12/17/2010

Encanto, hechizo, truco

Sobre el destino de la Magia en la época tecnológica

A Jonás, para que siga creyendo en la magia

Cuando ponemos en relación conceptos como Magia y Tecnología percibimos de inmediato una suerte de choque o polarización violenta. En el mejor de los casos, tras reconocer un ámbito común de aplicación en nuestra capacidad operativa sobre los fenómenos, situamos una y otra en los extremos inconciliables de una misma línea continua. Cuando carecemos de una explicación satisfactoria acerca de un determinado fenómeno, bien porque nuestro nivel de conocimientos no abarca todavía sus dinámicas o porque contradice abiertamente nuestra percepción del mundo, lo relegamos al ámbito del pensamiento mágico, con la esperanza de que, con la expansión y acumulación del saber, acabará encontrando algún día su lugar en la región siempre creciente del conocimiento científico. Si el interrogante persiste, si se resiste a obedecer ninguna ley conocida que nos permita domesticarlo, simplemente se expulsa fuera del paradigma, se le desprestigia, se tacha a quienes lo sostienen de místicos u oscurantistas. Del mismo modo, quienes se niegan a rendirse al poder tecnológico triunfante refugiándose en la radicalidad del misterio, en la imposibilidad de fundamentación, en la inaccesibilidad del ‘noumeno’ o simple y llanamente en la ceguera de la fe, éstos rechazan de forma reactiva cualquier intento de la tecnología de profanar con sus focos y sus ruidosas herramientas el dulce sueño de la noche de los tiempos. Los ánimos pueden llegar a encresparse.

Lo común es que este choque se resuelva hoy sobre el terreno de lo tecnológico, puesto que éste es el paradigma ideológico que se impone. La tecnología ha dejado de ser ese conjunto de herramientas y aplicaciones de que el hombre se sirve en su praxis vital y ha acabado por generar un entorno artificial fuera del cual resulta difícil imaginarse su supervivencia, asociada a múltiples ortopedias. Por otro lado, la tecnología ha impuesto un modo único de concebir y enfrentarse al mundo caracterizado por la instrumentalización y el control, constituyéndose en la medida de todas las cosas. Por consiguiente, no resulta extraño que en muchas ocasiones se conciba a la magia, ya que no como un territorio maldito dejado en manos de los locos o los románticos, como una suerte de tecnología del asombro, es decir, como un conjunto de técnicas, también, capaces de producir en un espectador que las desconoce ese ‘rapto’, esa perturbación del ánimo unida a la suspensión de los criterios que rigen nuestra percepción, propia de los fenómenos a los que tradicionalmente se reconocía la condición de ‘mágicos’.

La asimilación del término 'tecnología' a las diferentes 'técnicas' en su uso cotidiano, la adopción generalizada e indiscutida de un "modo técnico" de encarar el mundo, en base al cual priman los medios inmediatos sobre los fines últimos y la dominación de sus objetos sobre su asimilación comprensiva, ciegan la percepción de la tecnología como una ideología que ha asumido las mismas funciones que antiguamente ejerciera el pensamiento mágico o religioso. El problema no surge cuando reunimos las diferentes técnicas en un solo concepto para hablar de ellas en sentido genérico, sino cuando este sentido genérico se convierte en una entidad autónoma y empieza a actuar por su cuenta, como un Todo completamente distinto a la suma de sus partes. Entonces, ya no es que tal o cual técnica venga a resolver tal o cual problema, como podría ser la lucha contra el cáncer o la velocidad de mi navegador, sino que es la tecnología la que nos saca de dicho atolladero. Y cuando lo hace, se atribuye a sí misma la capacidad de hacer milagros, de realizar utopías, de ‘salvarnos’.

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El prestigio creciente que ha asumido lo tecnológico en la configuración del mundo ha reducido considerablemente la presencia o la percepción de elementos mágicos o maravillosos, dado que si la tecnología nos refiere inmediatamente a cosas, instrumentos concretos y procesos que todos experimentamos a cada instante con la mayor naturalidad, la magia nos proyecta sobre hechos misteriosos, objetos inciertos, experiencias irrepetibles, lo que las hace esencialmente discutibles. La técnica es comprobadamente precisa; la magia es nebulosa por definición. Damos el título de ‘mágica’ a cualquier ruptura del orden natural de las cosas según es conocido en un momento determinado, ya medie en ella la intervención de poderes o seres sobrenaturales o simplemente la operatividad de un mago, y se haga o no con algún objeto. Cuando un procedimiento mágico alcanza de forma invariable un propósito establecido previamente pasa a formar parte, como técnica, del corpus de la tecnología, aún cuando no pueda darse la fundamentación última de por qué sucede así.

Lo que a simple vista llama la atención de esta concepción de lo mágico es su relación dialéctica con el ámbito de la tecnología. Ésta integra cuanto la magia deja escapar de su alcance. Lejos de repudiarse, ambas esferas se complementan mutuamente, pues todo aquello que permanece desconocido y inexplicado por la ciencia es reconocido como ‘magia’, y el campo de ésta adelgaza, por decirlo así, a medida que la tecnología le va ganando terreno. Un fenómeno resulta ser mágico o tecnológico según la aprehensión que puedo hacer de él. Habrá hechos que mi idiosincrasia me hará interpretar como mágicos mientras que cualquier otro forzará una explicación científica de los mismos, por improbable que pueda parecer.

Lo cierto es que habitamos de forma natural un contexto tecnológico con una mentalidad que podría calificarse de mágica, si no hubiésemos expulsado de ella toda capacidad para el asombro y la extrañeza. En realidad no “utilizamos técnicas”, sino que efectuamos rituales de efecto seguro (excepto cuando se cruza algún cable): el botón es el abracadabra, la fórmula mágica que permite la acción a distancia, la aparición, el más allá. Los números de teléfono son cabalismos secretos que hay que conocer y combinar para contactar con la persona adecuada. Existe un no-lugar donde puedo desarrollar una vida paralela, sin los defectos y limitaciones que me impone mi cuerpo. Pero pocos de nosotros podríamos dar una explicación satisfactoria y comprensible para cualquiera de qué es lo que realmente sucede. De ahí que, cuando nuestros “objetos mágicos” se averían, nos sintamos tan expuestos y consultemos al técnico con la misma disposición que al chamán. Ninguna alegoría resulta tan ilustradora al respecto como aquella "bola de cristal" ante la cual nos sentábamos en nuestra infancia, que no era sino la pantalla mediática que "todo lo controla", pero que podía ser asaltada en cualquier momento por la bruja Avería.

Todo esto resulta posible porque, en última instancia, hemos desarrollado una “fe ciega” en la tecnología. Y es desde esta confianza en algo que nos resulta tan familiar, pero que desconocemos en última instancia, desde donde exhortamos a la magia a que revele sus cartas, a que esfume el hálito de misterio y entre, con más o menos trucaje, en el suelo firme y tranquilizador de lo tecnológico. Vivimos una época que ha relegado la experiencia mágica al terreno de la ficción, cuando no de la pura y llana prestidigitación. La magia, concebida como insuficiencia de lo tecnológico, terminará por desaparecer cuando la tecnología acierte a cerrar el círculo de conocimiento y acción. En realidad ya ha desaparecido, toda vez que se le reconoce una existencia vicaria destinada a no sobrevivir, y toda vez que en el fondo, aunque no acertemos a designarlo, sabemos que siempre “hay truco”. En la época tecnológica nadie resulta tan ingenuo de conceder todavía una existencia positiva a la magia, por más que sobre su comportamiento sigan rigiendo patrones mágicos incuestionados. Y esta tendencia a obedecer patrones mágicos de forma automática no decrece, sino que se amplía a medida que la tecnología se hace más pregnante.

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Debió haber algún momento en que toda situación humana se producía en un medio que podríamos calificar como 'mágico'. La mirada del niño, el modo en que éste experimenta y se explica el mundo, actualiza esta misma estructura. Al no disponer todavía de criterios firmes y regulares sobre los que asentar los contenidos de su experiencia, todo se presenta ante la conciencia del niño como maravilla, escapando constantemente al nexo causal y a sus frágiles esquemas. Y la explicación de todo debe siempre buscarse en 'otro' mundo, ya que ni siquiera hay uno que le sirva de contorno. Llamaré encanto a esta experiencia inocente a la que todo le habla, y lo hace en un lenguaje que precisa ser construído sobre el terreno, por más que seamos conscientes de que no todas sus manifestaciones resultan ser encantadoras. Pueden ser terribles, como corresponde a una conciencia desnuda expuesta a tantos peligros y contradicciones sin el apoyo de un cifrado previo. Lo característico de este tipo de experiencia, incluso en sus expresiones más diabólicas, es que es fundacional y reveladora: fundacional por que funda el encuentro de la conciencia con sus objetos, y reveladora por cuanto suele ilustrar el significado de este encuentro, atendiendo a la construcción de un sentido que sigue siendo provisional todavía, pero perentorio. Por otra parte, no existe en el encanto, tal y como aquí lo estamos representando, un agente manipulador de los fenómenos o de la conciencia que los experimenta. No existe el mago, ni el chamán. Todavía no existe tampoco el sacerdote. Todo sucede como si el azar fuese cobrando forma por sí mismo y conformando al mismo tiempo la conciencia de quien lo sufre de forma irrevocable.

Cuando 'este mundo' empieza a perfilarse, a definir sus límites, a desvelar un rostro desencantado sometido a normas y resistencias, surge en el sujeto de la experiencia la necesidad o el sueño de romper su lógica, de trascender, de producir milagros y maravillas en un sentido que le permita operar sobre él y dominarlo. En el fondo de este tipo de conciencia subyace la idea de que quien ha sido capaz de crear el mundo a partir de su experiencia será también capaz de recrearlo a su antojo. La magia, esa apertura inocente al mundo y sus fenómenos, se tiñe de intención. Se tiñe de blanco, en la práctica de los chamanes y de los curanderos, en los ritos de fertilidad y de exorcismo; se tiñe de negro, en manos de brujos y emperadores, en los rituales vudú o en las misas satánicas. Aparece aquí la figura del mediador, de alguien que conoce las “ciencias ocultas” o mantiene una relación privilegiada con los seres de otro mundo, ya sean dioses o propiedades magnéticas. Llamaré hechizo a esta forma desencantada de experiencia mágica para distinguirla de la anterior, aunque la palabra hechizo se utiliza a menudo como sinónimo de ‘encantamiento’. También suele atribuirse este vocablo a cierto estado de posesión amorosa que podría tener cabida dentro de este encuadre. El hechizo, ya se apoye en poderes diabólicos, magnéticos o sexuales, se diferencia radicalmente del encanto por cuanto supone un conocimiento previo que permanece oculto a la mayoría, y por cuanto busca producir un efecto favorable a los intereses de alguien. Su fin es la dominación, ya sea de la mayoría ignorante por parte de la minoría iniciada, ya sea de la naturaleza que no se pliega a mis deseos.

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Existe cierta continuidad entre el anhelo de poder de esta mentalidad mágica desencantada, empeñada en forzar el decurso natural de las cosas y las personas, y el milagro realizado de la tecnología, hasta el punto de que cabría decir que ésta ha absorbido toda nuestra capacidad de asombro y de creencia. El “hilo rojo” de dicha continuidad se manifiesta ya en la Europa Moderna con la teoría y la práctica de los magos naturalistas del Renacimiento: Paracelso, Agrippa, Ramon Llull o el propio Roger Bacon, a quien se reconoce la paternidad del método científico. Aun cuando estos magos cifraban todavía su capacidad para intervenir en los acontecimientos, dominándolos, en el conocimiento y obediencia de la leyes de la naturaleza, reclamaban ya para su actividad el estatus científico, toda vez que, como señalaba Della Porta en su escrito canónico Magia Naturalis (1558), no necesitaban recurrir a la acción de seres o potencias sobrenaturales para producir resultados que, para una conciencia moderna todavía en ciernes, podían pasar aún por maravillosos.

Con todo, no renunciaban al aura mistérica del mago, portador de conocimientos no accesibles a todos y de poderes especiales “sobre las energías y facultades de la naturaleza”, imagen que contaba con una amplia tradición en la línea del neoplatonismo y que se remonta hasta los presocráticos, cuando todavía no se ha producido la división entre esferas del conocimiento y el filósofo debía ser a la vez matemático, físico, moralista y transmisor del principio fundamentador de las cosas. Tal es el caso de Empédocles, más conocido en su época como taumaturgo que como filósofo natural, o de Pitágoras, quien además de realizar aportaciones definitivas a las matemáticas desarrolló toda una doctrina mística sobre los números de la que se convirtió en su principal profeta y sacerdote. Mil años después el propio Newton, que estableció las bases de la mecánica moderna y se atribuyó el descubrimiento de la ley de la gravedad, realizó profundas y convencidas investigaciones en campos tan dudosos como la trasmutación alquímica de los elementos y la búsqueda del elixir de la vida, y dio en un primer momento una explicación animista de su famoso principio gravitatorio no muy distinta de la del referido Empédocles, quien habló del amor y el odio entre los cuerpos celestes como motor fundamental del movimiento y responsable de la consistencia del mundo material.

Cierto que, en general, nos estamos refiriendo a una época en que los condicionantes religiosos para el conocimiento eran todavía muy fuertes. Si la ciencia se desarrollaba, lo hacía dentro de una imagen del mundo fuertemente marcada por creencias de este orden, y la tentación de hacerlo al margen de ellas era fuertemente reprimida, como supieron bien Galileo o Bruno. Cierto, también, que la ciencia moderna no ha desarrollado todavía en torno a sí una tecnología. Aunque existen las técnicas, todavía no se ha conformado una ideología tecnológica, que no queda establecida como marco absoluto de referencia hasta bien entrado el siglo XX, una vez completado el proceso de secularización ilustrado. Es cuando la ciencia despliega todo su poder durante los enfrentamientos bélicos que jalonan el pasado siglo cuando la tecnología se hace reconocer como ideología de nuestro tiempo. Pero la ciencia como idea y su método se abren paso en Europa, en un primer momento, con el puro propósito de conocer (no de dominar el mundo) y las técnicas, en cuanto aplicación del método científico, se desenvuelven dentro de los límites piadosos de la obediencia las leyes de la naturaleza, y a ser posible sin chocar de frente con el mundo sobrenatural. Pero en esta visión naturalista de la magia, y en la referencia a los poderes ocultos que invisten al iniciado, existe ya el germen de una ciencia vertida por completo hacia su dimensión práctica, empeñada en dominar interesadamente el curso de las cosas y las personas.

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La tecnología se ha vuelto capaz de producir efectos con los que no soñaban nuestros antepasados más crédulos, aquellos que leían a Julio Verne y cifraban en el proyecto de Ilustración, extendido a todos los campos, la esperanza de una mayoría de edad y de una liberación para el género humano. Liberación del miedo y la superstición, de la dominación del hombre por el hombre, de las enfermedades de la carne y de la inmensidad sobrecogedora del mundo. Es discutible que la tecnología, como marco de referencia en el que vivimos, haya aportado grandes avances en todos estos campos. Como los caducos dioses, no sólo se ha convertido en el vehículo de toda esperanza: también ha sabido infundir miedo y respeto con su capacidad definitiva de destrucción. Ha sabido convivir y adaptarse al modo de pensamiento mágico basado en el hechizo: uno puede hallar en internet aplicaciones para consultar el I-Ching o los signos rúnicos, y crecen por doquier las utopías apocalípticas, cargadas ahora de una estética de ciencia-ficción. Lejos de democratizarse, la tecnología no ha dejado de desarrollar innovaciones que multiplican sus capacidades de un año para otro, distribuyéndose desigualmente entre las poblaciones en función de intereses muy marcados. Y a medida que somos liberados de las antiguas infecciones, emergen nuevas alergias, inmunodeficiencias, enfermedades misteriosas en las que muchos cifran el tránsito evolutivo que está por suceder. Los científicos más avanzados, obligados a enfrentarse a los límites de su campo específico de conocimiento, reconocen problemas irresolubles de fundamentación que les obligan a ceñirse a una especie de behaviorismo tecnológico: somos capaces de formular cómo funcionan las cosas, pero no de decir lo que son, ni por qué funcionan así. A medida que crece el radio de nuestro conocimiento se engrandece el círculo de nuestra ignorancia.

Pese a ello, seguimos esperando todo de la Tecnología, de la Trinidad Sagrada conformada según los sabios por la Biotecnología, la Nanotecnología y la Infotecnología, que abanderan el futuro cambio de paradigma. Soñamos ser inmortales gracias a la tecnología, y hay quien dice que esto empezará a ser posible cuando todos podamos guardar en nuestro congelador un tarrito de células madre. Pero ¿de qué me sirve remediar mi desgaste celular si cualquiera puede acabar conmigo con el último ignenio desintegrador de moléculas para robarme la cartera? ¿O cuando puedo perecer joven y sin culpa en una incursión bélica o un atentado terrorista llevado a cabo gracias a las últimas tecnologías?

La tecnología, como ideología que afirma que no habrá problema que no encuentre su solución técnica (ni, implícitamente, ningún horror imaginable sin una expresión factible), se ha hecho depositaria de la Buena Nueva y del Juicio Final. Pero no sin que para ello haya sufrido nuestra experiencia un cierto desecamiento de la ilusión, relegada ritualmente al ámbito escénico como ilusionismo, ya que comprendemos que, en el fondo, todo obedece a un sencillo truco. Somos capaces de contemplar sin conmovernos los espectáculos más asombrosos; nos confiamos sin reserva, con sonrisas impostadas, a los Poderes Supremos; la belleza asalta en cascada nuestros sentidos hasta perder su sentido; el horror, que no nos mata, nos alimenta (no sentimos ya aquel escalofrío). Y hemos obviado a la esperanza porque suponemos, de antemano, el futuro. Hemos aprendido a decepcionarnos antes que a ilusionarnos. La maravilla cruza ante nuestros ojos a toda velocidad, sin dejar posos ni estela. Cuando todo resulta factible, cuando basta soñar algo para que el mercado lo ponga ante tus ojos en tres dimensiones, resulta difícil detenerse en el encanto del descubrimiento.

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La magia no existe, pero la tecnología promete mucho más. Pero hay algo que queda por el camino en ese tránsito del encantamiento al hechizo y de éste al truco, algo que tenemos que rebuscar en la mirada del niño o, si somos aún capaces, en aquella experiencia originaria que daba forma a nuestro mundo con sus tabús y sus mitos. Es algo que todavía nos asalta, como si no reconociese su exilio, cuando lo hace también la incertidumbre o cuando por cualquier motivo se nos rompen los esquemas. Esfinges del camino que, pese a tantas y tan concretas respuestas, nos descubren desnudos, improvisados, locos. La modernidad ha disparado la fragmentación del conocimiento, los cambios de paradigma, la renuncia a la metafísica, y todo su desciframiento nos abandona a un abismo de sentido, a una desmotivación total. Nuestra experiencia del mundo pudiera estar atravesando por un proceso que Walter Benjamin analizó a propósito de la incidencia de la reproductibilidad técnica en la recepción de las obras de arte, una suerte de desauratización de consecuencias ambiguas. Hablaríamos, entonces, de una desauratización del mundo en base a la experiencia tecnológica que tenemos de él.

Benjamin define el aura, a propósito de la contemplación de las obras de arte, como “manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda hallarse”. Su caída, relacionada con la aparición de técnicas de reproducción de imágenes cada vez más sofisticadas, venía a suponer la pérdida del valor cultural de la obra de arte, de su profundidad y de su engarce con la tradición (es decir, gran parte de su sentido) en favor de su mero valor exhibitivo. Benjamin se esforzaba por enumerar los aspectos positivos del proceso, dado su carácter inevitable: la autonomía de la obra respecto de su contexto de producción, la accesibilidad de las masas y su consiguiente democratización, la constatación de una nueva dimensión social para el arte que se sobreponía a su antigua dimensión religiosa y autoritaria… Pero, en última instancia, toda la obra de Benjamin constituye una llamada de atención acerca de la necesidad de reencantar la experiencia, sea a través de estrategias alegóricas que llenen el vacío dejado por el símbolo, sea a través de un tipo de iluminación profana que no aspira ya a la revelación de la totalidad, sino que se ajusta a la naturaleza fragmentaria y dislocada de nuestra percepción moderna.

Lo que una desauratización tal comportaría en relación con nuestra experiencia del mundo sería algo mucho más grave. En el supuesto de que pudiese llevarse a cabo completamente supondría la pérdida de profundidad de toda experiencia, arrastraría consigo las fuerzas de la imaginación e implicaría la renuncia a toda construcción posible de un sentido que no viniese dado exteriormente. La restauración del encanto de nuestra experiencia del mundo se convierte en una labor tanto más urgente cuanto más improbable parece. Improbable porque no puede pasar por encima de un modo de vida tecnológico que ha impuesto su norma como condición de vida, ni puede recaer en la forma desprestigiada del hechizo, cuyas manifestaciones degradadas se imponen hoy a la conciencia como publicidad, mercancía o nuevas tecnologías. En definitiva, no puede asumir ningún tipo de regresión, ni vivir en un estancamiento que la amenaza de forma definitiva.

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La crisis total, anunciada desde hace meses por las fuerzas vivas de la economía, desde hace años por ciertos visionarios con puntos de vista radicales, puede acabar manifestándose como una crisis más honda de conciencia que dispare un cambio cultural. Unos y otros saben, aplicando a ello su conocimiento científico o su intuición, que no se trata de una crisis del modelo, sino de una crisis de modelo. No es un proyectil desbocado ni un loco suelto: algo falla en los cimientos del edificio. Nuestra concepción del mundo, los fundamentos de nuestra experiencia, el valor y el sentido de las cosas habrán de ser revisados. Cuando ya nadie reniega del desarrollo tecnológico, que ha imprimido a nuestro mundo la velocidad que nos impide bajarnos de él, parece que todos los grandes problemas hunden sus raíces en ese mismo desarrollo: agotamiento de los recursos energéticos, calentamiento, dispersión de artefactos destructivos que convierten a los ejércitos en cínicos "misioneros de la paz"... Pero quizá se nos pasa por alto un problema de naturaleza más radical, un problema de fondo que permite que afloren los demás y produce la impotencia para afrontarlos: la pérdida de autenticidad de nuestra experiencia anegada en el flujo de simulacros, la eliminación perfecta de un "mundo real" sobre el que posar los pies, el desprestigio de lo maravilloso y el reinado suplantador de lo insólito, la atomización de la imaginación en miles de fantasías recurrentes, sin capacidad operativa, que resultarán muy útiles a la hora de clasificar las frustraciones, la ausencia de discursos integradores que doten de sentido nuestro bregar cotidiano. Ésta es la situación que hace de la rebelión en el plano sensible una cuestión radical, y ya no un añadido colorista sustentado por vanguardias periféricas, en el fondo satisfechas de su papel, porque están satisfechas de lo demás.

La reivindicación de la ampliación de la experiencia, de su apertura ingenua a lo maravilloso posible, ya no se alza contra el aburrimiento condicionado ni se regodea en su creatividad mesiánica: es cuestión de vida o muerte cambiar los modos de relación entre individuos, y de éstos con el mundo. El deseo ignorado se ha vuelto necesidad.

[Texto escrito en 2006 y editado por la revista Salamandra en su número 17-18 (2008). Una versión en inglés ha sido publicada por la revista norteamericana Hydrolith en 2010.]