11/21/2008

Maleza de fantasmas

Se dice que la Veguilla se ha poblado de fantasmas que recorren al azar los antiguos caminos públicos haciendo crujir las hojas y sobresaltando a los animales dormidos. Desde que nadie circula por ellos, desde que sólo los pisan las botas de su señor, se han detectado en estos caminos fenómenos anormales, apariciones que no pueden atribuirse al matronazgo de la Virgen, criaturas de cuento o de leyenda que intentan decirnos algo que no se entiende. Lamentos. Extraños gritos. Ruido de cadenas, y del motor. Son tantos y tan diversos que conforman una especie de ecosistema paralelo, inmaterial, perfectamente tramado. Una plaga de absurdos e imposibles muy distintos, que se espían y se evitan, pero que dependen unos de otros.
Suele creerse que los fantasmas son eternos, que no cubren ciclos biológicos ni históricos. Lo fantasmas, sin embargo, nacen y crecen, se reproducen y se destruyen. Y cambian también con el tiempo, ya que están relacionados con él. Y con la historia. “Cuando los miré”, dice Lord Dunsany en uno de sus relatos, tratando de identificar la naturaleza de los fantasmas, “supe súbitamente lo que eran estas criaturas y tuve miedo. Eran los pecados, los inmundos pecados inmortales de todos estos señores y señoras de la corte”. La obstinación del fantasma en permanecer en un mundo que no le pertenece, y en influir positivamente sobre él movilizando fuerzas oscuras, parece tener que ver con los errores, los delitos, las ofensas no reparadas. Todas esas víctimas que claman venganza. Esos jorobaditos que todo lo frustran. Esas cuentas pendientes que no dejan de torturar a las personas y a las naciones, no son de otro mundo, sino sendas torcidas de éste.
El dinero, por ejemplo, siempre tuvo gran cantidad de fantasmas propios: el robo, la explotación, las pérdidas, el préstamo, el recibo devuelto, el iva, los intereses, la miseria, la guerra... La leyenda del guante blanco y la del cobro en negro. ¿A quién no se le aparece en sueños la Hipoteca como un monstruo devorador tan enorme que sólo puedes ver una parte, y tan horrible que menos mal? Lo inaudito es que el dinero se haya hecho hoy él mismo fantasmal, que se haya convertido en una simple cuenta cada vez más difícil de saldar o en un baile enloquecido de cifras sin raíces ni cimientos. Eso es lo que ha hecho posible que una empresa, un fantasma imponente con pies de barro que pierde más de cien millones de euros al mes, ponga coto realmente a los caminos por menos de dos millones, casi la mitad de lo que pierde en un día. El dinero inexistente, la deuda sobre lo supuesto, las viviendas construidas sobre pompas de jabón son, por así decir, fantasmas de carne y hueso. Tienen nombres y apellidos. Visten trajes impecables y sonríen tendiendo la mano. Si se la das, te quedarás sin ella.
La traición ha sido también la madre de muchos fantasmas, porque hace posible lo que era imposible, instaurando el desorden en el mundo. Casi todos los fantasmas son hijos de traiciones padecidas o cometidas. Quien sufre una traición no se lo puede creer, pierde pie, y no lo recupera hasta que no vuelve a dejar las cosas en su sitio. Pero, sobre todo, la traición convierte en irreal a la persona del traidor, en sus manifestaciones pasadas y presentes. El que traiciona a su grupo, a su lucha, a sus sentimientos o a sus principios se convierte en un ser insustancial, un comodín de reacciones imprevisibles. Las consecuencias de la traición suelen ser nefastas para quien la sufre, pero a nadie traiciona el traidor más que a sí mismo. Ya no se puede confiar en él, pues va contra la lógica y contra cualquier sentido de la estrategia. Se convierte en un ser doblado, en una mirada perdida, se disuelve como el humo. A menudo, el traidor sucumbe a su propia visión y es asaltado por el fantasma de lo que podía haber sido, pues sólo se vive una vez, y errar es para siempre. La traición camina descalza por La Veguilla. Lleva flores en el pelo y no teme al otoño.
Otra rica fuente de visiones aterradoras, de existencias rotas y de deseos desencarnados es la vergüenza. Un niño desnudo que mira siempre a los ojos y camina de la mano de un anciano que mira hacia otro lado, ocultando su rostro. Es el fantasma de las oportunidades perdidas, porque no tuvimos suficiente o porque tuvimos demasiada, porque no nos atrevimos o porque no estábamos en casa cuando la ocasión llamó a nuestra puerta. Un niño desnudo que no sabe a quién preguntar, y por eso interroga a todos los que pueden verlo: ¿sabes qué pinto yo aquí? ¿has visto a mis amiguitos?, como en una psicofonía. El fantasma de la vergüenza no mata, no te vuelve loco, pero inspira una invencible tristeza de algo que no puede volver, que no volverá a ser por nuestra culpa: por la culpa de los inocentes y los benditos, de los que nunca abren la boca si no es para pedir pan. No sé dónde estarán tus amiguitos, ni los míos, criatura. Probablemente se los ha llevado el tiempo en sus vientos, como se llevó mi corazón resignado, que no se abrazó a los árboles con todas sus fuerzas.
El odio, en fin, tiene también un enorme poder de proyección ectoplásmica. Nadie busca resentirse, loca. Nadie siente odio por placer. Conviene mantener a raya a esos fantasmas que nos destruyen a nosotros mismos cuando los desatamos, y todo lo que encuentran a su paso. Pero, ¿quién acabará con los fantasmas del odio cuando campan a sus anchas los lobos de la humillación, los vampiros del poder, el virus de la ambición, los gusanos del conformismo?
Son solo algunas de las presencias sobrenaturales que, en los últimos días, se han detectado en el paraje numinoso de La Veguilla, junto a guerreros olcades de otros tiempos, a colonos del Robledillo que se revuelven en sus tumbas olvidadas, a criaturas mitológicas que ayer sólo eran especies en peligro de extinción, y hasta la Virgen, estoy seguro, mandará recados, arrancadas todas ellas del sueño de los tiempos por una amenaza que solo intuyen, pues los fantasmas no escuchan los medios locales ni se conectan a internet. A pesar de ello, tienen mucho que decirnos. Y cuando los escuchamos, cubren su ciclo histórico y desaparecen.

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