esas víctimas que claman venganza. Esos jorobaditos que todo lo frustran. Esas cuentas pendientes que no dejan de torturar a las personas y a las naciones, no son de otro mundo, sino sendas torcidas de éste.
El dinero, por ejemplo, siempre tuvo gran cantidad de fantasmas propios: el robo, la explotación, las pérdidas, el préstamo, el recibo devuelto, el iva, los intereses, la miseria, la guerra... La leyenda del guante blanco y la del cobro en negro. ¿A quién no se le aparece en sueños la Hipoteca como un monstruo devorador tan enorme que sólo puedes ver una parte, y tan horrible que menos mal? Lo inaudito es que el dinero se haya hecho hoy él mismo fantasmal, que se haya convertido en una simple cuenta cada vez más difícil de saldar o en un baile enloquecido de cifras sin raíces ni cimientos. Eso es lo que ha hecho posible que una empresa, un fantasma imponente con pies de barro que pierde más de cien millones de euros al mes, ponga coto realmente a los caminos por menos de dos millones, casi la mitad de lo que pierde en un día. El dinero inexistente, la deuda sobre lo supuesto, las viviendas construidas sobre pompas de jabón son, por así decir, fantasmas de carne y hueso. Tienen nombres y apellidos. Visten trajes impecables y sonríen tendiendo la mano. Si se la das, te quedarás sin ella.
La traición ha sido también la madre de muchos fantasmas, porque hace posible lo que era imposible, instaurando el desorden en el mundo. Casi todos los fantasmas son hijos de traiciones padecidas o cometidas. Quien sufre una traición no se lo puede creer, pierde pie, y no lo recupera hasta que no vuelve a dejar las cosas en su sitio. Pero, sobre todo, la traición convierte en irreal a la persona del traidor, en sus manifestaciones pasadas y presentes. El que traiciona a su grupo, a su lucha, a sus sentimientos o a sus principios se convierte en un ser insustancial, un comodín de reacciones imprevisibles. Las consecuencias de la traición suelen ser nefastas para quien la sufre, pero a nadie traiciona el traidor más que a sí mismo. Ya no se puede confiar en él, pues va contra la lógica y contra cualquier sentido de la estrategia. Se convierte en un ser doblado, en una mirada perdida, se disuelve como el humo. A menudo, el traidor sucumbe a su propia visión y es asaltado por el fantasma de lo que podía haber sido, pues sólo se vive una vez, y errar es para siempre. La traición camina descalza por La Veguilla. Lleva flores en el pelo y no teme al otoño.
Otra rica fuente de visiones aterradoras, de existencias rotas y de deseos desencarnados es la vergüenza. Un niño desnudo que mira siempre a los ojos y camina de la mano de un anciano que mira hacia otro lado, ocultando su rostro. Es el fantasma de las oportunidades perdidas, porque no tuvimos suficiente o porque tuvimos demasiada, porque no nos atrevimos o porque no estábamos en casa cuando la ocasión llamó a nuestra puerta. Un niño desnudo que no sabe a quién preguntar, y por eso interroga a todos los que pueden verlo: ¿sabes qué pinto yo aquí? ¿has visto a mis amiguitos?, como en una psicofonía. El fantasma de la vergüenza no mata, no te vuelve loco, pero inspira una invencible tristeza de algo que no puede volver, que no volverá a ser por nuestra culpa: por la culpa de los inocentes y los benditos, de los que nunca abren la boca si no es para pedir pan. No sé dónde estarán tus amiguitos, ni los míos, criatura. Probablemente se los ha llevado el tiempo en sus vientos, como se llevó mi corazón resignado, que no se abrazó a los árboles con todas sus fuerzas.
El odio, en fin, tiene también un enorme poder de proyección ectoplásmica. Nadie busca resentirse, loca. Nadie siente odio por placer. Conviene mantener a raya a esos fantasmas que nos destruyen a nosotros mismos cuando los desatamos, y todo lo que encuentran a su paso. Pero, ¿quién acabará con los fantasmas del odio cuando campan a sus anchas los lobos de la humillación, los vampiros del poder, el virus de la ambición, los gusanos del conformismo?
Son solo algunas de las presencias sobrenaturales que, en los últimos días, se han detectado en el paraje numinoso de La Veguilla, junto a guerreros olcades de otros tiempos, a colonos del Robledillo que se revuelven en sus tumbas olvidadas, a criaturas mitológicas que ayer sólo eran especies en peligro de extinción, y hasta la Virgen, estoy seguro, mandará recados, arrancadas todas ellas del sueño de los tiempos por una amenaza que solo intuyen, pues los fantasmas no escuchan los medios locales ni se conectan a internet. A pesar de ello, tienen mucho que decirnos. Y cuando los escuchamos, cubren su ciclo histórico y desaparecen.

11/15/2008

¡Quema el dinero y baila!


Quema masiva de dinero en la concentración de hoy contra la refundación del capitalismo y la reunión del G-20'5, en la Puerta del Sol de Madrid. Una acción abierta.







Ahora nos dicen que hay crisis y nos mienten, tanto como cuando anunciaban la prosperidad de las vacas mutantes engordadas con transgénicos y química y plástico. Porque la recesión y la expansión son una farsa, los dos movimientos de avance y retroceso de la misma ola de servilismo, explotación y miedo que te voltea y te ahoga a ti, a mí, a nosotros, esclavos del salario que vivimos una crisis eterna ya que vivir es pagar por cada acto que se realiza y por cada sueño que se alienta, y ay del que se atreva a actuar y a desear fuera y contra el mercado.

Ahora nos dirán que la crisis tiene una causa concreta y razonable, que sólo ha fallado una pieza del sistema, que la avaricia rompe el saco y que errar es humano, pero no importa porque ha llegado el Rey Mago Baltasar con su saco repleto de promesas para refundar el capitalismo y repintar las baldosas que llevan a la Ciudad Esmeralda, pues Oz y su espectáculo deben continuar, y esto es entretenimiento. Y nos seguirán mintiendo, porque el capitalismo no tiene cura: es la crisis que se reproduce a sí misma arrasando hombres, mujeres, culturas y tierras, hasta la consunción definitiva del planeta.

Por eso es necesario destruir de una vez para siempre esa recesión y esa prosperidad y esa economía que tanto preocupan a algunos. Por eso quemamos el dinero, tótem y tabú, corazón y sangre, abstracción y realidad máximas del capitalismo: para acelerar la crisis destruyendo la riqueza de sus naciones, para que la recesión receda hasta ahogarse en su propio vómito financiero, para que se oculte la economía y resurja la vida. Porque el dinero que tanto se adora es tan falso como todo lo demás, humo pestilente que tendremos que disipar hasta que se aclare el gran día.

Se dirá quizás que ese dinero no nos pertenece, que forma parte del producto interior bruto y de la renta nacional y del tesoro real, monstruosidades malditas que empañan lo que una vez fueron las relaciones humanas de producción comunitaria, de intercambio, de regalo y de don. Pero, ¿acaso no nos lo habíamos ganado con el sudor de la frente? ¿No era nuestro, a cambio del trabajo, del tiempo de vida que hemos malvendido? Entonces nos queremos permitir el lujo gozoso de destruirlo, lujo que sin embargo está al alcance de cualquier bolsillo porque tan sólo se trata de estar harto, y de atreverse. Y si nos damos el capricho gratuito de destruirlo es simplemente porque no hemos encontrado ninguna otra utilidad mejor o que valga más la pena, y todo lo que se pueda hacer con ese dinero, ahorrarlo e invertirlo para que crezca y se multiplique como si fuera un virus, o gastarlo para comprar basura de última generación, consumir distracciones insípidas, subir pensiones de risa, pagar hipotecas vampíricas, o financiar campañas para reivindicar reformas lamentables, son otras tantas excusas que nos atan a la economía a la vez que la refuerzan. Ha llegado el momento de cortar semejante cordón umbilical: negamos el capitalismo, y por lo tanto no queremos su dinero.

Por eso lo quemamos, quemando de paso el tren de la economía con los listones de papel que forman sus vagones, y toda su mercancía. Y nos despedimos recordando, por si hubiera alguna duda, que en el mundo que todavía llevamos en nuestros corazones existirá el baile, pero no el dinero.
¡Crisis! ¡Más crisis!
1929…1973…2008… ¡a la tercera será la vencida!
Los críticos crónicos

11/06/2008

Suma confianza o El milagro de La Veguilla

He tratado de informarme, loca, de la vida y milagros de don Rafael Santamaría. Ya sabes, el impecable e implacable triunfador que aspira, con todo de su parte, a vallar el acceso a los caminos de la Vega del Záncara, para nosotros La Veguilla. Tengo dos inquietudes al respecto. Por una parte, la fascinación que ejerce sobre los mortales de bajo presupuesto un tipo capaz de poner dos millones sobre la mesa, como si fuesen calderilla, con el único objetivo declarado de salvar a las perdices; y por otra, un resto de desconfianza, que a algunos parece impertinente, hacia alguien que, por nuestro propio bien, pretende impedir que nos bañemos en el río aquel tu y yo, que nos desplacemos entre los árboles sin saber dónde está el norte ni dónde hemos dejado el coche, que pesquemos cangrejos, busquemos setas o simplemente contemplemos cómo la corriente acaricia a las piedras formando bonitos dibujos.

Uno espera, cierto que con mentalidad infantil, que alguien tan magnánimo sea impresionante en algún sentido, que su fabulosa dotación fluya de una mirada magnética, de un perfil bien pulido, de una elegancia intimidadora. Aunque sea de unas orejas notables que funcionen como privilegiadas antenas. No un gigante, como dices tu loca, ni alguien con superpoderes, como pensaría mi hijo. Yo comprendo, y estoy dispuesto a admitir, que usen tronas, plataformas móviles, implantes capilares. Lástima, loca, que no puedas ver a través de las ondas el rostro afable de un ancianito gris y menudo, cuyo único rasgo notable es esa complaciente sonrisa llena de dientes que, de momento, no da la impresión de estar a punto de derrumbarse. Parece inofensivo. Dan ganas de inyectar liquidez a este hombre.

Rafael Santamaría es un arquitecto dedicado a los negocios, o quizá un negociante que ha utilizado siempre la construcción como ámbito de actuación preferente, presidente de Reyal Grupo desde 1997, una de las más importantes empresas gestoras del ladrillo. Reyal Grupo es una realidad financiera aglutinada en torno a Construcciones Reyal, que tuvo un importante papel en la época del desarrollismo económico y la concentración urbana, dedicándose a la construcción de complejos dormitorio allá por los setenta, es decir, de lo que entonces eran viviendas proletarias unifamiliares básicas y hoy son un lujo de pisos en la periferia de Madrid, cuando la emigración consistía en irse del pueblo a la ciudad, buscando el paraíso. Encontrábamos una colmena y decíamos: ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Durante una década, la gestión del señor Santamaría al frente del Reyal Grupo coincidió con el momento en que la burbuja financiera sobre bienes inmobiliarios crecía y crecía mientras algunos nos llevábamos las manos a la cabeza esperando el ostión. Ocho años después presumía de haber facturado 425 millones de euros gracias a sus actividades en las zonas de mayor índice de especulación inmobiliaria de España, pactando con ayuntamientos de todos los colores, y se encontraba en disposición de absorber a la inmobiliaria Urbis, en el marco de los procesos de fusión y concentración de capitales que día a día se vienen sucediendo. Se conforma así el Grupo Financiero Reyal Urbis, que actualmente pugna por cerrar los caminos públicos de La Veguilla, dentro de un contexto de actuaciones más amplio para Castilla-La Mancha.

Su lema es “Suma confianza”, lo que hoy suena como un chiste malo, y voy a permitirme explicarlo, aunque esté de sobra. Como todos los eslogans, juega con el doble sentido: aparentemente, intenta transmitirnos confianza suma, la mayor confianza. No mucha, ni gran, sino suma (completa), es que no se puede tener más. Pero su sentido profundo es el que resulta revelador de la actividad a que se dedica: sumar confianza, y a lo que produce (más confianza). Un grupo financiero no trabaja con realidades palpables, sino con títulos y valores. La confianza del comprador sólo puede ganarse si éste, que es un especulador como ellos, aspira a poder vender esos títulos con un margen creciente de ganancia, proyectando ésta sobre futuros compradores. Lo que se construye, al final, es una pirámide sobre la que trepan los incautos, hasta que alcanza una masa crítica y se derrumba por la base, incapaz de asumir el tipo de inflación irreal que producen estas prácticas, como sucedió en su día con los sellos de Afinsa y el Foro Filatélico. ¿Te acuerdas? Entonces, no todos supieron ver en ello no un caso aislado, sino una alegoría exacta de la sociedad actual.

La confianza no es un valor tangible, sino una red de afectos e intereses que puede evaporarse de la noche a la mañana. Vender confianza es vender humo, pues la confianza, en su sentido pleno, no sigue las leyes del mercado, aunque pueda verse afectada por ellas. El señor Santamaría ha sabido trenzar esa confianza, más con el hilo de los intereses que con el de los afectos, con una tupida red de políticos de todos los colores e influencias, de subcontratistas amparados a su sombra y de magnates de la banca. A pesar de ello, no ha podido evitar que sus acciones se desplomen en un par de meses todo lo que ganaron en varios años. El valor total del grupo es hoy, según una página económica, 1.000 millones inferior a lo que Reyal pagó por Urbis en 2006, y su deuda total asciende a 4.725 millones no de pesetas. Escuchame, loca: vamos a ceder La Veguilla por dos millones a un tipo que debe 4.725. ¿Y por qué no me la ceden a mí que sólo debo el alquiler del corriente? No debo inspirarles confianza.

Santamaría sí. Él los tiene a todos tan cogidos en las redes de su confianza que ha conseguido que Santander y Banesto le refinancie la deuda y se la condone hasta 2011 para evitar que Reyal Urbis se desplome en el parquet, como sucedió hace poco a Martinsa Fadesa, por la cuenta que les trae a todos y sin ninguna garantía de que a Reyal Urbis vaya a irle mejor en el futuro con sus explotaciones. La banca, a su vez, va a ser apoyada con capital público para evitar su caída, con lo que no resulta difícil rehacer el camino del dinero con el que se vallará La Veguilla.

¿Es que estamos locos, loca? ¿Seguiremos dejando que sigan creciendo, sanos y robustos, los problemas que hemos de enfrentar hoy? El superpoder del señor Santamaría es que tiene cara de cemento y un morro sobrehumano. Éste es uno de los que se lo ha estado llevando crudo durante estos años, uno de los que nos ha metido en este lío, uno de los que ahora piden que los impuestos de los pobres sirvan para que les saquemos las castañas del fuego. Y os pide confianza. No se ríe con vosotros, sino de vosotros.

10/31/2008

¡¡A matar al padre!!

“Nos ocupamos del mar y tenemos dividida la tarea” [Javier Krahe]

“El orden de la familia se proyecta sobre el orden social” [I Ching]

La familia es amor institucionalizado. Las instituciones son siempre relativas, mientras que el amor es una idea radical, porque es una dimensión constituyente del ser humano, y en su regimentación, normativización y corrección social asume todos los defectos, errores y contradicciones que padecemos como individuos obligados a comprender a través de la experiencia, del aprendizaje a través del ensayo y el error, fundamento evolutivo. Confundir una idea, extrema en su naturaleza, con las rígidas instituciones a que ha dado lugar es el error común de todos los fundamentalismos. La familia ha sido también, por eso, un foco de neurosis y de histeria, el crisol donde se cuecen las frustraciones particulares, un internado forzoso, un tablero de ajedrez donde se dirimen las ambiciones y las jerarquías.

Hoy la familia está en crisis. A través de las paredes escuchamos los gritos de los vecinos. Sus hijos deben escucharlos más nítidamente. Los asuntos familiares se han convertido en una de las causas estadísticamente apreciables de mortandad, sin contar las terribles secuelas que se proyectan sobre el futuro. El propio desorden social provocado por la propia crisis de la familia ahonda aún más la profunda herida.

Tan profunda que está mal visto preocuparse por los problemas actuales de la familia. Preguntarse por la crisis de la familia es de derechas, y reflexionar sobre esa crisis envejece mucho. Cuestionar las normas que rigen actualmente el proceso de descomposición de las familias y el relato sesgado que proponen los medios te convierte en cómplice de los maltratadores. Más vale que no te metas en asuntos de familia. No puedes resolverlo por tí misma, no puede resolverlo por sí mismo: díselo así al estado.

Denuncia, por el contrario, a tu congénere. Llama a la policía. Quítale la custodia. Pídele dinero, porque tu lo vales. Que abogados y sicarios os humillen hasta donde no habéis sido capaces de hacerlo mutuamente. Humillad a vuestros hijos con vuestro fracaso, legadles vuestra inmadurez eterna.

El guión jurídico está muy claro, y siglos de dominio patriarcal lo sustentan. Es una historia de buenas y malos, de vaginas sufridas y penes agresores. Aquí no hay lugar para complejidades. Una mujer separada es una mujer liberada. Un hombre separado es un fracasado o algo habrá hecho. El problema será que, más que probablemente, quien tenga más motivos para denunciar se resignará a su destino, y habrá en cambio quien encuentre en las leyes un buen negocio. La discriminación positiva es el rostro institucional del machismo cortés: no hace más que adobar el objeto de su deseo.

Dada nuestra declarada incompetencia para gestionar nuestras propias pasiones y nuestros afectos, nuestra inmadurez heredada, el estado tomará cartas en el asunto. Forzará nuestra alcoba y regirá por decreto nuestras relaciones sexuales. No empujes demasiado fuerte: puedes ser un terrorista. La familia es un intolerable foco de resistencia marginal al despliegue del capitalismo con sus relaciones no regidas por el interés, con su entrega a fondo perdido, con su pequeño margen de autonomía. Cuantos más divorciados haya, más pisos monoparentales se venderán, y podremos salir de la crisis.

A los niños, principales interesados y testigos de la causa, no se les dejará hablar. Ellos no saben todavía que, cuando sean mayores y se hagan un psicoanálisis, tendrán que imitar a su madre, si son niñas, y matar a su padre si son niños. Dejad que los niños se acerquen a los tecnócratas. Ponedlos en manos de educadores en serie, sobradamente preparados para ponerlos en fila y cortarles las alas. Renunciad a ellos veinte horas al día para servir al Gran Capital cada vez por menos dinero, y las otras cuatro discutid a gritos quién tiene que pagar la hipoteca, quién gana menos, quién tiene que cambiar el pañal, porque yo estoy agotado o agotada.

Impedid a toda costa que se encariñen con vosotros, no sea que mañana quieran, ellos también, fundar una familia. Procread hijosdeputa, expertos en dinamizar la economía sin mancharse los dedos de caca.

10/23/2008

Cuartos, medios y partidos


11 de marzo de 2004. Las heridas supuran todavía. La mayor cadena de atentados de nuestra historia se cobra 191 vidas en vísperas de unas elecciones generales que anuncian un cambio de ciclo político, pero que aún no están decididas. La campaña electoral pasa a segundo plano, pero sólo para los ciudadanos aturdidos por el impacto emocional de las bombas. Desde el primer momento, el gobierno en funciones no se cuestiona la hipótesis etarra, atribuyendo la excepcionalidad de sus circunstancias a la de la propia situación. Tampoco lo hacen los crédulos comunistas. Quienes manejan otra información, mantienen la reserva y filtran poco a poco datos que sostienen una hipótesis alternativa: la de una acción yihadista derivada del envío de tropas a Irak y del apoyo político español a la campaña. Se habla incluso de la presencia de terroristas suicidas en los trenes, información que, más tarde, resulta ser también falsa.

Es lo mismo de siempre, a otra escala. Tan franco servicio hacen los terroristas a la gobernabilidad que deberían estar en nómina y ganarse el estatus de funcionarios. Hace unas cuantas décadas, no tantas para que los hechos hayan terminado de aclararse, dos “intelectuales” valientes llamados Debord y Sanginetti denunciaban, en un opúsculo titulado Sobre el terrorismo y el estado, la implicación de los servicios secretos y del estado italiano en la masacre de piazza Fontana, en 1969, y la caza de brujas que desató contra el movimiento obrero autónomo. Cada vez que actúan, los terroristas consiguen cerrar las filas de la población en torno a su gobierno y abren la veda para cazar revolucionarios. Es lo que ocurrió cuando mataron a Miguel Ángel Blanco: los antisistema de todo signo y bandera tuvieron que encerrarse en sus casas para no ser emplumados por los somatenes ciudadanos. De ahí que el Gobierno, cerrando nuestros ojos a la realidad, convocase ese mismo día una gran manifestación de reafirmación nacional contra los separatistas vascos. Pero ya las pruebas hablaban en su contra. Pruebas, en muchos casos, tan contundentes que parecían construidas ad hoc. La historia es conocida: finalmente se impuso la hipótesis yihadista y el Gobierno del PP, cogido en falsedad, fue derribado, primero por el movimiento ciudadano que barrió las calles y al día siguiente en las urnas.

Todavía no sabemos nada, sino lo que después nos han contado, sin aportar pruebas definitivas. No tenemos al respecto más que noticias, que es poco decir, y en mi opinión poco creíbles; y las noticias se construyen, se manejan y se dirigen en base a determinados intereses.

No he evocado este episodio reciente de nuestra historia para soliviantar a nadie ni para sembrar dudas, sino para poner de manifiesto la gran dependencia existente hoy en día entre el poder político y sus aliados mediáticos, el llamado, con excesiva indulgencia, “cuarto poder”. En los días y meses posteriores al atentado, asistimos con cierto cansancio a una guerra mediática que no era sino el reflejo de una lucha política que se libró durante cuatro años, hasta las siguientes elecciones. Es obvio que, si no hubiese existido un contrapoder mediático muy potente, mejor surtido y preparado que el que guardaba las espaldas del anterior gobierno, hoy seguiríamos comulgando con la rueda de molino etarra. Pero la mirada exterior no puede comulgar con ruedas de molino. De ningún color.

Loca, vivimos en lo que los valientes intelectuales anteriormente nombrados llamaban “sociedad del espectáculo”. Todo lo que era directamente vivido se ha alejado en una representación. Apenas disponemos de una experiencia directa de las cosas: todo nos llega tratado, amañado, construído de forma que pueda servir a los intereses parciales de quienes detentan el dominio de los medios de comunicación, que no son sino aquellos que detentan el dominio del capital. Si no tienes cuartos, no tienes medios. Si no tienes medios, no tienes partido. Todos los grandes partidos deben su presencia social a una concepción del mundo sustentada por una gran medio de comunicación. Si no apareces en los medios, no existes.

El gobierno del espectáculo, que ostenta actualmente la facultad de falsificar el conjunto tanto de la percepción como de la producción, es dueño absoluto de los recuerdos, así como de los proyectos que forjan el porvenir más lejano. Feuerbach lo señalaba hace más de un siglo: “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad”. Hoy el espectáculo se ha incorporado a la realidad irradiándola. La verdad se ha hecho inalcanzable para cualquiera que tenga ojos. No tiene ningún poder. La verdad no sirve.

Por eso es importante, loca, que sostengamos hoy estructuras de información independientes o, dado que la independencia resulta hoy tan cara como la libertad, que al menos sirvan de alternativa. Medios que no tengan tras de sí un poder que dicte sus contenidos, y que no dicten los contenidos a ningún poder. Hace pocos años llegó a constituirse un fuerte movimiento de oposición a los planes de los amos del mundo. No sé si te acuerdas, loca, del movimiento antiglobalización, más exactamente un movimiento por otro tipo de globalización, al servicio de las personas, y no del capital. Dicho movimiento llegó a constituirse gracias a la acción de miles de medios contrainformativos de bajo presupuesto: fanzines, radios libres, páginas web... Todos ellos acabaron crucificados en medio de las Torres Gemelas aquel otro fatídico 11, pero de septiembre, del que tanto nos han hablado y tan poco sabemos.

No servimos para nada, loca, porque no servimos a nadie. Pero no podemos callarnos, o dejaremos de existir.

10/16/2008

La violación de La Veguilla

Al final se han salido con la suya. El poderoso caballero Don Dinero no precisa bajarse de la burra ni aunque lo pongan a caer de un burro, y puede hacer las burradas que quiera mientras pueda tocar los talones. No se detiene ante nada, loca. Ni ante las coces persistentes de un grupo de románticos con mucha "forma", pero con poca "plata"; ni ante la mirada furiosa de un pueblo sublevado; ni ante la poderosa fuerza de la tradición, que ya se va haciendo vieja; ni ante miles de años de historia y cientos de costumbre; ni ante los quejidos agonizantes de la Madre Naturaleza, que no tenemos más que una. Y no se detiene, que ya es decir, ni ante la Otra Santa Madre, y ya van dos, porque los caminos de La Veguilla no sólo son ruta de peregrinaje a la Virgen de la Cuesta, objeto de devoción de las gentes de este pueblo, sino que forman parte de la ruta sur del Camino de Santiago, y son por tanto un bien de todos y de nadie, un espacio que debiera estar protegido de las lúbricas ambiciones de los especuladores. ¡Santa María! Y eso que la Virgen de la Cuesta hace milagros. Cuesta, cuesta creerlo, loca: lo han hecho.

¿Qué es lo que han hecho? Nos han vendido. O permutado. O usufructado. O cedido. O todo a la vez: no sabría preferir una cosa sobre la otra. ¿A quién? Al pueblo entero. Porque, aunque ese rinconcito de 3.000 hectáreas sólo represente una pequeña parte de su superficie, esa parte es la más bella, la más salvaje, la más llena de evocaciones y de historia, la que mejor define nuestra identidad.

Cuando queríamos escapar, cogíamos la bici y nos íbamos a La Veguilla, sólos o en grupo. Otras veces organizábamos una fiesta ¿Qué teníamos en el pueblo, si no? Eso o las Canteras, donde hay fósiles, lagos y murciélagos, o robar almendrucos. La Veguilla es un paréntesis en La Mancha, una mancha de sombra donde vivir la experiencia del relieve, de la fronda, del encuentro con criaturas imposibles. No han cedido un lugar, sino que una parte de nuestra conciencia va a ser vallada, negada, poseída. Usada sin consentimiento.

La Veguilla nunca es igual. Allí la vida siempre está hirviendo. Vivir, loca, casi nos hemos olvidado de ello, es respirar el aire a bocanadas, dejar correr el agua limpia, abrir los brazos en primavera para que la vida naciente entre en el pecho y contemplar el otoño con la satisfacción del deber cumplido. La naturaleza no ahorra. Con esa manía de contarlo todo, y de confundir el espíritu con ese montón de chatarra que hacemos circular cada día, nos olvidamos de que somos también criaturas, que poseemos la dignidad de lo gratuito, la grandeza de la inmensa libertad, que no se puede recorrer toda en una tarde, ni siquiera en bicicleta.

Tiempo atrás, el poderoso caballero Santamaría puso su ojos en estos bellísimos parajes y sintió tentaciones. Al amparo de su inmenso patrimonio y de los favores debidos por la alta clase política, aquella que dicta instrucciones a los arribistas, se propuso poner puertas al campo. Algo habitual, en estos tiempos de privatizaciones, de fusiones, de recalificaciones y de inyecciones. Pero no podía vallar los caminos, porque estos ni siquiera son públicos, sino de todos y de nadie. Cual gigante egoísta tenía que contemplar desde su caballo cómo los niños correteaban felices en sus inmediaciones sin poder cobrar su derecho debido de pernada, y asustar con su escopeta a quienes se atreviesen a internarse en la espesura.

Un día nos halló débiles y endeudados y vió la ocasión de contentarnos con limosnas que nadie esperaba, pues nadie tenía la menor idea de que aquello que disfrutábamos sin pedir permiso valiese tanto dinero. Dijo que no nos preocupásemos, que nos iba a financiar, que iba a mediar, que iba a protegernos y a proteger el entorno, que iba a relanzar económicamente el pueblo construyendo un gran parque temático para que fuésemos felices previo pago de entrada y seguimiento de las normas. Contó con el apoyo de los cobardes y las ambiciosas.

Si surgía un potente movimiento civil en contra, sólo había que esperar, matizar los términos, cambiar el concepto, dividirlos comprando a los inciertos y socavar el prestigio de los rebeldes con los argumentos más miserables. Lo que sí estaba claro es que nadie iba a detener lo que estaba ya pactado hace mucho tiempo.

Al final, sólo por treinta años, si no se plantean antes ampliarlo, pero sin que puedan plantearse revocarlo. Como una condena, fíjate loca. Cuando escucho esto, pienso lo mismo que aquellos que entran en la cárcel deben pensar: ¡dentro de treinta años, ya no seré joven! Ya no tendremos ganas, loca. No habrá un potente movimiento civil en contra. Nuestros hijos se habrán acostumbrado tanto a esta existencia miserable en la que nos arrinconan que la darán por supuesta. Verdaderamente saben lo que se hacen. Dentro de treinta años harán lo que quieran con su política de tierra quemada, y el pelotazo estará ya dado.

10/08/2008

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo decidió elevar los precios del crudo, provocando la crisis energética de mediados de los setenta, que puso fin al combustible barato y se tradujo en inflación y crisis económica, el grupo inglés Supertramp publicó un disco titulado "Crisis? What Crisis?", en cuya portada aparece un sujeto en bañador tomando tinto de verano en medio de un vertedero, debajo de una sombrilla naranja que le aisla de los humos, seguramente tóxicos, emitidos por las chimeneas de un polígono industrial. Es posible que si este despreocupado caballero se levantase hoy de su tumbona y se quitase las gafas de sol, con las que se protege de ver lo que rodea, reconociésemos hoy el rostro inefable, la cara dura del presidente Zapatero razonando que no son gigantes, sino molinos, que vivimos en un país multicolor y que peor era antes.
* * *
Mientras eran ya visibles los efectos de la saturación del sistema financiero con la venta de ilusiones y de "futuros", porque pre-visibles lo eran desde hace tiempo, mientras un número creciente de ciudadanos ajustaba sus presupuestos a la inflación creciente, perdía sus trabajos o dejaban de pagar su hipoteca, al tiempo que otros no podían siquiera permitírsela, en medio de las peores perspectivas, el presidente convertía con la magia de la retórica a los analistas económicos en agoreros, al desbarajuste financiero en reajuste de los mercados y al desastre galopante en desaceleración.

No es cosa, sin embargo, de reprochar al presidente que tratase de capear la tormenta con espíritu positivo. Se limitaba a reeditar en este caso el famoso buen talante y el espíritu posibilista de los manuales de autoayuda que tanto le han rendido en otras ocasiones, sabedor de que el desastre es universal e inevitable, y que reconocerlo sólo hubiera servido para acelerarlo. Él y su fiel escudero Solbes, que parecía un burócrata sensato y ha fundido su prestigio intentando maquillar los datos y las perspectivas de crecimiento, se han limitado a repetir viejas fórmulas y recitar mantras hasta que las turbulencias financieras internacionales abran algún cauce por el que discurrir con suerte hasta las próximas elecciones. Y si no, hasta que la evidencia de la catástrofe haga inviable cualquier alternativa.

Hoy ese cauce se ha abierto con el reconocimiento institucional de la crisis a nivel mundial y la aprobación, disputada para guardar las apariencias, de “duras” medidas para atajarla: junto a la adopción de presupuestos austeros en todos los campos que mejoran nuestra calidad de vida se anuncia la inyección de cientos de miles de millones de dólares y euros para apuntalar ese edificio en ruinas que es el sistema financiero globalizado. No parece haber nada que hacer: nuestros políticos van a discutirlo y van a tener finalmente razón. Con ello, la ideología capitalista ultraliberal actualiza su discurso a los nuevos tiempos: dinero público, sí. Para solventar las cagadas de quienes juegan con el destino de millones de personas. Para amortizar los saqueos, el despilfarro y las orgías de unos pocos. Para tapar eventualmente los agujeros de un montaje que se desploma.

Pese a que se justifica la excepcionalidad de estas medidas con la advertencia de que se trata de una crisis más dura que ninguna que hayamos conocido, advertencia que aspira a calar en nuestro instinto de supervivencia, se acompaña este reconocimiento con el discurso habitual sobre las crisis: las crisis son buenas. Son necesarias para limpiar y engrasar el sistema, en este caso para neutralizar los “productos tóxicos” generados por éste en su dinámica especulativa. Las crisis sirven para reestructurar y relanzar la economía hacia otro horizonte. De las crisis, como de las enfermedades, se sale renovado y fortalecido. Ante este reconocimiento súbito y este cántico exaltado a las virtudes de la crisis, nos asalta sin embargo la duda: ¿y si no se trata de una enfermedad, sino de un límite? Todo lo que se desarrolla nace, crece, pasa por diversas crisis, produce algo y muere. Y estas medidas, se parecen tanto a la ventilación asistida... ¡Oye, tu, loca! ¡Lo mismo es verdad y no es una crisis!

Porque si repasamos el historial del enfermo vemos que éste era un joven sano y robusto a principios del siglo pasado, cuando se dedicaba a la producción de bienes industriales de consumo para las masas gracias a los avances técnicos. No sufrió un primer descalabro serio hasta el famoso crack de 1929, del que tardó varias décadas en recuperarse, y que determinó su conversión de capitalismo industrial, basado en la producción de mercancías tangibles, en capitalismo financiero, basado en la especulación, es decir, en la extracción de márgenes crecientes de plusvalía mediante operaciones financieras. Aún así, se trataba todavía de una crisis de crecimiento, de un estirón, vamos... La gran industria dejó paso a la banca y a los grandes inversores, dedicados a movilizar capital sin conocer muchas veces la base material que lo sustenta.

A pesar de ello, el capitalismo financiero supo desarrollarse y crecer desde mediados de siglo en base al saqueo de los recursos materiales, el expolio de la tradición, la apertura de nuevos mercados, la generación de falsas necesidades y la puesta en marcha de empresas bélicas cuyo único objetivo era tranquilizar a los mercados. Así, no manifiesta más achaques hasta la crisis energética de los setenta con que he empezado esta noticia, y a partir de ahí las crisis no dejan de sucederse: nueva crisis energética a principios de los ochenta, que puso al descubierto la dependencia de los recursos energéticos; explosión de la burbuja asiática a finales de los noventa, que destapó la saturación de los mercados financieros en todo el mundo, explosión de la burbuja tecnológica a principios de milenio, que desenmascaró la facticidad del mundo virtual con que se pretendía reactivar la economía real y, finalmente, estallido de la burbuja crediticia, que no inmobiliaria, que atravesamos hoy, y que ha puesto de manifiesto la falta de futuro de quienes juegan a los dados con el futuro de los demás. En cada uno de estos achaques, ha logrado disimular su decadencia huyendo hacia delante en busca de promesas que no va a poder cumplir, valores que no tienen valor, productos que no tienen aplicación.

¿Cuál será el próximo paso, loca? ¿Destrozarán el mundo hasta convertirlo en un recuerdo y luego nos lo venderán en forma de pastillas, de tubitos de oxígeno a tres euros, de bonsais sintéticos? De momento, se conforman con pedirnos que amparemos a nuestros explotadores.