7/07/2011

Resistencia vírica (3): La desorganización en red

Tercero de una serie de artículos dedicados a revisar y actualizar a la luz de nuevos acontecimientos los principios de resistencia vírica propuestos hace años a través del artículo Dinámica de virus (industrias mikuerpo, 1998).

* * *

Javier Bou

Uno de los rasgos que mejor perfilan en nuevo campo de juego del sentido es el desplazamiento cada vez más evidente desde formas de gestión basadas en principios de centralización, control y jerarquía hacia formas de producción colectiva donde priman la difusión, la espontaneidad y el caos generativo.

Suelen invocarse las figuras de la pirámide y la red para contrastar ambos modelos. En el piramidal la fuente de sentido (de poder) se establece en su vértice y fluye unidireccionalmente de arriba a abajo “por el conducto reglamentario”, es decir transmitiéndose desde las capas superiores hacia las inmediatamente inferiores hasta la base de la pirámide. Si enfocamos esta estructura desde la política reconocemos en la base inferior que soporta el resto del edificio a los súbditos, que deben seguir las normas fijadas por los dirigentes (desde el vértice) y gestionadas por las capas medias sin poder aportar nada más que su esfuerzo a la estabilidad de la construcción social y sin poder influir de ninguna manera sobre su propio destino en ella. Si la enfocamos con las lentes de la producción material, vemos ahí a los trabajadores soportando el peso de un sistema que apenas los considera como otros tantos productos intercambiables en el mercado de seres humanos. Y si nos ponemos las lentes de la estética vemos un auditorio segregado e inmenso de espectadores, de quienes hasta hace poco solo se esperaba que asintiesen y aplaudiesen más o menos. Ser trabajador, súbdito y espectador supone asumir tres condiciones muy desventajosas que, no obstante, suelen ir juntas, pues solo cambiamos las lentes: la pirámide es la misma en todos los casos.


Esto cambia un poco con la cultura de redes, ¿no es verdad, loca? Si nos atenemos a su expresión gráfica aquí ya no tenemos un vértice y una base, sino múltiples nodos que se entrecruzan formando una malla. Es irregular, no rige un patrón, se dan puntadas deslabazadas, pero al final se acaba conformando un tejido. ¿Cómo es esto? Aquí ya no hay un autor, un gobernante, un propietario que determine el resultado final. El poder se disuelve en múltiples generadores domésticos cuya eficacia conjunta es muy superior a la de una gran central. La producción saca partido de la delegación para hacerse más eficiente. Y el espectador entra en escena para convertirse en protagonista colectivo. O en antagonista. Parece que por su propia estructura, o bien por la dinámica que genera esta estructura, podríamos cambiarle rápidamente el rostro a la fea realidad de la pirámide.

En su momento ya criticamos este supuesto y nos empeñamos es seguir considerándolas como un campo de batalla mucho más complejo que había que conquistar. La red no se impone socialmente para forzar el proceso de emancipación humana, sino para aumentar la eficiencia de las empresas y organizaciones adaptadas al capitalismo tardío, que descubren en este nuevo modelo la forma de explotar ya no solo los cuerpos y los tiempos de un trabajador desmotivado (o de un consumidor aburrido), sino también su imaginación, su creatividad e iniciativa. Es lo que gurús de la gestión como McGregor llamaban modelo “Y” de empresa, basado en la delegación de responsabilidades y en la motivación a partir de “logros” y no de normas o sanciones, como alternativa al desgastado modelo “X” del capitalismo primitivo basado en el control. Este modelo de gestión aportaba una mayor eficiencia, sobre todo en empresas dedicadas a la producción “inmaterial”, y marcaba el tránsito hacia la fase postfordista del capitalismo, y por consiguiente hacia la invasión de todos los ámbitos y dimensiones del ser humano por parte de la economía. La metáfora de la red muestra así su lado oscuro: las redes enredan, apresan. Se trata, en definitiva, de saber quién las tiende, quién aporta la infraestructura y marca las tendencias, y quién saca partido de todo ello, puesto que desde el actual paradigma productivo el nuevo campo dista mucho de ser neutral.




Noelia Esteban

Ello afecta especialmente a la constitución de las “redes tecnológicas”, realización material del nuevo esquema organizativo. Marcadas en un primer momento por la inercia espectacular-mercantil, han llegado a imponer un nuevo formato en las relaciones de producción y en el ocio de las personas. Cuando se habla de “velar por la neutralidad y la libertad en la red” se habla de una conquista aún pendiente, y en el marco del actual cambio de paradigma esta lucha tiene un carácter radical, el mismo que tuvo en otro momento el cuestionamiento ideológico del lenguaje y del discurso. Es preciso desarrollar otras formulaciones, otros usos para la red. La verdad común no está fuera de nosotros, en manos de especialistas que trazan y construyen las autopistas del sentido. Es la proyección de nuestras frustraciones y de nuestros anhelos, que a veces transitan carreteras secundarias, callejones sin salida, sendas por abrir. En las redes, todo puede llevar a todas partes.

La clave es la apropiación, la de los medios para construir fines propios. Es apropiándonos del lenguaje en cuanto medio como pudimos expresar puntos de vista distintos y construir perspectivas innombradas, dejando así de ser palabra revelada para convertirse realmente en revelación de la experiencia. Y fue la incapacidad práctica para apropiarnos de los grandes medios técnicos de la era de la industrialización la que determinó su explotación exclusiva por parte de los mecanismos de dominación económica y política. Tal apropiación no es sólo una expropiación, sino un empoderamiento que supone una habituación a sus dinámicas y estructuras. En una primera fase, los nuevos medios tienden a recibir usos y aplicaciones que se desenvuelven en el marco de viejos modelos. Solo cuando esos medios entran a formar parte del paisaje cotidiano, cuando una generación ha crecido y se ha formado a través de ellos, empiezan a desarrollar su verdadero potencial y a conocer usos “apropiados”.

Esa generación ha llegado. Seguramente lo ha hecho perdiéndose muchas cosas en el proceso, pero dispone de toda la información para saber cómo hemos llegado hasta aquí, y en cualquier caso no va a quedarse. No existe ganancia sin pérdida, ni avance que no deje algo atrás, así que la red acaba por imponer nuevas servidumbres. A la horizontalidad hay que restar la dispersión, la confusión muchas veces promovida por desinformación táctica. A la inmediatez hay que oponer la desmemoria y la falta de perspectiva. Donde no hay desarrollo, no se distinguen fines, medios y principios. Con la porosidad de las redes hemos renunciado también a la privacidad, al muro aislante que protege nuestro ámbito personal del desorden exterior y de la mirada de los otros. Y su incitación constante a interactuar no nos permite hilar el argumento de nuestras vidas, sacándonos incluso de la pantalla (en este momento deseo acabar mi artículo, pero se me insta de manera tentadora a través de twitter a acudir a una calle cercana a detener una redada).

Cuesta asumir estos cambios disgregadores, especialmente cuando son impuestos por una realidad que amenaza constantemente con abandonarnos en la cuneta. Uno quisiera saber siempre a qué atenerse, tener un contrato de por vida, una fuente de ingresos ligada a un lugar físico. Si tengo que trabajar, quisiera al menos poder anular mi mente, dejar de pensar, no necesitar darme cuenta del embrollo en el que estoy metido. Quienes han vivido completo el arco de la transformación hacia la cultura de redes (no hace falta tener más de cuarenta años) han visto su cotidianidad radicalmente dislocada y pueden valorar su alcance. Pero solo esta generación que ha aflorado a la conciencia por mediación de ellas puede habitarlas en profundidad y soñar a partir de sus códigos.

La crítica social y cultural y la práctica política de viejo cuño han puesto su énfasis en denunciar los valores con los que arrasa el nuevo paradigma y en enjuiciar las redes en base a esta pérdida, sin percibir de forma suficiente que su función no es tanto valorar la realidad que se nos impone como aprender a desenvolvernos en ella, marcar sus grietas, señalar qué nuevas oportunidades ofrece para la práctica emancipatoria y cuáles son los supuestos actualizados que debe asumir esta práctica. En este sentido, la inteligencia colectiva se ha mostrado más potente y adaptable y ha empezado a presentar sus frutos envenenados, capaces de sorprender a los controladores tanto como a los especialistas. Las recientes movilizaciones (no solo en España, sino en el mundo entero) no podrían comprenderse sin esta nueva forma de organizar la cultura y las relaciones humanas en todos los ámbitos, y no solo en el productivo.
 

La sociedad ha evolucionado. Ahora es una una red distribuida que combina sus conexiones sociales con la tecnología compartiendo información como una conciencia global. En los tiempos muertos del trabajo, en los márgenes del consumo dirigido, dicha conciencia ha sabido también plasmar sus anhelos y esperanzas, ha descubierto motivos que despiertan un amplio consenso capaz de abrir cauces a una creatividad desbordada que el sistema no puede cooptar para sus fines. Las formas organizativas que las nuevas movilizaciones han adoptado (asambleas populares sin líderes ni representantes), así como sus formas de lucha (intervención no violenta en el plano simbólico, que ha dejado de ser un reflejo de la infraestructura económica para convertirse en su fundamento y su raíz), ya no son la expresión marginal de una ideología utópica destinada a disolverse ante la fuerza de los hechos, sino el resultado natural y espontáneo de las nuevas formas de interacción a través de la estructura de redes. 

Los grandes medios han perdido el monopolio de la realidad. Cada vez que intentan engañarnos, se ponen en evidencia y aumentan su desprestigio ante miles de pequeños canales alternativos y nodos personales que rebotan sentires, opiniones y descubrimientos que son de todos y de cada uno. Partidos, sindicatos, grandes estructuras organizativas han perdido su sentido y se revelan como herramientas de épocas pasadas, rémoras para un ejercicio político más económico y más dinámico. La representación plena no precisa representantes. No queremos votar partidos, queremos votar las leyes, y eso es hoy posible gracias a la tecnología. 

Ha aparecido un "nuevo sujeto político" que se expresa al margen de ideologías y de consignas establecidas, que no está ligado a una actividad ni interés concreto, que comprende su identidad como un proceso inseparable de cuanto sucede y de cuanto se comenta sobre ello, y que sobre todo se ha hecho consciente del poder difuso de la multitud inteligente y ha aprendido a articularse a través de la red. Estamos en medio de la auténtica revolución cultural.

* * *






Las imágenes han sido recolectados en las páginas de BOEK Visual de su convocatoria 15M. Indignados y corresponden a Javier Bou, Noelia Esteban, y Jaime López Molina.

No hay comentarios: