6/23/2010

Rotten (Podrido)

A propósito del libro No Irish, No Blacks, No Dogs (la autobiografía autorizada de Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols (Acuarela & Antonio Machado, 2007).
* * *

Cada vez que Johnny abre la boca o intenta hacerse ver en los medios recibe una andanada de reproches e insultos de parte de los mismos críticos que nunca hacen gala de ser más papistas que el papa más que cuando hablan del papa mismo. Que si está descafeinado. Que si juega a ser un fantoche de sí mismo. Que si hace esto o lo otro por dinero...
Se lo tiene merecido. Y nunca fue de otro modo. Desde antes de ponerse a berrear desde la proa del Queen Elizabeth su discurso ultranihilista, mirando paranoicamente a un lado y a otro como si le alcanzase el griterío que pretende derribarle de la escena y lanzándose de nuevo sobre el micrófono para llevar la provocación más lejos, rozando casi esa imagen que yo me hago de la belleza absoluta en este mundo, de la obra de arte total...
Johnny se lo tiene merecido: por no habernos engañado ni haberse engañado a sí mismo sobre sus propias intenciones; por no habernos intentado convencer nunca de nada de todo aquello que sólo escenificaba; por no haber dado tregua a la ignorancia, poniendo siempre de manifiesto su osadía; por haber producido a lo largo de su carrera tantos envidiosos.
El personaje sigue funcionando: se lo merece y los críticos "que siempre están sentaos" siguen cayendo en su juego.


Menos que antes, es verdad. Hoy el ruido y la furia construyen el escenario permanente de cualquier escándalo. Nada sorprende a este espectáculo que sólo arraiga sobre sí mismo, que ni siquiera genera ya realidad porque ha abolido su concepto.
El cinismo punk sobre las identidades, la autenticidad y el futuro ha hundido tanto sus raíces en la mentalidad contemporánea que nos resulta difícil pensar que sólo hace treinta años se pudiera ser tan ingenuo.
Porque en verdad no había futuro; por eso estamos aquí así. El punk murió pronto de éxito, y su éxito fue súbito y fulminante. No era un movimiento: era un suicidio.
No se puede mirar hacia el punk con ira ni con nostalgia. No creo en las batallas perdidas. Todo pasa y todo queda, y el punk pasó corriendo, pero dejó una huella inextinguible.
Es una presencia tan obvia que da pereza excavar sus raíces. Lleva tanto tiempo con nosotros que cuesta imaginarlo fugaz, desintegrado de nacimiento.

¿Se equivocaron en algo estos chicos lúcidos, última instantánea de la inteligencia colectiva occidental? No me refiero a las diversas formas de estrellarse, que cada uno acertó con la suya, y el que no se quedó after, sino a sus Grandes Negaciones.
La identidad, que quedó disuelta en un juego universal de reflejos. En el que era imposible discernir la fuente, y por lo tanto también la autoridad. Y la autenticidad, pero ellos te piden autenticidad, Johnny, a buenas horas.
Y, ateniéndonos a las formas, ya que se trató sobre todo de una cuestión de formas, ¿cabe imaginar un grupo o solista actual que se sustraiga a la quiebra de la representación que se produjo en todos los campos creativos a finales de los setenta?
Los descendientes del punk pueden llamarse hardcore, low fi, emo... La irrupción de los punks con sus equipos robados y acoplados hizo vieja toda la música que se escuchaba hasta entonces. Y lo que sucedía en la música reflejaba también lo que pasaba en otros ámbitos creativos y cotidianos.


Ya no era posible creer. Ya no íbamos a creernos nada que no hubiésemos creado nosotros mismos.
Era preferible hacerlo tu mismo que hacer lo mismo. Era preferible explotar nuestro narcisismo decadente en unos cuantos folios sucios fotocopiados que flotar abotargados en autopistas cósmicas. Era preferible hacerlo mal.
Y así fue. Cierto que de manera muchas veces equívoca, pero todo Cristo está expuesto a malinterpretaciones. Las cosas no han mejorado desde entonces gracias a los punks, pero precisamente los punks no eran portadores de ninguna doctrina ni Johnny ningún mesías.
No había futuro, y así fue. Bueno, vinieron los móviles y las redes. Todo ello muy importante, pero los muertos del punk siguieron siendo jóvenes hasta hoy.
Johnny dice en el libro que no se alegra por ello.
Nadie tiene por qué alegrarse. Uno, que ya ha vivido los ochenta, podría jurar de primera mano, con la segunda puesta en el Never Mind The Bollocks, que nada se ha ganado para las masas en cuanto a calidad de vida, derechos sociales y libertades desde entonces.

Pero, dirán algunos derrotistas apoyándose precisamente en ello, a todos estos retrocesos hay que sumar también la pérdida de conciencia social y política de muchos jóvenes, la disolución del pulso rebelde en la llamada Generación X. He ahí el fracaso del punk en cuanto testigo del desconcierto, en cuanto manifestación de rabia por la situación vivida. Esto no es exactamente así.
Es cierto que existen hoy más razones para la rebeldía si acaso que en los ochenta. Hablo de los ochenta porque en los setenta en España andábamos todavía destapando el rock urbano. El mundo es más cabrón; nuestra vidas, más putas.
Ello no ha alentado el inconformismo, sino que hoy la juventud está comprada por la hipoteca, amedrentada por el terrorismo, aturdida por el botellón y los nacionalismos, falta de referentes, ni siquiera punks. Hablo de la juventud porque es la que normalmente tiene ganas pero, como dice Johnny, me niego a ver en esto una cuestión generacional.
Finalmente, los propios punks habrían alentado esta situación con su nihilismo, su violencia desatada, su individualismo y su falta de proyecto.
Efectivamente, pero...


Por otra parte, se deja sentir algo así como una sensibilidad heredera del punk en las oleadas sucesivas de antagonismo que han jalonado las últimas décadas. En España, esta sensibilidad estuvo muy presente en las revueltas del 86-87 y en el movimiento urbano de los okupas. En los noventa, la casa okupada era prácticamente el único escenario con el que podían contar los grupos punkis, y éstos el único atractivo con el que el movimiento podía captar adeptos. El movimiento de contrainformación de los noventa es de inspiración claramente punk y se proyecta sobre el movimiento antiglobalización, crucificado justo en medio de las Torres Gemelas.
Estas oleadas seguirán sucediéndose con mayor o menor alcance. Actualmente vivimos un momento de reflujo. Pero habrán oleadas. Y algo así como el estilo, la actitud, una estética determinada seguirán presentes en ellas.
Porque no es algo que puedas elegir. Es Tu Tiempo.
A mi entender, lo que ocurre es que este sentimiento de miseria vital, este inconformismo y la rabia de no poder hacer nada se encuentran actualmente tan instalados en nuestra experiencia que no se mueven, no fluyen, no promueven la dialéctica. Estamos hechos a ellos, a su medida. Sin esperanza.
No se puede ser práctico, con este horizonte. Se limitan a estallar, ocasionalmente, a mayor gloria de causas de antemano perdidas. Justamente éste es el escenario que dibujaba el No Future. El inexpresivo rostro de Sid junto a la mueca distorsionada del viejo Johnny, Imagen Pública Limitada.
Algo que, todavía hoy, pone los pelos de punta.

Si nos hallamos tan sumidos en el estupor de la ausencia de futuro, ¿por qué somos, efectivamente, tan sumisos? ¿Por qué no damos curso a la rabia paralítica? ¿Qué tiene que suceder para que la denuncia del sinsentido vuelva a encontrar su cauce en una época postpunk? Dadas las respuestas, supongo que éstas son las preguntas.
No serviría de nada, ante todo, restaurar el acontecimiento mediante ningún tipo de revival. Estaríamos ejerciendo un ritual. Estaríamos transformando la farsa en una mayor.
Hemos asumido que el punk es un momento, no un movimiento. Dado el momento, Johnny hubiera podido estar o no, pero estaba. Y estaba también Malcolm.
Era la situación, no el situacionismo.


El momento mítico del punk, su consagración pública frente a propios y extraños, se produjo con la aparición de los Sex Pistols en un programa de TV local presentado por un tal Bill Grundy, cuya miserable vida no parece haber tenido otro sentido.
Lo que allí se produce no es un choque generacional en el sentido habitual del término. No es, todavía, el montaje escandaloso producido en serie para pasto de audiencias masivas. Se trata de un cortocircuito genuino en los códigos de representación, de una arrasadora irrupción de la realidad del espectáculo. Es, entre otras cosas, el origen de un género televisivo que ha marcado tendencia.
Fue una brecha abierta en un mundo anodino. Funcionó como una llamada improvisada al alzamiento. La realidad había caído. Al espectáculo se le había visto el culo.
¡Todos a follar! ¡A follárselo!
No había detrás ninguna ideología. Cualquier "sentido" hubiera resultado sospechoso en ese momento. No se nos vendía ninguna esperanza. No habíamos visto la luz, ¡son los focos, estúpido!
En España la cosa prendió con la publicación en ABC de la letra de una canción de las Vulpess programada en la televisión pública en horario juvenil, lo que provocó un escándalo de dimensiones políticas.
Lo que en ambos casos se puso de manifiesto era la decrepitud del sistema de dominación a través de la representación, la distancia enorme entre la realidad vivida por muchos jóvenes y los valores imperantes.
Por eso, aunque las formas no parecían adecuadas, se hicieron con la razón. Hasta el enemigo conspiraba a su favor. Meaban con el viento de espaldas.
Cuando el espectáculo se ha apoderado de la realidad, no queda otro remedio que apoderarse del espectáculo.
Esta ruptura afectaba también a la crítica bienintencionada y "responsable" de los hippys, quienes en el fondo aceptaban el fondo del engaño y se habían habituado a su papel.
En ambos casos, los mecanismos de defensa del sistema frente a la amenaza colapsaron y sólo consiguieron darle mayor alcance y virulencia. Había nacido una forma irreductible de antagonismo, para el que las antiguas formas de dominación se habían hecho viejas.
Era también el fin de algo. Estábamos rozando un límite.

Cuando el pasado y el futuro se descomponen, sólo queda una intensa sensación de presente. Es urgente vivir a tope. Lo complicado es sobrevivir a ello sin caer en un presente perpetuo. La asimilación estética del punk ha consistido precisamente en eso.
Es esta sensación perentoria de vivir en las fronteras de la vida, esta danza entre las ruinas, el vuelo de los cascotes por encima de tu cabeza, lo que los punks no pudieron sostener más tiempo de lo que duran los efectos del speed.
Tras de lo cual, no queda nada. O queda simplemente una actitud. ¿Cómo dar sentido al sinsentido consentido por uno mismo? ¿Qué hay después del "No Future"?


Más allá de la asimilación estética del punk en forma de tendencia o de falsa conciencia, la actitud punk se ha proyectado hacia el presente bajo dos formas igualmente equívocas y necesarias.
Hay quienes han adoptado el nihilismo punk como forma de vida, sin ningún tipo de anclaje ideológico o idolátrico, o con anclajes débiles, que simplemente sirven para justificar su culto a la violencia y a la destrucción, aunque sea de uno mismo.
La conciencia del vacío surge naturalmente de una época sin horizonte ni perspectivas. La oscuridad de la propia vida apaga los colores del espectáculo.
Es el tipo de conciencia cínica y negativista que se filtró en la Generación X a través de la estética grunge de grupos como Nirvana, o en las diversas manifestaciones teatralizadas de los góticos.
Es el estilo de Sid. Es una actitud noble, pero estúpida. Lo que ha sido, fué, y si bien no podemos pasar esto por alto tampoco podemos quedarnos ahí.
Desde mi punto de vista, considero negativo que el mito de Sid y su turbulenta vida se impusiese sobre la imagen de los Sex Pistols. Al final fue una concesión a la industria y su fábrica de estrellas póstumas. Un espectáculo lamentable.
Sid se fue al carajo. Era la encarnación viva del instante punk. Él no necesitaba actuar de forma inteligente.
Nosotros, sí.

Desde otra vena, la actitud rebelde de los punks se ha proyectado también en ciertas subculturas urbanas que han sido capaces de generar una escena propia, aunque vulnerable al expolio mercantil y a la apropiación política.
Inspirados por la consigna DIY (Hazlo) muchos jóvenes encontraron en la música y en los fanzines un modo tremendamente productivo y no mediatizado de proyectar políticamente su rabia.
Es la línea que inauguraron los Clash al introducir la conciencia política en el punk, intentando canalizar positivamente toda aquella furia y la brecha abierta en el sistema.
En España el fenómeno se hizo visible mediados los ochenta, con lo que se dio en llamar rock radikal, que no siempre fue vasco. Mis amigos franceses flipaban aquellos años con la potencia y la insolencia de bandas como La Polla Records, Kortatu o Barricada, y me contaban que nada similar se daba ni podían imaginar que se diese en su país.
Aquella primera ola de punk rock politizado no duró más de un par de años, tras de lo cual el aburrimiento y la actuación de las instituciones contra estas bandas acabaron relegándolas a la marginalidad.
No obstante el movimiento consiguió resistir creando estructuras propias: aprovechando los espacios okupados cuando no existían salas, creando sellos, distribuidoras y medios de contrainformación propios.
Casi siempre la inspiración de estos grupos era anarquista. Muchos flirteaban con la izquierda radical, pero su naturaleza era libertaria y extraparlamentaria. Era un movimiento surgido de la falta de representatividad, a fin de cuentas. Y este perfil ha tenido y sigue teniendo también una manifestación desde el otro lado, ya que ha sido adoptado también por grupos juveniles de extrema derecha.
Es la otra cara de un legado ambiguo, pues si aquella otra línea que hemos reseñado suponía una adopción puramente formalista de los supuestos del movimiento, una estetización nihilista y vacía que ha tenido también sus consecuencias en el ámbito de la moda, esta otra implicaba una politización del mismo que iba contra su propio espíritu.
A partir del año 84 empieza a percibirse cómo este intercambio colaborativo entre el punk y ciertos movimientos políticos empieza a decantarse a favor de estos, que empezaron a utilizarlo como herramienta de difusión de sus propios intereses y acabaron convirtiendo el punk en una consigna de segunda mano o en puro agit-prop.


"No soy revolucionario, ni socialista, ni nada parecido. Es algo que no va nada conmigo. Políticamente creo en la individualidad. Necesitan colectivos que voten en bloque. Necesitan grupos. Lo que buscan es la homogeneidad de las masas. El feminismo se convirtió rápidamente en un movimiento opresor y al final el movimiento de liberación gay no quiere la igualdad de derechos sino la aceptación como colectivo. Si hay un homosexual dentro del grupo que se desvía de lo que está establecido, se le estigmatiza. Es el mismo sistema de siempre con ropajes nuevos. Odio todos los grupúsculos y cualquier tipo de asociación porque destruyen la personalidad y la individualidad. Quizá una habitación llena de gente con ideas muy distintas sea caótica, pero es un caos maravilloso, con altas dosis de diversión y muy didáctico. Así es como se aprende y no siguiendo la doctrina que todo el mundo. No creo que el tipo de mundo que propongo pueda hacerse realidad porque hay demasiados borregos que necesitan líderes. Que sigan balando, yo no pienso ir. Prefiero salirme de rebaño y enfrentarme solo a los lobos. Se supone que la gente que crece en un entorno de clase obrera no debe salirse del sitio que le ha tocado y tiene que seguir las reglas de ese pequeño sistema, pero yo no estoy dispuesto a aceptar esa forma de ver el mundo."
Es una declaración de Lydon incluída en la denostada biografía autorizada de Rotten. Una declaración que va en contra de muchas de las manifestaciones de la actitud punk en la actualidad, que han preferido rendirse a la mitología hueca de Sid Vicious o a la práctica panfletaria de los Clash.
Es evidente para todo el que haya sobrevivido al punk que Rotten no es Lydon. No es preciso que lo sea. No hay ninguna identidad de fondo.
Ello puede no resultar evidente para cualquiera que no haya entendido el sentido de la crisis cultural que se produjo en el mundo occidental a finales de los setenta. Para ello, habría quizá que retrotaerse algunas décadas, y no confundir las materias primas con los productos elaborados.
Quede ello como guiño cómplice a los supervivientes.
Yo lo único que le reprocho a Johnny es que en esta ocasión haya intentado hacerse entender demasiado. Que haya recurrido al álbum de fotos familiar para hacer obvio lo evidente, y haya desnudado demasiado a Lydon en escena.
Creo que no hacía falta.

6/18/2010

Las putas palabras (2)

Creo que fue a Josu Montero a quien escuché por primera vez que habíamos pasado "de la lucha de clases a la lucha de frases", queriendo apuntar con ello las nuevas condiciones de desarrollo del conflicto en la sociedad espectacular. Años antes los situacionistas ya se planteaban explícitamente la lucha por la apropiación del lenguaje: "vivimos en el lenguaje como en un campo contaminado" ("All The King's Men"). Allí, oponían el uso poético como alternativa al uso establecido por el poder tecnocrático, como si bastase liberar el potencial evocador de las palabras y abandonarlas a la deriva para que éstas dejasen de "trabajar a cargo de la organización dominante".

Nunca fueron inocentes las palabras. Nunca estuvieron desnudas ni fueron libres, mucho menos cuando hablaban los poetas. Nunca reflejaron simplemente el mundo, ni sirvieron para iluminarlo más que para oscurecerlo. En época de Marx se ignoraba todavía que hablar es hacer cosas, pero internet es un mar de palabras cuyo oleaje sacude sin pausa ni proyecto el suelo flotante de nuestra realidad. Todo cuanto existe ha sido previamente codificado, traducido, manipulado. Casi no tenemos dónde repostar la experiencia viva, si no en la decepción que sucede a las palabras inadecuadas.

Ellas van y vienen, nos traen y nos llevan. Crean comunidades, edifican, generan patrones y corrientes y se organizan en ejércitos ideológicos. Pugnan por abrirse paso en las redes de la conciencia, y no somos más que los instrumentos de su lucha. La vida no tiene sentido, las palabras tienen demasiados, y nuestro destino como especie y como individuos depende de ese curso autónomo de las palabras.

¿Usamos el lenguaje para pensar? ¿O el propio recurso al lenguaje nos hace caer inevitablemente en lo ya pensado? ¿Cómo podrías comunicar lo inédito, lo aún no experimentado socialmente? ¿Por qué hablamos y hablamos en todas partes, a veces con criterio, con ingenio, con el rostro encendido, de corazón... y nada cambia ni siquiera entre nosotros?

Cada martes Radio Círculo emite una nueva entrega de Una línea sobre el mar, un programa de "filosofía de garaje" que comparte algunas de nuestras preocupaciones y de nuestros métodos. Nos espiamos mutuamente y a veces compartimos también algunos resultados. Pero todo sigue igual...

6/09/2010

No funciona

La noticia fue que no hubo noticia. La jornada de no huelga se desarrolló con absoluta no normalidad. La minoría absentista no sufrió las represalias de los no piquetes (bastante tenían con arrastrar su trabajosa inactividad durante todo un día de no lucha solitaria y marginal), y la gente aprovechó la no movilización para realizar sus gestiones de forma mucho más rápida y eficiente que los demás días del año, siendo rápidamente no atendidos, como esos no días festivos en que abren las tiendas.

Los sindicatos siguieron sin enterarse de lo que no estaba pasando, demostrando nuevamente una sólida ineficacia, anclados en las formas de no lucha de la no transición. Los empresarios respiraban tranquilos contemplando el no desarrollo previsto de los acontecimientos. Los trabajadores públicos, que ya tienen que afrontar un recorte serio de sus ingresos, hacían cálculos a propósito de las sucesivas jornadas previsibles de lucha que a partir de ahora pueden percutir en su salario, y concluían que no merecía la pena desgastar su capacidad de movilización con una huelga parcial e insolidaria. El gobierno se felicitaba por lo asumible de las cifras, mientras se iba oscureciendo la perspectiva de una movilización social masiva que lo ponga a su pesar en el sitio que le corresponde.

¿Cómo explicar lo no ocurrido? ¿Acaso no estaban las cosas tan mal? ¿O están acaso tan tan mal que no podrían encauzarse a través del modelo clásico de conflicto social? Este modelo, que siempre tuvo sus lagunas frente a problemas como el paro o la precarización, que nunca pudo presentar oposición seria a las prácticas de la empresa privada ni aportó alternativas frente a la progresiva desorganización capitalista del trabajo global, manifiesta una creciente obsolescencia en las circunstancias actuales.

No estamos frente a un simple conflicto laboral, sino ante un colapso del sistema con numerosas ramificaciones. La clase obrera ha sido desmontada, así como el relato de su progresiva emancipación. El funcionariado, que en época de bonanza se ha dedicado sobre todo a apuntalar sus privilegios, vive hoy estos con un cierto sentimiento de culpabilidad, sintiéndose en el fondo a salvo de los dramas que se desarrollan a su alrededor. Ha dejado de ser la vanguardia de la lucha obrera, cuyas conquistas pudieran proyectarse sobre otros sectores, así como el paradigma del trabajador tipo y de sus deseables objetivos. ¿Tenía sentido en este contexto utilizar la carta fácil del funcionariado como laboratorio o catapulta de un movimiento más amplio?

No lo tenía, y el fracaso de la movilización era perfectamente previsible para quien tuviese alguna noción del nuevo escenario. ¿Qué se pretendía entonces con semejante convocatoria? ¿Acaso lo que se ha conseguido: poner de manifiesto la impotencia y la desestructuración de los trabajadores, confundir a los agentes del conflicto, desmoralizar el impulso de un movimiento social que se siente cada vez más desafecto a las instituciones políticas y más justificado para emprender movilizaciones de mayor calado? ¿Mostrar como un fracaso de los trabajadores lo que no es más que una inadecuación clamorosa de los métodos de las grandes centrales sindicales?

No hay que interpretar este fracaso como una descalificación de futuras movilizaciones ni extrapolar estos datos a lo que no tendrá más remedio que ocurrir. Los funcionarios han visto venir imparable la general, y es de agradecer que nos hayan esperado. No necesitamos castigar de antemano al tejido social con huelgas que afectan sobre todo al sector público. No necesitamos experimentos controlados cuando lo imprevisible está de nuestra parte. La huelga para la cual las condiciones ya están maduras será una huelga de ciudadanos que afectará a todos los sectores: funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, parados, precarios y muchos empresarios, pensionistas y jóvenes sin presente. Será una huelga transnacional y salvaje cuyo objetivo último será cuestionar las bases del sistema y no luchar mezquinamente por un triste porcentaje. No consistirá en bajar los brazos ni en levantar el puño, sino que obligará a hacer muchas cosas, poniendo a prueba la capacidad autoorganizativa que nos es propia. Los sindicatos se han mostrado como poco obtusos para interpretar la nueva realidad, si es que no conspiran con ella. Habrá que buscar la respuesta en las redes.

6/02/2010

Nombre difícil de pronunciar

¿Quién se acuerda de la "movida manchega"? Un día contaremos la historia de Jus de Jas, el grupo de teatro punk que no pudo finalizar ninguna de sus representaciones. Han pasado más de veinte años y me encanta volver a hacer canciones contigo.