10/26/2010

¿Cómo se atreven a ser surrealistas?

Otra Salamandra perturba nuestros sueños, y son ya más de 20 años dedicados a practicar la "intervención surrealista", a investigar la "imaginación insurgente" y a criticar la "vida cotidiana". Hay quien siente repugnancia ante la idea de un surrealista vivo. No sé si están vivos o son las sombras de un sueño abortado, pero este blog siempre se sintió cómodo en su órbita, participando en sus debates y aquelarres, aunque sin grado en la logia y como simples observadores cualificados; lo que nos cualifica para decir que pocos grupos en Madrid presumen de haber mantenido tanto tiempo cierta línea de trabajo profunda, comprometida y coherente. Para saber de qué puede ir un surrealista en el siglo XXI hemos recuperado este prólogo que escribimos para uno de sus libros: Los días en rojo. Textos y declaraciones colectivas (Logroño, Pepitas de Calabaza, 2005).

* * *

Suele entenderse el surrealismo como un movimiento de carácter fundamentalmente artístico que se desarrolló entre los años 20 y 30 del siglo pasado y que, aun cuando instala su influencia de forma irreversible en la historia del arte moderno, extendiéndola también a otros ámbitos de la conciencia (para lo cual se ha visto favorecido por los medios de comunicación de masas), no habría aportado nada significativo a partir de 1950, y en cualquier caso no habría sobrevivido a la muerte de André Breton. Son muchos los que ignoran, y bastantes los que, sin ignorarlo, no alcanzan a comprender, que aún hoy existan, diseminados por todo el mundo desarrollado (desde Chicago hasta Sidney y desde Estocolmo a Buenos Aires), numerosos grupos que se reclaman del surrealismo, y que la actividad de estos grupos no se limite a reproducir criterios desfasados y prácticas anquilosadas, sino que haya encontrado en los últimos años numerosos reflejos en la de ciertos movimientos de oposición y crítica al capitalismo globalizador.

La ideología del progresismo hueco, que suele presentarse al mismo tiempo como razón del sistema y de su necesaria transformación, no puede aceptar esto sin cuestionar sus propios fundamentos. Para el relato «oficial», el surrealismo habría cubierto su ciclo vital al ser asimilado por el sistema moderno del sentido en el proceso de su construcción. Precisamente porque el surrealismo ha entrado a formar parte del campo simbólico en el que se desenvuelve nuestra vida cotidiana, desde el circo a los negocios, carecería de sentido recortar ningún territorio como específicamente surrealista, como tampoco lo tendría reclamar una identidad surrealista o vincularse a un proyecto construido sobre bases surrealistas. Los propios situacionistas, que tal vez fuesen en su momento los herederos más directos y consecuentes del movimiento surrealista, parecían referirse a esto cuando abrían el primer número de su boletín afirmando que «El surrealismo ha triunfado en el marco de un mundo que no ha sido transformado esencialmente», y calificaban de «amargo» este triunfo.

Esta crítica, reiterada hoy de forma superficial en otro contexto, no tanto para atacar como para obviar de un plumazo una realidad que rinde sus frutos, podría encontrarse tan superada como su verdadero objeto: la vanguardia surrealista, aquel movimiento en formación que tenía que aprenderlo todo de sus errores, lastrado por el acento artístico de sus acciones y dependiente de las directrices de una o unas cuantas personalidades «geniales». Ya antes de que éstas despejasen el terreno, el surrealismo se había enriquecido con numerosas disidencias. Ante la imposibilidad de una síntesis conciliadora surgen, a partir de un tronco común y reconocible, surrealismos de fragancias místicas y surrealismos que cargaron el acento en Marx, surrealismos dispuestos a disolverse en el cuerpo social y surrealismos ensimismados en los ensueños de una psique inadaptada, triunfantes y malditos, rojos y negros. Y si esta magmática descomposición era entonces el síntoma de una impotencia, la de un movimiento que aspiraba a «la destrucción del orden social dominante», la diversidad que le ha sobrevivido, dentro y especialmente «fuera» de dicho orden social, exhibe numerosas líneas de apertura. Hoy no existe una «ortodoxia» surrealista, porque no existe una «certeza» surrealista. Los distintos grupos que despliegan su actividad por todo el mundo se encuentran inmersos en un proceso de investigación y trazado de posibilidades que se basa fundamentalmente en la comunicación, y no en el seguimiento de una doctrina.

Si es obvio que no nos hallamos ante un movimiento compacto, homogéneo, definido en su origen y en su final al gusto de los enterradores, no lo es menos que tal movimiento se reconoce en una tradición críticamente asumida y en unas metas únicas e irrenunciabies. Cuando se habla de «realización» del surrealismo en los períodos del arte, en los recursos publicitarios o en los absurdos de un mundo desaforado se pierde interesadamente de vista que una realización tal pasa por «la liberación del deseo y la práctica de la libertad»(1). Éste era el primer objetivo y es la tarea inacabada del surrealismo, no basta con juntar paraguas y bicicletas. A partir de aquí, vale más no hablar de éxito, sino acaso de defección, de cooptación y de desarticulación del dispositivo surrealista al servicio de un sistema de dominación que eleva al cielo de la cultura escindida cualquier representación crítica. En un mundo esencialmente transformado, convertido «de facto» en la idea de sí mismo, que no se deja vivir ni negar más que en cuanto tal idea, el ideal surrealista y su meta han quedado disueltos en una sucesión de virtualidades concretas. Su extenso legado oscurece su pretensión, y hasta la diluye, no sin la colaboración o aceptación de algunos surrealistas. Obras de arte, una formulación reconocible, acaso un estilo. Una página fundamental de la historia del arte, materia de evaluación.

Frente a este surrealismo convertido en la tendencia dominante de la cultura burguesa, que renunciando a su vocación insurreccional se desprende al mismo tiempo de sus fundamentos para mejor flotar en la nada del arte contemporáneo, la sensibilidad rebelde que encarnaba el surrealismo originario, radicada en el nihilismo Dadá, tuvo que replantear sus bases. La muerte de Breton a mediados de los sesenta marca un punto de inflexión dentro del movimiento. La declaración firmada en 1968 por los grupos de Praga y de París al calor de las movilizaciones que se producían en ambos países, denominada Plataforma de Praga, establece los términos de un debate que aún hoy sigue vigente entre los diferentes grupos. En cuanto a la orientación política del movimiento, la plataforma sanciona la ruptura histórica con el estalinismo y reivindica las fuentes clásicas del anarquismo «para recargar las fuerzas revolucionarias»(2). Por lo que respecta a su orientación estética, se deja ver la inquietud por rescatar su actividad del ámbito artístico institucional, al que se había ceñido en demasía en los últimos años y donde se estaba llevando a cabo el proceso de recuperación y neutralización al que nos hemos referido. Dicha inquietud se manifiesta en el desplazamiento del foco de su actividad hacia el lenguaje como herramienta de programación del individuo moderno y a la vez como medio de liberación del deseo una vez purificado de su función utilitaria, así como en la necesidad de atacar esta empresa desde todos los frentes, fundamentalmente desde la percepción, la experimentación o el juego (3).

Es cierto que, a tenor del lugar que el surrealismo ha venido ocupando desde su fundación dentro del movimiento revolucionario internacional, ninguno de estos puntos resulta original ni sorprendente. Siempre hubo un soniquete libertario en el discurso con que los surrealistas asumían su «compromiso» político. El rechazo de la razón burocrática es una condición previa a la liberación del llamado inconsciente (aunque el automatismo, a mi juicio, nunca fue un buen procedimiento para ello); y el carácter unitario de su programa es indisociable de todos los movimientos de vanguardia que se propusieron, sin éxito, acercar el arte a la vida. No obstante, el desarrollo histórico del surrealismo, la búsqueda de algún tipo de incidencia en esa realidad que querían transformar y que les forzaba a tantos apaños, y sobre todo el fracaso del movimiento revolucionario en el que querían reconocerse, difuminó y relegó finalmente aquellos puntos que podían percibiese como «maximalistas» a un futuro cada vez más improbable. En todo caso, y sin que entremos tampoco en juicios de valor anacrónicos entre una etapa u otra del surrealismo, la Plataforma de Praga sentó las bases para el posterior despliegue de una actividad surrealista colectiva y abrió una nueva etapa en el desarrollo histórico del movimiento, inspirando la reflexión y la práctica de los grupos que actúan aún hoy por todo el mundo.

Creo que es en esta estela donde hay que ubicar la actividad desarrollada en los últimos años por el Grupo Surrealista de Madrid, orientada desde su fundación a finales de los ochenta, en torno a la revista Salamandra y al periódico de contrainformación ¿Qué hay de nuevo? [hoy a través del boletín El Rapto] a «cartografiar el paisaje de una subversión mental a gran escala que procure la posibilidad futura de una insurrección generalizada»(4) con los medios y recursos del «pensamiento poético» aplicados a la vida cotidiana. Hubo en España experiencias previas de actividad colectiva en torno a revistas como El Orfebre y Luz Negra, pero hasta Salamandra no se abre realmente un espacio para una actividad consecuente en base a los mismos principios y preocupaciones que inspiraban al movimiento surrealista internacional.

Una de las características más llamativas que definen al Grupo Surrealista de Madrid es su ausencia corporativa del panorama artístico español. Y es que, pese a que alguna vez han utilizado medios «artísticos» como medio de actuación, siempre han eludido definirse como una tendencia o un grupo entre otros en la disputa por las subvenciones o el beneplácito de los críticos en el marco del actual sistema cultural, deslegitimado en su teoría «por su doble condición de lacayo del poder y de máquina de hacer dinero»(5). Conscientes de que los recursos formales legados por el surrealismo han sido de alguna forma asimilados y disueltos en un magma expresivo sin consecuencias prácticas gracias precisamente a la instauración de esta cultura separada de la vida, su actividad como grupo se sitúa en otra parte, en la construcción de un «proyecto político de vida poética» que ilumine la miseria de la vida cotidiana y amplíe el campo de lo vivenciable. Como reza el título de una de las secciones más celebradas de su revista, los surrealistas no están contra la realidad, sino a favor de «más realidad», una realidad enriquecida gracias a la «intuición poética» que surge de una nueva forma de mirar y experimentar el mundo.

Esta nueva forma de experiencia, que ellos sitúan en el centro de su actividad colectiva como surrealistas, se sitúa en las antípodas de la razón tecnológica que hoy se impone de forma cada vez más apabullante en todas las relaciones, tanto en las que mantienen los individuos humanos entre sí como en las que mantienen con el animal salvaje y con el medio natural en general, y que no es sino la expresión más eficaz y más fría de la compulsión a la dominación y el control que rige las sociedades humanas, y que amenaza ya con alterar de tal forma las condiciones en que se desenvuelve la vida que pronto ésta no será posible sin toda la suerte de ortopedias de las que estamos pasando a depender. Frente a ello, los surrealistas reclaman una nueva sensibilidad hacia la naturaleza basada en la reciprocidad «que recoja las aspiraciones poéticas, imaginativas e inconscientes latentes en todos los seres humanos y que deben proyectarse en la creación de un mito colectivo movilizador sobre la relación entre el Hombre y la Naturaleza»(6).

Uno de los ámbitos sobre los que más insistentemente han intervenido los surrealistas a fin de desatar esa «intuición poética» que puede inducir la experiencia de lo maravilloso, y por contraste la conciencia de la miserabilidad de la vida moderna, es precisamente el mito entendido como referencia colectiva capaz de «ilusionar» la conciencia humana y de movilizar un tipo de acción emancipadora. En este sentido, destaca el trabajo realizado a partir de la figura de Man, el «artista loco» que pereció, supuestamente de tristeza, al ver la obra de su vida ahogarse en la marea del Prestige, relato que han convertido en una crítica descarnada del moderno «capitalismo de espíritu».

Se trata en este caso de llevar los impulsos y estrategias encerrados en el arte y la poesía a aquellos ámbitos de los que ha sido sustraído, como el mito, que no es sino un género de creación colectiva en proceso. Este mismo planteamiento acerca del mito ha inspirado la práctica de determinados movimientos de antiglobalización que, en la órbita de pensadores como Toni Negri o Umberto Eco, han puesto énfasis en la «mitopoiesis» o «construcción de mitos» como alternativa a la práctica del arte burgués, por su capacidad de catalizar y movilizar voluntades. No obstante, las formulaciones del Grupo Surreatista de Madrid, aunque han tenido menor fortuna mediática, fueron previas a las corrientes que, como el Luther Blisset Project, han trabajado el terreno del mito aprovechando la capacidad mitagógica de los medios de comunicación de masas tratando de subvertir sus dinámicas para, finalmente, acabar presas de ellas; y han seguido también un proceder autónomo, vinculándose más bien a una concepción clásica del mito que atiende a sus fuerzas históricas latentes, incluso arcaicas e inactuales, y esto no sólo para «construir seudomitos» artificiales producto del bricolaje y denunciarlos a posteriori, sino para comprometerse más profundamente en ellos.

Lo mismo cabe indicar del tipo de «intervención callejera» anónima y perturbadora que practican, tratando de «llevar los impulsos de la poesía a la vida cotidiana y la práctica revolucionaria», rompiendo la rutina del viandante con mensajes que puedan inducir la experiencia de lo maravilloso. Este tipo de intervención se halla igualmente lejos de la banalidad y la demagogia que caracterizan los modos de intervención estética que hoy se practican, y al poner el acento en la percepción antes que en el supuesto «ingenio» de estos dispositivos, evita también caer en la mera complacencia.

Finalmente, en su interés por el juego y la deriva encontramos este mismo desplazamiento de la intuición poética fuera de los ámbitos donde se la encierra para que se resuelva en sí misma, como sucede igualmente en sus intervenciones más «políticas», como la crítica del racismo, el trabajo y el deporte, o su reflexión sobre la hipotética dimensión revolucionaria de las huelgas de Corea de 1996-97. Independientemente de su interés o acierto, y descontando la evolución que en esta crítica se puede apreciar desde las primeras posiciones quizás más ingenuas o pasionales, hasta el mayor rigor analítico que han pretendido a lo largo de estos años, podemos encontrar la presencia de esa intuición poética en el tratamiento no populista que hacen de estos temas, en cuanto que no parecen preocupados por ser acogidos con beneplácito por su supuesto «público», dejando a la vista, muy al contrario, algunas aristas de sentido difícilmente asumibles por las personas que están inmersas, incluso a su pesar, en el sistema productivo.

Por todo ello, la mejor ilustración de lo que ha sido la actividad del Grupo Surrealista de Madrid en estas casi dos décadas pasadas no puede ser por tanto una exposición de la “obra” de sus “figuras” más representativas, pues el surrealismo no es hoy un movimiento artístico al uso, sino una actividad colectiva en proceso empeñada en realizar los sueños.

notas

(1) «Tengo que corregir de forma severa la afirmación de que el mundo en que vivimos es surrealista. No creo que este sea un mundo que se sostenga sobre la liberación del deseo, la práctica de la libertad y la ensoñación, y sólo por esa razón ya creo en la vigencia del surrealismo». Eugenio Castro, entrevista con Industrias Mikuerpo (Amano 7, 1997).

(2) Después de una relación tormentosa con el Partido Comunista Francés, plagada de conflictos y críticas hacia el dogmatismo estalinista, los surrealistas romperán pública y definitivamente con el estalinismo en 1935 con la declaración Du temps que les surréalistes avaient raison, situándose a partir de ese momento en las filas de los grupos revolucionarios que denunciaban la deriva totalitaria de la Revolución de Octubre. Se acercarán así a Trosky a finales de los años 30, para estrechar los lazos con el anarquismo después de la II Guerra Mundial, como lo ejemplifica la colaboración surrealista, entre 1951 y 1952, en el periódico Le Libertaire de la Federación Anarquista.

(3) Lurdes Martínez Santiago: Panorámica -con profundidad de campo- del surrealismo hoy (folleto de Ediciones Piratillas, C.A.U., Alicante, 1998).

(4) «Los días en rojo. Por un proyecto político de vida poética». 

(5) Catálogo Exposición surrealista (Estudio Ancora, Madrid, 1992)

(6) José Manuel Rojo, «Notas sobre ecología y surrealismo», Salamandra nº 5, Madrid, 1992.

 

Un surrealista presentando su periódico El Rapto en la Mostra del Llibre Anarquista de Valencia
 
Y aquí, una interesante entrevista con Industrias Mikuerpo

10/23/2010

Arist@cratas

¿Cómo hemos podido quedarnos tan solos amasando la razón común? ¿Qué hemos hecho con nuestra vida, loca?

El tiempo es la entropía de la elección. Cada vez que eliges te haces más pequeño: vas eliminando puertas, hay menos salidas... Es arrogante y comprometido elegir sólo aquello que te gusta, lo que te causa placer y alegría. Es necesaria cierta disciplina, pero no para abrir tu propio camino, sino para no perder el hilo que te llevará al lugar común. Por supuesto, se valora la iniciativa, el talante aventurero, la exploración: es una lotería capitalista donde casi todos se pierden, pero nunca la banca. Puedes fundar una empresa anarquista. Puedes jugar con el escándalo que tu mera presencia provoca. Puedes cagarte en todo y puede irte muy bien si cagas flores.

Tu sólo querías ser feliz, y aunque estabas loca nos arrastrabas de manera irresistible en dirección a la Idea. Lo tenías claro y eso nos subyugaba, aunque a veces también nos resentíamos, como ellos, y no te soportábamos. No estoy reprochando, de hecho te sigo queriendo, pero hemos ido demasiado lejos y el último tren ha partido.

Ya no tan jóvenes, ni tan bellos, ni tan orgullosos, siguen lloviendo piedras como en aquellos días duros del principio, cuando hasta los heavies iban a por nosotros. Y mira, otra vez el silencio. Y aunque mi paciencia es mayor, no me siento más sabio. Y aunque quiero vivir contigo esta vida ya no espero nada de todo ello. No estoy tan loco como tu.

10/02/2010

Las huelgas mineras asturianas

Texto escrito por Guy Debord y enviado en una carta a Toru Tagaki, fechado el 28 de octubre de 1963 e inédito en vida de su autor.

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El verano de 1963 estuvo marcado en España por una segunda oleada de luchas obreras contra el régimen de Franco. La primera reaparición amenazante del proletariado español, veintitrés años después del primer fracaso de su revolución, que siguieron a la guerra civil contra el fascismo local e internacional, había sido la primera oleada de huelgas en la primavera de 1962. A pesar de que las huelgas eran ilegales tras la victoria de Franco, estas movilizaciones generalmente victoriosas se extendieron por casi toda España. Empezaron en las minas de carbón de Asturias. Entre la última semana de julio y finales de septiembre de 1963, los mineros asturianos organizaron una huelga de sesenta días que reunió entre 40.000 y 50.000 trabajadores. Desde el éxito de 1962 no había cesado la agitación en las minas asturianas. Los conflictos sobre condiciones de trabajo y las huelgas selectivas habían proseguido constantemente. Esta vez, una huelga espontánea en una mina de carbón se extendió, con espíritu solidario, por todas partes en las regiones mineras de Asturias. Los metalúrgicos de Mieres se unieron momentáneamente, pero sus demandas fueron satisfechas rápidamente. Hacia el final del movimiento estallaron varias huelgas entre los mineros del sur de España (Río Tinto y Puertollano), y otros trabajadores se unieron a la agitación en la principal región productora (Jaén). Sin embargo, en ese momento el movimiento asturiano perdió ímpetu y la huelga no se extendió a Cataluña (Barcelona es el otro gran centro de industrialización y movimiento obrero en España), el País Vasco o Madrid.

Las revindicaciones de los mineros, económicamente más bien pequeñas, concernían a los trabajadores asalariados debido a que el aumento del coste de la vida en el curso de los últimos 16 meses había absorbido los incrementos ganados en 1962; pero no se limitaban únicamente a este aspecto. Tenían que ver también con las condiciones laborales y las vacaciones. Los metalúrgicos de Mieres habían conseguido un mes de vacaciones pagadas por año; los mineros añadieron inmediatamente esta demanda a las suyas. No obstante, la principal reivindicación de los mineros se refería al derecho a ser representados directamente por sus propios delegados, rechazando la estructura sindical "vertical" de Franco, en la que trabajadores y empresarios estaban obligatoriamente organizados juntos. Así que fue una huelga directamente política, una contestación de una de las bases del régimen que la burguesía española había abandonado en 1936-39. Fue una lucha abierta por la dignidad, y de esta manera una demostración de fuerza hacia el régimen, detestado por todos los trabajadores españoles.

Las formas de lucha de los mineros asturianos muestran su voluntad de independencia. Cada sector de la mina elegía su propio delegado mediante reuniones clandestinas, y estos lideraban la movilización. Al no reconocer al sindicato, para presentar sus reivindicaciones directamente los huelguistas enviaron al gobierno de Madrid a un grupo de mineros afectados de silicosis. Estos repetían que no tenían otros representantes que ellos mismos.

La solidaridad de los trabajadores de la región se ha manifiestado constantemente. Como en 1962, aquellos que no participan en la huelga reciben el insulto de los "granos de trigo" arrojados en las puertas de sus casas (comida para pollos, símbolo de cobardía). El pescador de Bilbao ha trabajado fuera de su turno normal para poder suministrar pescado a los mineros. Aquellos mineros que todavía poseen pequeñas parcelas cultivadas las han trabajado con otros camaradas y han compartido su producto. Pequeños comerciantes de la región han apoyado la huelga distribuyendo individualmente comida a los trabajadores en sus barrios. Los mineros asturianos dicen que el dinero colectado para ellos en el extranjero en 1962 nunca se distribuyó: quedó en manos de los burócratas de Praga (estalinistas) y de Toulouse (socialistas en el exilio) para financiar su propaganda. Reclaman que el dinero se reparta directamente a las familias de los huelguistas.

El papel de las viejas organizaciones políticas del proletariado español, todas ellas seriamente desacreditadas por sus errores durante la revolución y la guerra civil, es actualmente muy limitado, mientras que las demás -anarquistas, estalinistas, socialistas, P.O.U.M.- poseen todavía redes clandestinas. La más activa con respecto al movimiento asturiano parece haber sido la alianza de sindicatos, constituida por militantes anarquistas y socialistas, pero también muchos jóvenes trabajadores que no se adhieren a ideologías concretas, por un lado, y el Frente de Liberación Popular, que es una organización reciente al estilo de Castro que obtuvo sus reclutamientos iniciales entre intelectuales y estudiantes, por otro. El Partido Comunista es particularmente despreciado por el proletariado por su política de incluir a todas las clases españolas -incluida la burguesía monárquica-, así como de obtener pacífica y "democráticamente" el reemplazo de la dictadura franquista. De esta forma, el Partido Comunista tiende a garantizar al capitalismo que los cambios políticos esenciales no corren el riesgo de hacerse revolucionarios. Esta directiva política es muy difundida en España por Radio Praga.

En 1962 el gobierno de Franco, amenazado por el alcance de las movilizaciones, trató de ocultar su existencia mientras pudo. Finalmente tuvo que admitir la existencia de huelgas ilegales y subir los sueldos. Cuando acabó la huelga, la represión se limitó a la deportación de una pequeña cantidad de trabajadores militantes. En esta ocasión la existencia de la huelga ha sido inmediatamente reconocida por el gobierno, pero se ha justificado técnicamente por la crisis global en las minas de carbón debida a las nuevas fuentes de energía -una crisis que se da realmente en toda Europa-, atestiguada por las recientes huelgas de los mineros franceses y belgas en Borinage y particularmente en España, donde los niveles de extracción no son rentables, especialmente desde la perspectiva de la integración económica europea. Al principio, las autoridades respondieron con una serie de lock-outs; luego propusieron un debate sobre el futuro global de las minas con el sindicato. Los mineros rechazaron ese debate. Con cada reapertura oficial de las minas -hubo varios intentos ilegales y ridículos de hacerlo, y eventualmente se intentó cada lunes- los empresarios eran obligados a reconocer que no había suficientes mineros presentes para organizar los equipos de trabajo y declaraban un nuevo lock-out. Mientras el gobierno dejaba que la huelga se hundiese debido al agotamiento de los recursos financieros de los trabajadores, ejercía todo su poder para tratar de impedir una extensión de la misma que podía derrocarlo. Las armas del gobierno no fueron sólo concesiones económicas (como en Mieres), sino también una represión policial extremadamente violenta. Algunos mineros fueron arrestados y encarcelados; muchos de ellos fueron también torturados.

Como complemento de la represión, que se ha ocultado cuanto ha sido posible, pero que ha provocado ya las protestas públicas de unos cuantos intelectuales españoles, el gobierno de Franco ha organizado un juicio espectacular de la amenaza anarquista. Cinco militantes anarquistas fueron arrestados después -e incluso antes- de que estallasen varios pequeños artefactos, supuestamente como protesta contra el turismo bajo la dictadura (el influjo de los turistas del resto de Europa se incrementa cada año y constituye una contribución esencial a la economía franquista). Dos anarquistas españoles han sido pasados por el garrote (un castigo deliberadamente medieval). Tres jóvenes franceses han sido condenados a 15 y 30 años de prisión.

El alcance de la lucha asturiana y la represión que todavía sigue en marcha tendrán ciertamente un gran peso sobre las consecuencias de la crisis del franquismo. Los mineros asturianos ocupan un lugar inolvidable en la historia de la España moderna. En 1934 armaron la insurrección que siguió sus pasos para tomar el poder en toda la región; sólo una semana después de las operaciones militares, dirigidas principalmente por el ejército colonial español, la Comuna asturiana fue derrotada. Para ambas partes, esta confrontación armada fue el preludio de la guerra civil general, en el curso de la cual la generación precedente de estos mismos mineros asturianos se convertirían en los famosos dinamiteros de las batallas de Madrid y Guadalajara.

De esta manera, los mineros asturianos de hoy son el centro de las contradicciones de la España moderna. Sus demandas actuales son simultáneamente aceptables e inaceptables. En principio estas demandas (el derecho a la huelga y a la presión sindical para incrementar regularmente los salarios) son aceptables para el capitalismo moderno, pero en el período en el que nos encontramos, la modernización del capitalismo español (emprendida con ayuda del capital americano) ha avanzado lo suficiente para que se pueda pensar que la base social de la clase dominante se ha modificado profundamente desde 1936. El predominio ha pasado de los latifundistas a los capitalistas industriales. Estos capitalistas, que intentan construir una industria orientada en base al papel competitivo en el Mercado Común Europeo, no ha encontrado en la superestructura del régimen de Franco un poder adaptado a su actividad o sus máximos beneficios. Las declaraciones de la facción moderna del clero español en favor de los huelguistas de 1962 expresan los intereses de esta modernización capitalista; la concesión de un mes de vacaciones es igualmente característica de esto. No obstante, es muy difícil reemplazar suavemente el poder del régimen de Franco, que es primariamente el ejercicio del poder político por la casta militar, es decir, por las fuerzas represivas que destruyeron la revolución proletaria. El gobierno de Franco no puede volverse "democrático" por sí mismo, y dado que este régimen sigue siendo el modo de gobernar en España, las reivindicaciones de los mineros seguirán siendo inaceptables. Cualquier libertad de la clase trabajadora es inaceptable para un poder cuya función no es otra que la supresión de esa libertad.

El reemplazo del poder franquista es puesto así en peligro precisamente por la presión de la clase trabajadora, a la que el régimen empuja actualmente a medidas radicales. Los trabajadores son la principal fuerza que puede barrer el régimen franquista, pero no lo harán con la esperanza de establecer un capitalismo más moderno y una democracia formal, como en Francia o Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. En España, la memoria mantiene un gran poder político. La evolución política hasta el presente ha sido en efecto obstaculizada, puesta en hibernación desde la victoria de Franco. Y de esta manera, la evolución económica ha llevado a España una vez más, en condiciones especiales, a un rendez-vous con el capitalismo global y sus problemas.

El actual ascenso del proletariado español todavía no ha apuntado a producir una organización revolucionaria adaptada a sus nuevas posibilidades, y esta carencia ha minado naturalmente la extensión del movimiento por toda España, una extensión que bastaría para destruir el régimen franquista y, junto con él, todo el orden social que no podría superar el nivel de este régimen. Pero al mismo tiempo, el hecho de que la clase trabajadora española no sea liderada por un partido reformista o estalinista agrava la posición de los intereses capitalistas modernos, reduce su margen de maniobra y termina en una contradicción extrema. En su permanente incapacidad para organizar un poder adaptado a sus fines, la clase dominante española pronuncia contra sí misma un juicio que sólo el proletariado puede ejecutar.