2/28/2010

La mirada del Cobra o ¿Quién cojones es ese tipo?


Ya hemos hablado de ARCO, loca, así que ¿por qué no íbamos a hablar de EUROVISIÓN? Ya sé que a tí te parece frívolo, que no está en nuestros eventos, que aún somos frikis entre los frikis, pero hay que abrir de vez en cuando las ventanas para ventilar, aunque se cuele el sucio mundo en nuestra república de plata. Si hemos de buscar el lugar de esas prácticas de producción de sentido que heredarán las cenizas de la vieja e inútil institución del arte, si queremos reescribirlo todo, habremos de empezar por comprender los códigos en que se escribe nuestra existencia extrañada. Somos "cazafantasmas".

Uno de los ámbitos hacia los que se ha desplazado el eje de la producción de sentido en nuestros días, para bien y para mal, es el de la cultura de masas, cuyo rasgo más contrastado es su carácter "medial", el haber estado vinculada desde su nacimiento, y a través de sus sucesivas ampliaciones, a los avances tecnológicos en materia de información y comunicación. Con lo que fatalmente el acceso de las masas a la cultura, a la cultura de masas, ha estado vinculado desde su nacimiento, y a través de sus sucesivos asaltos, a una "expropiación" (técnicamente a una alienación) de su experiencia viva, del contacto con su mundo real, del manejo cualificado de las condiciones de su existencia.

Es cierto que las cosas no son como antes. Dentro de la transformación constantemente acelerada en que estamos inmersos, el desarrollo del modelo de información en red constituye un tránsito crucial en los usos espectaculares que está anegando el viejo paradigma. La televisión, especialmente antes de la diversificación de canales en competencia, cuando era ante todo "cuestión de estado", establecía frente al cine un modelo de comunicación basado en la centralidad del emisor, el aislamiento y la dispersión del receptor y la unidireccionalidad del flujo informativo. Se ha avanzado algo en alguno de estos aspectos, aunque continuamos reducidos a la impotencia. No es preciso ser ingenuo para darse cuenta de ello.

Eurovisión es un evento televisivo. Durante algún tiempo fue el evento televisivo por antonomasia, equiparable a las finales de la Copa de Europa de Fútbol. ¿Recuerdas, loca? Eran los días en que nos acostábamos tarde, la familia pocas veces reunida en torno a una ilusión, los duse points, el royó miní, la conexión que a veces fallaba por causas ajenas. El Festival de la Canción de Eurovisión nació en los años de postguerra, en un momento de reconstrucción de las identidades nacionales, como primer evento que se transmitía simultáneamente a todo el continente, lo que en aquellos años suponía un enorme esfuerzo técnico y económico.


Se trataba de producir un acontecimiento mediático internacional que, mediante el recurso a la música, reuniese a todos los países en un mismo espectáculo donde lo festivo y lo competitivo pudiesen ir de la mano. El efecto espectacular era múltiple: se engrasaban las relaciones internacionales con rostros bonitos y ritmos machacones al tiempo que se reforzaba la conciencia nacional y se neutralizaba esa amenaza a la moral y las costumbres que representaba la cultura popular emergente gracias al desarrollo de la industria discográfica, que era el puntal principal por entonces del mercado cultural. Canalización de energías colectivas de diverso signo. No creo necesario insistir en la forma en que la política determinaba de este modo el desarrollo del evento, lo que hacía que los productos presentados a competición participasen de un gusto tan genérico que por fuerza resultaba desligado de cualquier condición particular, y que Uribarri siempre acertase en su predicción del sentido de las votaciones.

Hoy queda poco de eso. La red ha trascendido las identidades nacionales, ha roto con los criterios del gusto tradicional y ha generado su propio espectáculo en youtube. Cuanto más se esfuerzan los actuales gestores del evento por recuperar su antiguo manto de prestigio abriendo la celebración a la participación de las masas según el nuevo modelo, más se hunde ésta en la banalidad, la ridiculez programada, el mal gusto que nadie reconoce como propio, y no le queda otro sentimiento que explotar. Si el festival sigue en pie es gracias a los frikis y los nihilistas que ven en él una forma de romper con el "programa", de destapar sus miserias, de "animar" a sus antiestrellas. Góticos, enanos, transexuales, hemos descubierto tras lo que nos quita la vida la gran parada de los monstruos.

La cosa empezó hace ya pocos años, cuando los esquemas empezaban a romperse después de la Guerra Fría y el "espectáculo más grande de Europa" intentaba reciclarse incorporando los diversos estilos hacia los que había evolucionado el pop: el rap, el heavy y hasta el punk. Como de lo que se trataba es de producir antídotos y contratipos inocuos, lo que se derivaba de ello eran parodias descafeinadas cuando no disparatadas de estos géneros, representaciones de mal gusto en cuanto que estaban sacadas de su contexto, como un grafiti en un salón burgués. 50 años después del nacimiento del festival Lordi ganaba con una operística puesta en escena que invitaba a los heavies a abandonar. Vamos a divertirnos.


En 2008 España presentaba al festival, gracias a que la decisión última estaba en manos de la votación popular a través de los medios que se lucran con las votaciones, una ironía, si es que no un verdadero insulto a la inteligencia de los promotores. Contra todo pronóstico, no quedó en último lugar. Estaba claro que quienes se adhirieron a la campaña por la representación española de Rodolfo Chikilicuatre no estaban inspirados ni por el amor patrio ni por el espíritu eurovisivo tal y como éste se había concebido hasta el momento. Y que los cerebros de esta maniobra, adobadas e influyentes figuras del espectáculo nacional más grasiento, progresistas con espíritu rompedor pero con haciendas que proteger, no pretendían el efecto subversivo que habría de derivarse de ella. Por eso tuvieron que intervenir de forma determinante en las fases clasificatorias de las futuras ediciones, desprestigiando de forma activa, al poner en práctica una moral de la que nunca habían participado, a los candidatos "impresentables" que el pueblo sugería mediante votaciones masivas, como el "nazi" John Cobra, erigido en "el candidato de internet" tras la eufemística descalificación de Pop Star Queen. En España todo el mundo sabe lo que pasó en la final para escoger al candidato en la gala de este año, pero fuera quizá no.



¿Cómo llegó John Cobra hasta aquí? ¿Quién cojones es ese tipo? Es el que nos iba a representar ante Europa de no haber mediado los poderes fácticos del espectáculo y los intereses políticos que despliega. No por sus dotes, que todavía no ha exhibido a pesar de decir que son muchas y de amenazarnos constantemente con hacerlo: ójala y no me vea en la necesidad de comentarlas en esta columna. Porque ciertamente es un producto autónomo, construído a partir del nuevo paradigma, del que es un producto residual, pero efectivo. Es el único que no llegó ahí "promocionado por nadie, ni por promotores, ni por radios, ni por televisiones", mucho más de lo que podría decir Chikilicuatre. John Cobra es el resultado de una campaña de marketing vírico emprendida por Mario Vaquerizo a través de internet y de filtraciones y desvíos de programas de gran audiencia como el "Diario de Patricia", logrando subordinar el viejo formato televisivo a las redes y utilizándolo para sus propios fines, como un Luther Blissett sin ideales ni principios. Hay quien necesita ser famoso para poder desarrollar su talento; para John Cobra el "rap" que dice interpretar es sin embargo un mero pretexto para ser famoso. Hay quien pone su estética al servicio de una idea, sea o no equívoca, y quien como Vaquerizo pone su perfil skin al servicio de una estética. Su verdadero punto de partida es la moda de los jackass, literalmente los "tontosdelculo", jóvenes descerebrados que realizan barbaridades ante la cámara, poniendo a veces en riesgo su vida, sólo por conquistar su minuto de gloria en youtube. Impacto.


Por eso, cuando la clase espectaculista se alza hipócritamente en su contra denunciando sus modales poco finos y el "mal ejemplo" que transmite a las audiencias, no hacen otra cosa que defender su patrimonio exclusivo frente a intrusismo de quienes buscan el "éxito sin precio". No se plantean en qué medida han preparado ellos este caldo de cultivo elevando cada día un poco más sus espectáculos a la categoría de bochorno, ni están dispuestos a reconocer la deuda que tienen con esas criaturas deficientes y monstruosas que somos todas cuando salimos en pantalla sin maquillaje, sometiéndolas al ridículo para elevar sus audiencias. La tele lamenta la "escena", pero en realidad "lamenta" la escena. Condena al infractor y se queda con las ganancias. Pero ya les queda poco. La tele ha descalificado a John Cobra "para siempre", pero el pacto ya está hecho y el espectáculo continúa.

John Cobra sois todos, desde que no había futuro. Por eso estaba allí.

2/19/2010

No hay arte que valga

La voluntad de crear en la época del artificio

Trataré de no hablar de arte. Es decir, no se trata aquí de criticar una forma u otra de gestionar espacios y recursos materiales o simbólicos comúnmente llamados artísticos, sino de indicar algunas de las contradicciones inherentes a esta gestión, y en particular a la celebración de eventos expositivos, y más específicamente a aquellos que pretenden dar cuenta de las formas contemporáneas de entender esta actividad. No obstante, resulta indispensable referirme al arte en alguno de sus setenta y dos niveles de significación, puesto que no hablar de arte se ha convertido en algo más caro de lo que suele creerse. Como muestra una vez y otra la amarga realidad, ignorarlo es darlo por supuesto, y no hay peor forma de no entender lo que se ha jugado en este campo que dar por buena esta suposición.

Estas contradicciones no se derivan de su naturaleza paradójica, ni (directamente) de la clásica y manida muerte del arte, de la que los museos y todo el entramado material e institucional montado para la conservación y promoción de la actividad artística son en todo caso testimonio privilegiado y resultado lógico -al igual que las magnas edificaciones destinadas a contener las producciones artísticas del pasado han sido en este cambio de milenio sus túmulos funerarios y las reseñas periodísticas sus letanías y esquelas-, sino del establecimiento de un campo de actividad definitivamente fijado a una estructura y a una forma de entender las dinámicas de producción de sentido en la sociedad contemporánea.

Es muy cierto que todo el arte moderno ha consistido fundamentalmente en problematizar la esencia de su propia existencia. Y ningún iniciado en los sagrados misterios renuncia a preguntarse estérilmente desde el principio cuál será la sustancia del arte, para sumir luego este interrogante en un vago misterio y no tener que cuestionarse su fundamento. Ciertamente, cuando pensamos el arte en términos de sustancia, tendemos a reunir extensivamente sus productos históricos que conforman así una inmensa colección de ruinas: el patrimonio artístico de la humanidad distribuido por sectores nacionales; y a asumir por inercia su modo de darse, su especialización, su exterioridad, su permanencia, como atributos estructurales de un determinado sistema. Si esta extrapolación constituye el pecado fundamental del discurso objetivante, en el caso del arte asume el carácter de una auténtica violación, al resultar éste irreductible a cualquier definición y al no consistir en otra cosa que en la permanente puesta en crisis de su propio fundamento.

Desde cualquier punto de vista que se contemple, la práctica artística se halla vinculada a la producción de un valor, que podemos llamar valor estético para distinguirlo de los valores sobre los que versan otro tipo de discursos, como los de la moral o la economía. Por tanto, un planteamiento legítimo de la práctica artística pasa menos por el ejercicio de lo que de antemano viene dado como arte que por la exploración de los valores que lo han configurado históricamente y de sus desarrollos posibles. La estructura y los valores subyacentes a la práctica institucional del arte, como los de cualquier otra institución, se encuentran ligados a sus orígenes históricos es decir a la visión del mundo que impone la revolución burguesa. Las simples nociones de autor y espectador se ajustan a una lógica capitalista primitiva de producción y consumo de objetos culturales llamados obras, mercancías investidas de un aura de unicidad y originalidad que las convierte en fuentes de valor y no en meros objetos reproducibles destinados al uso y consumo de la masa. Igualmente, la celebración ritual de ferias y exposiciones busca eternizar la época dorada de las exposiciones universales, en que la esfera autónoma de las artes consolidó su mercado y estableció su burocracia.

Aunque algunos sectores reaccionarios han opuesto a veces el carácter semitrascendente de la obra de arte a la lógica banalizadora de las demás mercancías, la existencia de este tipo de objetos especiales resulta no sólo tolerable, sino también necesaria para la fundamentación de un sistema basado en la negación de toda fuente trascendente de valor. De concretar un sentido de las cosas dado por Dios que sólo cabe reproducir con humana imperfección, el nuevo campo de representación pasa a afirmarse como producción humana del sentido, como voluntad de crear ligada a la emergencia de un concepto nuevo de individuo y a la ideología progresista y productivista en que se ampara la clase emergente. El arte cumple así una función de legitimación que antes correspondía a la religión y asume algunos de sus valores, entre ellos el principio esperanza. De este modo, también queda transformado en impulso utópico, en proyecto de liberación como realización estética del ser humano que fundamentará algunas formulaciones primitivas del discurso revolucionario.

Mi afirmación crítica fundamental es que la estructura que constituye el sistema institucional de las artes responde actualmente a un modelo históricamente superado, y que los valores que se pretende sustentar y promover a través de ella se han desplazado a otros ámbitos o a planteamientos muy alejados de los que siguen rigiendo en la institución. En consecuencia, no puede existir un arte contemporáneo. Pero de existir alguna práctica que preservase alguno de los (por otra parte diversos) valores que expresaba el viejo arte, no tendría lugar en ferias y exposiciones. Y de darse aún tal circunstancia, no tendría el menor efecto artístico, pues sería fatalmente incomprendida por quienes tienen que darle sentido.

Quien no esté dispuesto a admitir el argumento ilustrado, aunque ciertamente abstracto, de que la esfera autónoma del arte se halla condenada desde el preciso momento en que afirma su autonomía (al no existir ningún valor en estado puro que no se encuentre en relación dialéctica con los demás valores y con la totalidad social), puede seguir con nosotros los diversos momentos de su descomposición a lo largo de nuestro siglo: la aplicación de tecnologías diversas a la produccion y reproducción de imágenes, que supuso la abolición del elemento aurático y la descentralización de los procesos de producción y consumo estéticos; la generación, gracias a los medios de comunicación de masas y al desarrollo de la industria del entretenimiento, de un ámbito espectacular de producción de imágenes que satisfacen la compulsión representativa y garantizan la cohesión social; la estetización progresiva de todos los ámbitos de la existencia en las sociedades desarrolladas, desde la vida cotidiana, totalmente colonizada y expropiada por la publicidad, hasta la política de la representación degradada en representación de la política; desde los discursos de la ciencia y la tecnología, que han excedido a su vez la dimensión objetivista que tradicionalmente les correspondía para explorar desde hace tiempo la vía de una aterradora poesía materializada, hasta las formas de posar de los nuevos movimientos sociales; todo ello, en definitiva, lleva la marca de una sospechosa realización del arte que hubiese seguido una vía muy distinta de la preconizada por sus precursores.

Esta reflexión no pasa desapercibida a los propios cultivadores del campo artístico, que han tratado a menudo de subvertirlo desde el interior sin lograr producir otra cosa que gestos de subversión. Desde la eclosión de las vanguardias, el arte más significativo de nuestro siglo ha tenido conciencia de esta descomposición y búsqueda agónica de salidas. Se ha intentado romper la línea que separa al artista del público declamando la naturaleza artística de toda persona e invitando al espectador a una participación artificial; se ha eludido el carácter objetual de la obra objetivando procesos y acciones; se ha cuestionado de forma práctica, mediante identidades difusas y estructuras de redes (mail-art, networking) la metafísica subyacente al concepto burgués de arte; se han explorado aplicaciones tecnológicas a procesos de producción simbólica que hacen por su parte innecesarios los términos de esta metafisica, y en este terreno hay hackers que se sienten herederos de los antiguos artistas; se ha atacado a la institución desviando becas y subvenciones, y cuanto más se politiza la gestión de estos recursos más libre se siente de politizarse, en un sentido bastante rancio, un esteticismo trasnochado. Entre quienes asumen con total radicalidad estas cuestiones, hay quienes siguen empeñados en desestabilizar el sistema, oponiendo a la inflación de imágenes una actitud iconoclasta, y quienes desarrollan prácticas alternativas, que podrían categorizarse como arte, con la mayor indiferencia hacia lo que eso significa y hasta sin la menor conciencia de estar interviniendo en procesos de construcción de referentes simbólicos.

Pero más allá de todos estos ensayos de una imaginación que sigue atrapada en sí misma, expresión epigonal de una voluntad de crear que se ha vuelto extemporánea, habría que buscar el signo de una producción social de capital simbólico verdaderamente contemporánea en fenómenos mucho menos pretenciosos, pero más eficaces: en el desarrollo de la capacidad crítica y descifradora, frente al antiguo énfasis puesto en el momento creador-productivo, en la interacción directa y la construcción de referentes emancipatorios comunes en espacios liberados de la rutina de las relaciones capitalistas, en momentos muy precisos de júbilo popular en que las estatuas se desploman. En cualquier caso, estos trazos necesariamente apresurados no agotan la complejidad del arco que encubre y difumina con mecánica simpleza la ideología del arte.

En general, quienes con mayor consecuencia han asumido las contradicciones de la actividad artística al entrar en relación con una realidad que se transforma aceleradamente, quienes la han problematizado y han llegado a algún tipo de resultado "contemporáneo" irreductible a los patrones de un pasado glorioso, se ven excluídos de las celebraciones con que la institución se celebra a sí misma. De forma que este tipo de eventos, como las demás emergencias del espectáculo social, no resultan falsificadores tanto por lo que exponen como por todo aquello cuya existencia ocultan. En esto reside la principal función social del arte en la época del artificio, y ésta es la explicación de su pertinaz supervivencia. Sin duda, la dinámica inerte de las instituciones tiene aquí su papel, así como la enorme cantidad de intereses creados alrededor de las mismas, pero no creo que un entramado tan artificial como el del arte pudiese resistir el asalto de la cultura de masas sin verse sustancialmente transformado si no respondiese a necesidades ideológicas profundas, si no sirviese para equilibrar oscuras fuentes de valor que de otro modo no podrían acceder a la superficie, si no proporcionase, a quienes tienen algún papel en él, por miserable que sea, una ilusión de calidad y distinción cuya búsqueda ha sido siempre el rasgo distintivo del paleto y el reflejo dignificado en que la sociedad clasista se contempla complacida.

Se trata de preservar el valor de la ilusión productivista en un mundo absolutamente fantástico, y de seguir obturando la verdadera fuente de la imaginación colectiva.

Texto publicado en febrero de 2001 en la revista Lateral # 74 (monográfico "Fisuras de ARCO")

2/15/2010

Larga vida al Instituto del Tiempo

Creemos que la investigación, la experimentación, el pensamiento rebelde, la crítica y la revuelta sólo tienen sentido si están animados permanentemente por el espíritu de la utopía, aunque éste no siempre se haga visible. Habita entre las sombras pero siempre busca la luz. Hoy la utopía no tiene un final programático, sino sólo un delicioso comienzo que nos habla y nos dice: "A ver qué sucede…"


«No necesitas un hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento» [Bob Dylan]

Porque ya casi no nos queda tiempo, necesitamos todo el tiempo del mundo. Bajo esta aparente contradicción vive el rebelde en la era del ocio alienado, el chaval jodido por todo y que ya no se contenta con casi nada, los nuevos quinquis, aquellos otros viejos ladrones del tiempo perdido y casi olvidado, los que aman la literatura pero detestan la mugre literaria; pero también los deleznables intelectuales y los artistas atrapados en su cosificación cultural (el medio terminó por enterrarlos), los profesionales de la política en todos los frentes, los gestores de la descomposición. Ellos y, por supuesto, también nosotros, pequeños cosmonautas que vagan a través del tiempo y el espacio, somos parte de esa contradicción. Nuestro tiempo habla. O se es, o se sucumbe. ¿Dónde habita el pensamiento crítico? En un momento de crisis, que es de largo recorrido y de un carácter mucho más profundo que el meramente económico, no parece aventurarse una alternativa claramente anticapitalista, poderosa y capaz de contagiar. Ha habido momentos de choque, pero no ha llegado a entablarse un verdadero combate. El futuro a buen seguro nos deparará nuevas situaciones de conflicto, nuevas posibilidades. Hoy estamos en el momento de la crítica crítica, de la experimentación salvaje y el ir tejiendo complicidades y lazos, alianzas. Sin embargo, parece que la anomia nos ha dominado precisamente en el momento en el más se debía escuchar esta voz. La mayoría del pensamiento que se dice crítico se esconde o recita de corrido su manual subversivo al uso, cuando no pide a los señores de la muerte que nos salven de sí mismos. ¿La crisis que la paguen los ricos? Miseria tras la miseria, juego y ñoñería.

Faltan las respuestas. Pero quizás éstas no llegan porque las preguntas a las que acaso habrían de contestar no han alcanzado a formularse. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje en el que nos sentimos cómodos y a un hacer que se deja llevar en una suerte de fetichismo que está abocado (si no consigue despegar las alas y ser algo más que repetición) a la desesperación, la reinserción y la museificación. Se huele de lejos: el viejo cadáver del estalinismo se ha transformado en el cadáver temprano de unos rebeldes que se sienten satisfechos. Han renunciado a todo, aunque de vez en cuando protesten y se paseen con gesto sombrío. Teoría y práctica caminan sin hablarse o, peor aún, entran en una espiral de manotazos que golpean el aire sin acertar sus objetivos. Y sin embargo, se mueve.

Al mismo tiempo que constatamos que se ha llegado a un punto muerto, apreciamos una inquietud creciente, una búsqueda incansable de algo que quizás sólo se intuye, pero que muchos consideran imprescindible. A poco que se interrogue en ciertos ambientes se constata esa sensación. El metro, la calle… sus rostros hablan.

Hoy, en este lugar, damos por inaugurado el Instituto del Tiempo. Ya casi habíamos olvidado el momento de juntarnos y discutir. Por esta razón, en medio de esta ciudad que deseamos ver sucumbir piedra tras piedra, hemos decidido hacernos con una mesa amplia, de duro roble, y bajo la luz de un foco que nos es común (la desviación) extender el mapa y fijar objetivos… Con esa intención nace un proyecto que aspira a ser y estar vivo, el Instituto del Tiempo. El Instituto del Tiempo es una plataforma abierta, a todos aquellos que viven esa contradicción y quieren extraer de ella todas las consecuencias. ¿Cómo contactar? Nos veremos en los actos que organizaremos, podremos charlar y debatir, pensar y repensarlo todo, empezar de cero o deslizarnos hasta los confines. Es fácil. Se llega, se conoce, hay un intercambio. Uno también se va, pero ya se lleva algo. To-do es de to-dos. No pretendemos ser gurús, ni tampoco demiurgos, simplemente buscamos un nuevo espacio, no sólo físico, en el que poder movernos e invitamos a aquellos con los que compartimos el dolor y la rabia, pero también los sueños y los deseos a compartir algo más, algo que que habrá de descubrirse.

El Instituto del Tiempo nace al calor de la experiencia, la práctica, la risa y el hastío. Su objetivo es fomentar una comunicación y un debate directos y continuados, porque sin ellos no se puede fundar una práctica y mucho menos llegar a creer que se pueda incidir en la realidad. El Instituto del Tiempo es un espacio de encuentro, reflexión y motivación. Hasta ahí llegan sus pretensiones, ni más ni menos. No es ni puede ser un motor, sino algo más modesto, un crisol en el que reunir experiencias. Que esas experiencias se expandan y activen la práctica revolucionaria a todos los niveles es un deseo, nuestra aspiración, pero esa aspiración no habrá de concretarse sino con el propio desarrollo de la creación colectiva.

Hacia la consecución de esa creación colectiva nos dirigimos, partiendo de unos puntos que habrán de completarse, modificarse, abandonarse o incorporarse según el propio movimiento que se fijen el deambular del Instituto. En este sentido, el programa, necesariamente temporal y ampliable, de investigación y experimentación del Instituto del Tiempo puede resumirse en cinco líneas que se entrecruzan, confluyen y se expanden.

Aventura. La aventura es descubrimiento y es acción. Descubrimiento de uno mismo. Descubrimiento de nuevas relaciones entre los seres humanos y entre éstos y las palabras y las cosas y los actos. Frente a un mundo que ha desterrado lo maravilloso de la vida y lo ha sustituido por ceros y unos creemos que es imprescindible un reencantamiento del mundo que cargue la vida con todo su potencial. Acción que dote de sentido a las palabras en una época en la que éstas han pasado a ser rehenes del enemigo. Necesitamos instrumentos con los que abrir una brecha y dotar de significado a lo que ha sido despojado de él. Es imprescindible arriesgarse.

Mito. El capitalismo y el Estado, en todas sus formas posibles, se han erguido victoriosos derribando a los demás sistemas de creencias (religiosas e ideológicas) o incorporándolos a su seno. Pese a su glorificación de la ciencia y la razón no dejan de basarse en una construcción mitológica de la realidad, apoyada en un esfuerzo propagandístico sin precedentes que lleva a que, inconscientemente, interioricemos y asumamos como natural esa (su) construcción de la realidad y a menudo no cuestionemos sino los aspectos más superficiales de la misma. Hay que captar las imágenes dialécticas que fijen los momentos y conceptos clave que permitan desentrañar y desacralizar los mitos del enemigo. Entonces se habrán de construir nuevos mitos, fundados en unas perspectivas radicalmente distintas que se contrapongan a los del capitalismo y el Estado.

Tiempo. Afirmamos que el tiempo corre en nuestra contra en todos los sentidos. Debemos aprender a movernos en él en una dimensión distinta a la que nos aseguran que es la única posible, desechar de una vez el erase una vez y borrar las distancias para traer al ahora tanto las imágenes del pasado como las chispas del futuro. El conocimiento de la historia, tanto la de las tentativas por torcer su rumbo como la de las relaciones que han conducido a este presente, desde una perspectiva ajena al academicismo, la nostalgia y la rememoración es vital para cualquier tentativa de superación del presente, como lo es también tener la capacidad de anticipación utópica que nos permita no diseñar el futuro pero sí traer destellos de una vida liberada a un presente que todavía no lo ha sido para así llegar a alcanzarlo.

Espacio. El espacio ha sido colonizado hasta el último de sus rincones. El capitalismo se ha apropiado de todo lo material para reducirlo, acotarlo y comercializarlo. Pero también el espacio virtual, el espacio que no se halla en ningún lugar, y los saberes están sometidos en todos los sentidos a la ordenación geoestratégica y la reducción mercantilista. Nada nos pertenece, incluso nuestros cuerpos son hoy espacio que sólo nos es cedido en usufructo por el Estado, pudiendo sernos arrebatado. Medicalización y psiquiatrización son instrumentos de control del espacio en nuestras carnes y nuestras mentes. Luchar por el territorio, liberar espacios, liberar los cuerpos son prácticas y son batallas que hay que librar. Es necesario investigar sus diferentes caminos, sus posibilidades, sus límites y sus objetivos últimos, así como plantear nuevos campos de experimentación, sin olvidar que muchos de ellos también han sido colonizados.

Utopía. El objetivo último es apuntar a lo lejos, a lo todavía no sido. No nos basta (¡ya no!) con desenredar la telaraña de mentiras y falsificaciones en la que vivimos, eso se ha mostrado insuficiente, queremos fomentar la creación de un imaginario colectivo que alimente el pensamiento utópico y su inmersión radical y furiosa en la realidad. Llevar a cabo una cartografía de los deseos y de la revuelta que plantee preguntas y marque objetivos para poder abrir grietas en el entramado de la realidad. En este sentido, la ciudad todavía es nuestro campo de batalla. Es en ella donde nos movemos y actuamos, es en ella donde se concentran los centros de poder que se han de derribar y es en ella donde se ha de realizar la transformación que finalmente la destruya. Creemos que la investigación, la experimentación, el pensamiento rebelde, la crítica y la revuelta sólo tienen sentido si están animados permanentemente por el espíritu de la utopía, aunque éste no siempre se haga visible. Habita entre las sombras pero siempre busca la luz. Hoy la utopía no tiene un final programático, sino sólo un delicioso comienzo que nos habla y nos dice: "A ver qué sucede…"

Comité constituyente del Instituto del Tiempo Madrid, Fin del Mundo. 6 de febrero 2010

2/06/2010

Las ilusiones renovables

"Con la producción y el consumo de energía sucede algo análogo al caso de la tecnología industrial: en las condiciones presentes es imposible que la sociedad se apropie de la energía sin hacer un examen de sus necesidades. Actualmente sufrimos una opresiva lluvia de opiniones e informaciones sobre la cuestión de la energía, y desde el Estado y las grandes corporaciones se promueve una inquietud agobiante sobre el futuro amenazado por la escasez de energía. Lo que sin duda sirve de instrumento para cegar el entendimiento y aplastar la conciencia. Al igual que con el dinero, las vacaciones pagadas, la escolarización, el transporte motorizado, etc., se educa a las gentes en el pánico por la pérdida de algo cuya presencia abundante constituye casi siempre la anulación de su autonomía. Se dirá que cualquier cultura que aspire a una cierta independencia espiritual y a una consolidación de sus funciones vitales precisa producir y almacenar un determinado quantum de energías, más allá de lo que es estrictamente necesario para la reproducción de su existencia biológica. Cierto, pero lo que hoy está en juego es la misma apropiación de esa cultura, y de sus redes de intercambio, al margen de su reproducción amorfa en manos de las corporaciones y el Estado, lo que quiere decir que previo a cualquier idea de sustitución, en el transporte, la producción, la calefacción, las comunicaciones, etc., todas estas necesidades básicas deben ser revisadas sin que medie el empuje de la actual propaganda disfrazada de realismo. Sin esta exigencia preliminar, el verdadero trasfondo político de la sustitución de los modelos energéticos pierde sus contornos y se amalgama con el resto del ruido mediático de nuestros días".
Los Amigos de Ludd


Extracto de contraportada del libro Las ilusiones renovables (Bilbao, muturreko burutazioak, 2007), serie de ensayos hilados por el común denominador de la cuestión energética y de los moldes sociales y políticos a los que ésta responde y propicia.

¿Quiénes son los Amigos de Ludd? Un colectivo híbrido suma de la tradición libertaria y antiprogresista escindido de la revista Maldeojo en 2001 para publicar su propio boletín, con el objetivo de realizar una crítica radical de la sociedad industrial. Esto debería saberlo la Wikipedia, joder.

2/02/2010

¡Ay de tí, Haití! ¡Ay de nosotros!

Los terremotos por televisión son emocionantes. La mortecina secuencia de banalidades que desgranan los programadores se rompe bajo nuestros pies, las pantallas treman como poseídas de pronto por esa realidad que tratamos siempre de conjurar, y por las brechas abiertas en la coraza reflectante mana de nuevo nuestra propia miseria, nuestra vulnerabilidad, el drama básico de la vida y de la muerte, es decir el de la supervivencia desatada en medio de la civilización. Sin estas catarsis periódicas, sin estas interrupciones en el flujo del guión el espectáculo se acomodaría a sí mismo, a su eterno retorno indiscutible e indiscutido.

* * *

Aparentemente, la representación de una catástrofe natural da poco juego a la interpretación y el desarrollo. El dolor es transparente, la destrucción definitiva, y las fuerzas que los produjeron fatales. Sin embargo, contemplada desde fuera, nos revela sutilezas ideológicas, condicionamientos históricos, intenciones oscuras que no pueden tomarse en consideración en un primer momento porque la necesidad de actuar es más urgente, pues ante este tipo de calamidades todos estamos en entredicho, y las instituciones habilitan dispositivos para que esa acción se canalice dentro de los estrictos márgenes de la pantalla momentáneamente empapada de realidad. Se habla de doscientosmil muertos, una cifra cercana a las estimaciones realizadas para los tsunamis índicos de 2004 o al balance final de víctimas de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y de una situación de trauma, caos y desgobierno.


El espectador impasible sería un delincuente, o como mínimo un desalmado, he aquí un primer aspecto a explotar. Por ello, y como respuesta a una necesidad más urgente que los gritos de los hambrientos, los primeros en desplazarse al lugar de los hechos y en organizar campañas de solidaridad serán nuestros medios de comunicación, especialistas de la catástrofe. En muchos casos, sólo para contar los muertos de sus respectivos países, que serán los únicos que tengan nombre y apellidos. O para constatar la lentitud con que fluyen las ayudas, atoradas en competencias y compromisos geopolíticos que únicamente los Estados Unidos están en condiciones de gestionar según su criterio, pues el gobierno nacional ha desaparecido con todos sus símbolos.


Videos tu.tv

O, como valor marginal añadido, para desplegar la carnaza que reventará sus audiencias. Estamos acostumbrados a eso, y casi resulta igual de hipócrita denunciarlo, pues parece responder a una necesidad social. Pequeños gestos y anécdotas protagonizados por los ídolos de nuestros sueños colmarán nuestro vacío de emociones y nos harán sentir que también somos humanos, llamadas ocultas de ong´s reclamando donativos, o de empresas que ofertan sus productos incluyendo un pequeño porcentaje para Haití. Esta vez no han ahorrado imágenes de dolor y muerte, de violencia y devastación para horadar nuestros resecos corazones y nuestros sentidos obturados por espectáculos morbosos. ¿Protección de menores? Mirad a los ojos de ese hermoso niño desnudo y comprenderéis la necesidad de adquirir uno para llenar vuestras vidas. Traed las cámaras, va a comenzar el rescate. No hay que descifrar el uniforme de los héroes, sino el logo de la cadena que transmite desde el mejor ángulo posible. Propaganda política: mirad lo que hacemos y lo que hacen los otros. Reporteros estrella, tipos duros bregados en el violento mundo del documentalismo y la telerrealidad. El Gran Circo Americano organiza una gala solidaria en Madrid, pero el verdadero circo americano no tiene carpa.


Sabemos que el enfoque de las cámaras no es objetivo, sino selectivo. El espectáculo no se desvela a través de lo que nos muestra, sino de lo que esconde. El heroísmo del pueblo antillano para sobrevivir a la catástrofe y empezar a levantarse, su entereza ante el dolor, sus intentos de autoorganización frente al desgobierno no están en la carta del menú carnívoro que cada día nos sirven. Parece que algunos de los cuerpos rescatados fueron encontrados por "saqueadores". El caos y la violencia resultan mucho más rentables desde el punto de vista del espectáculo, pero no se trata sólo de eso, sino sobre todo de construir mediáticamente un escenario que justifique la ocupación militar de la zona con el supuesto fin de poner orden entre la población y coordinar las ayudas. Obama ya no engaña a nadie con su imagen de progre pacifista. Si había alguna duda sobre cuál sería la deriva de sus políticas, hoy ya sabemos que la necesidad de restaurar el liderazgo mundial de los Estados Unidos convertirá su reinado en uno de los más crueles y cínicos de la historia.


Hierven en la red las denuncias sobre la posible relación con este terremoto de HAARP, el programa de investigación que la defensa norteamericana mantiene en Alaska y que estudia el modo de interferir sobre el electromagnetismo terrestre mediante emisiones masivas de onda corta. Parece una posibilidad alocada, digna de bloggers conspiranoicos, pero el proyecto HAARP preocupa también a estados como Rusia, que saben de lo que hablan por haber estado involucrados en tentativas similares, o a la Unión Europea, que en 1999 aprobó una resolución denunciando los peligros de este programa de investigación, capaz de interferir sobre el clima y de producir fenómenos. Estaríamos hablando entonces no de un acto de oportunismo, sino de una tragedia provocada de manera consciente o experimental para destruir un país y tomar posesión de él. Se trata de una posibilidad tan repugnante que la conciencia rechaza incluso tomarla en consideración, y tan terrible que nos aboca posiblemente a una destrucción total. Las armas nucleares, que tanta polémica despiertan, habrían quedado obsoletas frente a esta nueva forma de manipular la energía. Pero para no caer en el descrédito ni dar pábulo estas acusaciones, el gobierno y la defensa norteamericanos deberían dejar de actuar en Haití como si efectivamente fuese así, y desmantelar un programa cuyo propósito bélico resulta más que evidente.

Desde que la ayuda internacional empezó a movilizarse inmediatamente después de la catástrofe, numerosos países han denunciado los impedimentos y controles del ejército americano, apostado allí antes que las brigadas de salvamento con el humanitario propósito de contener la violencia y el pillaje. ¿Están gestionando el drama para consolidar la ocupación? Interrogado por la lentitud con que llega la ayuda a un país no mayor que Galicia, donde casi toda la población está concentrada en su capital, el embajador norteamericano alega mirando al suelo falta de convoyes y de combustible. ¿Acaso no ha abierto Chávez el grifo? Han desplazado un gigantesco dispositivo militar, pero han olvidado los camiones de reparto.


Haití es víctima de Occidente desde que Colón arribó a las Antillas, convirtiendo la isla en pasto de los imperios y a su población autóctona en masa esclava. Ha tenido que pagar su precio por dejar de serlo y ha sufrido sucesivas ocupaciones que la han empobrecido y la han hecho políticamente dependiente. Todo parece indicar que su destino seguirá estando marcado por sus explotadores, que tras manifestarse capaces de las mayores tropelías se postulan hoy como sus salvadores. Tras la destrucción, empieza la reconstrucción, y no faltarán quienes se apunten a ella por un módico precio: poder seguir explotando su territorio y sus vidas.