10/26/2011

Ser eterno, durar un instante

Escrito para el catálogo del proyecto Ser y durar del colectivo Democracia, consistente en una deriva de traceurs (parkour) por el cementerio civil de Madrid.

Elvis Pérez


Percibimos el espacio urbano en los términos de su función, y cada función del espacio establece límites (disfuncionales): función de tráfico rodado en las pistas (atravesar a pie solo a través de determinados puntos y momentos); función de tránsito peatonal en los márgenes (no correr); función de tránsito despreocupado en los parques (no sobresaltar a los ancianos ni atropellar a los niños, funciones reservadas a las pistas centrales). Puntos de apoyo para el descanso; paneles publicitarios; redes de canalización; rotondas para girar (puede hacerse constantemente sin contravenir ninguna norma); auditorios al aire libre; vallas para no ser sobrepasadas. Espacios para el trabajo y para el ocio, espacios de reclusión y de enfermedad, espacios para los vivos y para los muertos...

En los entornos rurales la función del espacio está mucho menos marcada, aunque existen también superficies valladas, caminos, áreas para el cultivo y el pasto. La función de los espacios es un signo de socialización. El carácter de esa función identifica el tipo de socialización vigente. Los cada vez más escasos entornos salvajes se caracterizan por la falta de función de los elementos que ocupan el espacio. Los individuos que los habitan se habitúan a lo que está ahí por su propia presencia, sin ninguna determinación externa. Este río no fue trazado como punto de restauración, aunque los individuos puedan llegar a comprenderlo. El bosque no pretende facilitar mi desorientación, aunque puedo desarrollar las capacidades que me permitan sobrevivir en él sin arrasarlo, en función de su existencia. Esa montaña no fue erigida para impedir el tránsito libre de mercancías.

El ser vivo se encuentra en constante flujo a través de las determinaciones del espacio. Todo cuanto la civilización ha dispuesto para el desarrollo de sus funciones se presenta como un obstáculo para un animal que no estuviese integrado en las mismas, por ejemplo un perro o un parado desahuciado. Tales entes se desenvuelven en los espacios marcados aplicando y desarrollando sus propias habilidades, transformando los obstáculos en puntos de aplicación de fuerza o derivando su función. Hallan abrigo improvisado en pasajes comerciales y subterráneos, rebuscan en los deshechos, convierten la piel de las mercancías en casas móviles. ¿Por qué no percibir los bancos como yacimientos de ese dinero que le exigen por todas partes? El animal humano tiene la especificidad de “discurrir” también en otro sentido. Como todo semoviente lo hace a través del espacio y sus formas, pero también discurre a través del laberinto del pensamiento y de la cultura que marcan su recorrido personal. En este ámbito de discurso ningún trazado está lo suficientemente establecido, lo que propicia el error y el extravío. Puede atravesar muros conceptuales, desaparecer y aparecer en otro sitio, saltar sin puntos de apoyo, llegar a ninguna parte. Los accidentes menudean sin consecuencias fatales aparentes.

Sin embargo, parece como si el animal humano no pudiese discurrir, en todos los casos, más que por un terreno pulcramente urbanizado y significado. “Usted tiene cuatro miembros, dos brazos, dos piernas, los pies y las manos... ¿y para qué los utiliza? ¿Para caminar hasta la estación de tren? ¿Para escribir al ordenador?”, discurre Tim 'Liveware' Shieff, traceur experimentado, a propósito de los hábitos de vida urbana. Ateniéndonos al cuerpo, parece que asumimos cierta castración, que aceptamos la atrofia y la coerción de nuestro potencial. Pero esta limitación se deriva a su vez de una más profunda, arraigada en nuestros hábitos mentales, en nuestro discurso interior convertido en programa e incapaz de transitar otras vías que las del pensamiento establecido, las frases hechas, las fórmulas. Solo la imaginación nos aparta de tales caminos trillados y nos enfrenta a soluciones distintas. “Cuando eres niño tu imaginación es salvaje, y eso es lo que ocurre también cuando haces parkour. Porque la sociedad te enseña que esto es una escalera para caminar, y hay que usar la imaginación para percibirla de otra forma.”




El referente mítico de esta práctica es el “método natural” de Hébert, un entrenamiento para el flujo y la supervivencia en entornos salvajes, posteriormente adaptado al medio urbano. Pero mientras el método natural se desarrolla como una especie de toma de conciencia originaria del mundo y de nuestra presencia en él, el parkour implica siempre la resignificación de un mundo ya elaborado. El campo de entrenamiento escogido para las reuniones de traceurs son los bajos de una de las arterias económicas de la capital. El complejo de AZCA fue una de las realizaciones más pretenciosas de la modernización urbanística madrileña que acabó convertido en foco de degradación, escena del crimen, campo abonado para la aparición de subculturas y realidades paralelas. El circuito por el que el traceur se mueve como un individuo autónomo y salvaje, al igual que hicieron antes otras “tribus urbanas” (skaters, grafiteros), es un recinto acondicionado para el consumo y el tráfico acelerado de mercancías. Los obstáculos que tiene que vencer son los que ha impuesto un sistema que la mayoría de las veces les excluye y les incita a buscar otros modos de afirmación. Existe un sesgo emancipatorio en el parkour.

Para vencer a la realidad, para que la ciudad se doblegue a sus pies el traceur ha tenido que vencerse a sí mismo todos los días. El recorrido entre A y B no es más que una metáfora del trayecto personal que convierte todas las demás pasiones y todos los límites en el recuerdo de su superación. Él ha decidido ser fuerte, convertir los obstáculos en un nuevo impulso. Por ello su mirada es más creadora que justiciera: no necesita cobrarse ninguna venganza, no reconoce ninguna ideología. El traceur crea su propio recorrido (hay muchos parkour porque no hay normas) sin aceptar ninguna deuda. Practica una suerte de epojé nihilista reduciendo la función de cada objeto a su forma, adaptando todo al flujo espaciotemporal del cuerpo. Al arrancar cada elemento de su contenido, al descubrir nuevas posibilidades para él reduce la ciudad al estado de ruina, de evento superable y acabado, reubica la civilización en la escena de la historia natural. Todo lo que está ahí arrastrando consigo una historia crea una nueva naturaleza. Es sobre estas ruinas del presente que el traceur avanza.



Una contraimagen de los sórdidos sótanos de AZCA con su olor a orines y a vida crucificada en aristas de cemento, una proyección simétrica y reflexiva la encontraríamos en los cementerios. No hay lugar más cargado de contenido simbólico y más vaciado de función en el marco del sistema productivo. La huida moderna hacia el futuro, la ruidosa promoción de novedades no ha conseguido acallar el silencio atronador de la muerte. Si no se acepta la convención, una tapia es poca cosa para separar dos mundos. El traceur vive de hecho en ese límite, en la muerte diferida por sucesivas victorias. Una tumba sirve, ante todo, para saltar sobre ella. No hay nada sagrado, nada respetable en el reposo inerte. Pero sí hay algo perturbador en la muerte que nos obliga a levantar muros, a acotar espacios donde no mirar, no hacer fiestas, no vivir: no lugares donde el sueño de eternidad encuentra acomodo en la eternidad del sueño. Recluimos a nuestros muertos en espacios marcados no para respetar su “descanso”, sino para no enfrentarnos a nosotros mismos.

Muchos de los seres desaparecidos y confinados en el Cementerio Civil de la Almudena, fundado a finales del siglo XIX para acoger a los difuntos que no profesaban la fe católica, afrontaron su existencia con el mismo estado de espíritu: confiaron en el poder constituyente de la vida sobre las construcciones vacías de la historia y en la capacidad humana para surfear el acontecimiento. No siempre fue prudente su salto al vacío, y no todos llegaron a ver su nombre grabado sobre una lápida. Hay muchos cementerios civiles no reconocidos desperdigados por el territorio español.

¿Qué significa durar cuando solo dura la memoria y el traceur solo ve formas, instantes, flujo de un punto a otro, de principio a fin? Una fuga del tiempo, una afirmación del presente sobre las ruinas, una subjetividad en proceso. La exaltación de la experiencia viva sobre la reificación, del deseo sobre la fe. El traceur contempla la ciudad desde un punto elevado. Cuando levanta los brazos para acometer el salto que afirmará su soberanía siente que la abarca toda. La rígida y pegajosa trama de hierro y hormigón por donde se arrastran los súbditos, los fragmentos sin sentido, el sentido único, las leyes morosas, las salas de espera y de proyección, las entradas y salidas, las cuotas, los papeles entregan toda su realidad ante la síntesis del ser natural no corporativo ejerciendo sus capacidades.

No hay muerte después de la vida. Es preciso resucitar porque vivimos un tiempo limitado buscando un instante de eternidad. El vacío no existe sino entre dos focos de sentido. El salto es una afirmación, pero su impulso es una negación de impregnación revolucionaria. Encaramarse a una cornisa sin pasar fatigosamente por la escalera es mostrar que lo concreto no existe, que la realidad es eventual, que puede vencerse a la cultura. Se trata de ser y durar frente a lo que pasa. Pero no se puede afirmar el ser sin arriesgarlo en una apuesta constante con la muerte, ni se dura eternamente más que en el instante del gran salto que nos transforma.


10/18/2011

El despertar en América

Sobre el movimiento "Occupy Wall Street"

Una situación radical es una revelación colectiva... En tales situaciones la gente se vuelve mucho más susceptible de llevar a cabo nuevas iniciativas, más dispuesta a cuestionar las antiguas creencias, más proclive a penetrar la farsa habitual... La gente aprende más sobre la sociedad en una semana que en años de “estudios sociales” académicos o “toma de conciencia” izquierdista...Todo parece posible -y muchas más cosas lo son realmente. La gente apenas puede creer lo que tenía que soportar en “los viejos días”... El consumo pasivo se convierte en comunicación activa. Los desconocidos entablan animadas conversaciones en las esquinas. Los debates se suceden sin parar, nuevos recién llegados reemplazan constantemente a aquellos que marchan a otras actividades o tratan de conseguir unas horas de sueño, aunque están normalmente demasiado excitados para dormir mucho tiempo. Mientras unos sucumben a los demagogos, otros empiezan a hacer sus propias propuestas y toman sus propias iniciativas. Los espectadores se lanzan al torbellino y atraviesan cambios increíblemente rápidos... Las situaciones radicales son los raros momentos en que el cambio cualitativo llega a ser realmente posible. Lejos de ser anormales, revelan en qué medida estamos casi siempre anormalmente reprimidos. En comparación con ellas la vida “normal” parece la de un sonámbulo.

El movimiento de “ocupación” que ha atravesado el país en las últimas cuatro semanas es ya la ruptura radical más significativa en América desde los años 60. Y esto es solo el principio.

Comenzó el 17 de septiembre, cuando unas 2.000 personas se juntaron en New York para “Ocupar Wall Street" en protesta contra la dominación cada vez más flagrante de una minúscula élite económica sobre el 99% restante. Los participantes emprendieron la acampada que aún sigue en curso de un parque cercano a Wall Street (rebautizado como Plaza de la Libertad en honor a la ocupación de la plaza de Tahrir en Egipto) y crearon una asamblea general que ha seguido reuniéndose todos los días. Aunque casi totalmente ignorada en un primer momento por los medios oficiales, esta acción empezó rápidamente a inspirar ocupaciones similares en cientos de ciudades de todo el país y en muchas otras del mundo.

La élite dominante no sabe por dónde van los tiros y se ha puesto a la defensiva. Mientras, los expertos mediáticos, sin la menor idea de lo que hablan, tratan de desprestigiar el movimiento por no haber podido articular un programa o lista de demandas coherente. Por supuesto los participantes han expresado numerosas reivindicaciones, que bastarían para cualquiera que haya puesto alguna atención en lo que está pasando en el mundo, pero han evitado acertadamente limitarse a una simple demanda o a unas cuantas, porque cada vez resulta más claro que todos los aspectos del sistema son problemáticos y que todos los problemas están interrelacionados. En lugar de ello, reconociendo que la participación popular es en sí misma una parte esencial de cualquier solución real, la asamblea de New York se ha presentado con una propuesta desarmantemente simple aunque eminentemente subversiva, animando a la gente del mundo a “Ejercitar su derecho a la asamblea pacífica; ocupar el espacio público; abrir un proceso para tratar los problemas que enfrentamos y generar soluciones accesibles a todos...¡Unámonos y hagamos oír nuestra voz!"

Casi tan poca idea como los expertos mediáticos tienen aquellos radicales doctrinarios que permanecen abatidos al margen prediciendo que el movimiento será cooptado y criticando que no haya asumido al instante las posturas más radicales. Estas personas deberían saber que la dinámica de los movimientos sociales es mucho más importante que sus aparentes posturas políticas . Las revoluciones surgen de procesos complejos de debate e interacción social que llegan a alcanzar una masa crítica y provocan una reacción en cadena – procesos como el que estamos viendo desarrollarse. El eslogan del “99%” puede no ser un “análisis de clase” muy preciso, pero constituye una aproximación muy cercana para empezar, un meme excelente para romper con un montón de jerga sociológica tradicional y plantear la cuestión de que la gran mayoría de la población está subordinada a un sistema dirigido por y para una minúscula élite dominante, y enfoca correctamente a las instituciones económicas más que a las políticas, que son simplemente sus lacayos. Las incontables revindicaciones no constituyen un programa coherente, pero tomadas como un todo suponen ya una transformación fundamental del sistema. La naturaleza de esta transformación se irá clarificando a medida que se desarrolle la lucha. Si el movimiento logra forzar al sistema a asumir algún tipo de reforma significativa del tipo New Deal tanto mejor, ya que temporalmente facilitará que podamos ir más allá. Si se manifiesta incapaz de implementar ninguna reforma significativa, ello obligará a la gente a buscar alternativas más radicales.

En cuanto a la cooptación, habrá por supuesto muchos intentos de apoderarse o de manipular el movimiento, pero no creo que lo tengan fácil. El movimiento de ocupación ha sido desde el principio resueltamente antijerárquico y participativo. Las decisiones de Asamblea general son escrupulosamente democráticas y la mayoría de las veces por consenso -un proceso que puede resultar pesado a veces, pero que tiene el mérito de hacer prácticamente imposible cualquier manipulación. De hecho, la verdadera amenaza es el camino contrario: el ejemplo de la democracia participativa finalmente amenaza a toda jerarquía y división social, incluyendo a la existente entre empleados y burocracias sindicales, y entre partidos y afiliados. Esta es la razón por la que muchos políticos y burócratas sindicalistas están tratando de subirse al carro. Ello es un reflejo de nuestra fuerza, no de nuestra debilidad. (La cooptación existe cuando consiguen que subamos a SU carro). Por supuesto, las asambleas pueden estar de acuerdo en colaborar con algún grupo político para una manifestación determinada o con algún sindicato para una huelga, pero en su mayor parte tienen cuidado de que las distinciones permanezcan claras, y prácticamente todas se han distanciado rotundamente de los dos principales partidos políticos.

Aunque el movimiento es ecléctico y abierto a cualquiera, se puede afirmar que el espíritu que subyace es profundamente antiautoritario, inspirándose no solo en movimientos populares recientes como los de Argentina, Túnez, Egipto, Grecia, España y otros países, sino también en teorías y tácticas de los anarquistas y de los situacionistas. Como señala el editor de Adbusters (uno de los grupos que ha contribuido a iniciar el movimiento):
"No solo nos inspiramos en lo sucedido recientemente en la Primavera Árabe, somos estudiosos del movimiento situacionista, que originó lo que mucha gente piensa que fue la primera revolución global en 1968, cuando algunas revueltas en París inspiraron de pronto revueltas en todo el mundo. Universidades y ciudades explotaron inesperadamente. Esto lo logró un pequeño grupo de personas, los situacionistas, que eran como la columna filosófica del movimiento. Uno de los hombres clave fue Guy Debord, que escribió La sociedad del espectáculo. La idea es que basta un poderoso meme -una idea poderosa- aplicado en el momento adecuado para prender una revolución. Este es el contexto del que partimos."

La revuelta de mayo del 68 en Francia también fue en realidad un “movimiento de ocupación”: uno de sus rasgos distintivos fue la ocupación de la Sorbona y otros edificios públicos, que inspiró la ocupación de fábricas en todo el país por más de 10 millones de trabajadores. (Estamos muy lejos ahora de algo así, que solo podría ocurrir si los trabajadores americanos se liberasen de sus burocracias sindicales y tomasen la acción colectiva por su propia cuenta, como hicieron en Francia).

Dado que el movimiento se extiende a centenares de ciudades, es importante señalar que cada una de las nuevas ocupaciones y asambleas sigue siendo totalmente autónoma. Aunque inspiradas por la ocupación original de Wall Street, todas ellas han sido creadas por la gente en sus propias comunidades. Ninguna persona ni grupo externo tiene el más leve control sobre ninguna de estas asambleas. Como debe ser. Cuando las asambleas locales se enfrenten a una necesidad práctica de coordinación, se coordinarán; mientras tanto, la proliferación de grupos y acciones autónomas es más segura y fructífera que la “unidad” de arriba a abajo a la que están siempre apelando los burócratas. Más segura, porque contrarresta la represión: si la ocupación de una ciudad es aplastada (o cooptada), el movimiento seguirá vivo y activo en otras cien. Más fructífera, porque esta diversidad hará posible que la gente comparta y compare un abanico mayor de tácticas e ideas.

Cada asamblea parte de sus propios procedimientos. Algunas operan mediante consenso estricto, otras por voto mayoritario, otras mediante combinaciones de ambos (p. e. una política de “consenso modificado” que requiera solo un acuerdo del 90%). Algunas permanecen estrictamente dentro de la ley, otras se involucran en diversas formas de desobediencia civil. Han formado varios tipos de comisiones o “grupos de trabajo” para tratar asuntos concretos y diversos métodos para asegurar el mandato de los delegados y portavoces. Están tomando diversas decisiones sobre cómo tratar con los medios, con la policía y con los provocadores y adoptando modos diversos de colaboración con otros grupos o causas. Son posibles muchos tipos de organización; lo esencial es que las cosas sigan siendo transparentes, democráticas y participativas, que toda tendencia hacia la jerarquía o la manipulación sea inmediatamente expuesta y rechazada.

Otro rasgo nuevo de este movimiento es que, en contraste con movimientos radicales previos que tendían a concentrarse en torno a un asunto concreto en un día específico y luego se dispersaban, las ocupaciones actuales se instalan en sus emplazamientos indefinidamente. Están allí para una carrera de fondo, con tiempo para echar raíces y experimentar con todo tipo de posibilidades nuevas.

Hay que participar para entender lo que pasa realmente. No todos estarán allí para unirse toda la noche a las ocupaciones, pero prácticamente todos pueden tomar parte en las asambleas generales. Occupy Together hay información sobre ocupaciones (efectivas o planificadas) en más de mil ciudades de los Estados Unidos, así como sobre varios cientos alrededor del mundo.

Las ocupaciones están reuniendo a todo tipo de personas procedentes de todo tipo de situaciones. Esto puede suponer una experiencia nueva y quizás inquietante para muchos, pero es alucinante la rapidez con que caen las barreras cuando se trabaja en común por un proyecto motivador. El método del consenso puede parecer tedioso al principio, especialmente si una asamblea utiliza el sistema de "micro popular” (en el que la asamblea repite cada frase del orador para que todos puedan escucharla). Pero tiene la ventaja de animar a la gente a ir al grano, y después de cierto rato entras en el ritmo y empiezas a apreciar el hecho de estar todos juntos concentrados en cada frase y de que todos tengan la oportunidad de responder y de que se consideren sus asuntos con la misma respetuosa escucha.

En este proceso ya habremos tenido el ejemplo de un nuevo tipo de vida, una vida posible si no estuviésemos atascados en un sistema social tan absurdo y anacrónico. Suceden tantas cosas y tan deprisa que apenas sabemos cómo expresarlas. Sentimientos como: “¡No puedo creerlo! ¡Al fin está aquí! O al menos podría estar lo que hemos esperado tanto tiempo, el tipo de despertar humano que siempre hemos soñado, pero no sabíamos si sucedería realmente a lo largo de nuestra vida". Ahora ha llegado y yo sé que no soy el único que llora de alegría. Una mujer que habló en la primera asamblea general de Ocupa Oakland dijo: “Vine aquí no solo para cambiar el mundo, sino para cambiarme a mí misma”. Creo que todos sabían allí lo que quería decir. Somos principiantes en este nuevo mundo feliz. Todos vamos a cometer muchos errores. Es de esperar y no pasa nada. Somos nuevos en esto. Pero en estas condiciones, aprendemos más rápido.

En la misma asamblea alguien tenía una pancarta que decía: “Hay más razones para estar ilusionado que para estar asustado."

15 de octubre, 2011


imagen: Elvis Pérez

10/09/2011

Tente mientras cobro

Ironías del urbanismo sostenible

Extractum de la intervención de "no había futuro" en las Jornadas de reflexión sobre urbanismo, arquitectura e impacto medioambiental "Ironía y sostenibilidad", organizadas por el colectivo Basurama.

* * *

En todos los planos de la actividad humana estamos alcanzando un punto de ruptura. Esta ruptura puede encaminarnos hacia la destrucción de la civilización tal y como la conocemos o hacia un radical, profundo cambio de paradigma.

En momentos tales crece la sensación de que es necesario “hacer algo”, de que es urgente actuar en algún sentido para recomponer el presente y garantizar el futuro. Pero no es menos preciso practicar entonces la detención del pensamiento, la reflexión crítica acerca de aquello mismo que nos permite pensar, la clarificación de nuestros conceptos y la necesidad de nombrar y abarcar nuevas realidades. Y es que no resulta banal, en un foro que reflexiona sobre urbanismo, recordar que el lenguaje es también una “construcción social”, que habitamos conceptos, transitamos textos y frases hechas, que el tiempo y la historia pasan también por el lenguaje y producen deterioro, espacios vacíos, ruinas. Y que es preciso intervenir sobre él para restaurarlo, remover cimientos, demoler viejas fórmulas, diseñar nuevos usos y acepciones.

Desde la economía, desde la estética, en la gestión política de las multitudes, en el plano más concreto de los usos y costumbres hemos desarrollado una conciencia de límite que estaba ausente, o que al menos no tenía una presencia tan insistente ni tan definida en la ideología moderna, en la que hemos estado discurriendo desde antes del pasado siglo, que lo atravesó totalmente y que hoy se encuentra cada vez más desacreditada (en el plano intelectual) en su lógica de progreso constante y desarrollo infinito.

Todo equilibrio era entonces producto del movimiento, el resultado de un avance. Toda solución a los problemas generados por este estado de cambio permanente era buscada mesiánicamente en la innovación. Una innovación que, de no surgir de forma espontánea del propio obstáculo que la haría posible, simplemente había que nutrir y estimular financiando al efecto programas de investigación. Daba igual cuán errática fuese la vía de investigación mientras sirviese para abrir nuevos espacios de desarrollo y multiplicar así los recursos en ella invertidos. A tal punto llegaba este protocolo que lo mejor para seguir progresando era generar nuevos problemas, inventarlos incluso para poder seguir financiándolos.

Ningún retorno, ninguna corrección de trayectoria era siquiera considerada en esta permanente huida hacia delante que propugnaba la modernidad basándose en la dinámica exponencial de la economía y olvidando, quizá, que la economía habla de la gestión de unos recursos por definición limitados, que no pueden crearse de la nada: si fuese así no habría economía. Resulta paradójico que este proceso de economización de la existencia, que va parejo con la movilización cada vez más espectacular de energías y productos, tenga tan poco que ver con el sentido original de la palabra economía: economizar significa minimizar costes, evitar gastos y pérdidas. Algo económico es algo que no cuesta mucho. La actual gestión de la economía se encamina por el contrario a la magnificación de las operaciones, a la subsunción de toda esfera de actividad humana en la lógica productiva, a la extracción de márgenes de plusvalía siempre crecientes, al aumento del consumo y la depredación acelerada de los recursos disponibles.

Hoy parece que esta dinámica haya tocado su techo, o quizá deberíamos decir que ha tocado fondo. Desde aproximadamente los años ochenta, cuando la conciencia moderna se queda antigua y se vislumbran los signos de un apocalipsis, empieza a asumirse que no hay paso al noroeste ni más leña que la que ya arde. Recordemos que en aquellos años se desarrolla también una estética nihilista bajo la consigna “No Future”.

Es entonces cuando la ONU pone cartas en el asunto y financia una comisión de expertos para que establezcan una serie de condiciones que habrá de implementar el desarrollo de cualquier proyecto que pueda tener algún tipo de impacto medioambiental. El resultado es el Informe Bruntland, que establece el "criterio de sostenibilidad" consistente en “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las futuras”. Dicho criterio encuentra un campo de aplicación preferente en el urbanismo, dado su impacto determinante en los modos de vivir. Desde entonces todo proyecto de construcción incluye un amplio apartado dedicado a vender la etiqueta “sostenibilidad”, y el concepto se ha incorporado a las legislaciones antes de pasar por la Real Academia.

Se trata sin duda de una buena idea, equiparable en su belleza al imperativo categórico. No entendíamos cómo no se nos había ocurrido antes. Y como todas las buenas ideas, lo hubiese seguido siendo si no hubiese descendido al mundo corrompido de los hechos, es decir, si nunca se hubiese aplicado. Pues cuando las ideas atraviesan la noosfera para insertarse en cada encéfalo caliente se descomponen. Cuando circulan de mano en mano, de peritaje en subasta pública se manchan como el espíritu inocente de los niños. Y cuando se solidifican ya no hay quien las mueva.

El criterio de sostenibilidad se descompone así formalmente en ámbitos diversos, pues se propone valorar diversos tipos de impacto. El informe Bruntland se plantea en efecto el impacto medioambiental de cualquier proyecto de desarrollo. Se trata a fin de cuentas de un concepto que hunde sus cimientos en la tierra, transferido de los planteamientos de la ecología, por lo que tendrá que atender a la ocupación del territorio, a la escasez de los recursos, a la canalización de los residuos, etc. Pero debe valorar también el impacto humano, la satisfacción de necesidades básicas como el alimento, el oxígeno o la vivienda, innegociables en cuanto constituyentes de la naturaleza humana y de lo que hoy llamamos “calidad de vida”, ¿os acordáis de cuando no se hablaba de ella? Y debe también valorar su impacto económico.

Los filósofos somos gente muy simple, acostumbrada a tratar con ideas puras. Sabemos poco de mucho y nada de todo, de manera que se nos cita a este tipo de reuniones para que manifestemos nuestra perplejidad a propósito de cómo es posible, por ejemplo, que la habitabilidad entre en contradicción con el hábitat. Hemos tardado más de veinte siglos en advertir que el desarrollo económico tiene un funcionamiento autónomo que atenta en muchos casos contra el desarrollo humano, y que puede en último término hacerlo insostenible. El criterio de sostenibilidad debería servir para integrar todos estos campos en una única realidad, hacerles responder a los mismos condicionamientos. Debería poder darles un sentido común. En la práctica, las dificultades de su aplicación proceden no obstante de la incapacidad para conjugar las dinámicas de sus diversos ámbitos de proyección (humano, medioambiental y económico) que mantienen lógicas distintas y en ocasiones enfrentadas. Así vemos cómo la vida humana se refugia en comunidades precisamente para enfrentar la intemperie, y cómo el desarrollo de estas comunidades ha tenido a la larga un impacto negativo sobre el territorio. Pero además vemos que el progreso económico, en su lógica exponencial, sólo resulta viable en base al saqueo de los recursos y la explotación del hacer humano.


El propio concepto de sostenibilidad convive difícilmente con el de desarrollo, un vecino incómodo (hay quien subraya esta incomodidad a propósito del propio término “urbanismo”), y pasa de ser un valor absoluto a convertirse en un adjetivo relativo, en una idea sin sustancia, una vaguedad en manos de quienes tienen que calibrarlo en función de una multitud de indicadores no definida de manera precisa en ninguna parte y que pueden servirse a la carta. En último término la sostenibilidad, esa hermosa idea “para un futuro común”, ha llegado a convertirse en una mera etiqueta de moda, un epígrafe políticamente correcto bajo el que desgranar una retórica vacía y bienpensante con la que tranquilizar las conciencias de los súbditos votantes mientras se sigue ejecutando el expolio del territorio, se implanta de forma creciente la deuda sobre la vida y se impone el único principio de sustentabilidad que finalmente se reconoce y que tiene una formulación concreta: el de la viabilidad del desarrollo económico, que sigue funcionando según el viejo paradigma moderno.

Recupero la noción de límite (límites al desarrollo infinito, límite histórico) que según señalamos más arriba inspiró toda esta problemática. Desde hace casi una década viene hablándose de crisis, y nuevamente detectamos aquí una desvirtuación conceptual. Las crisis son buenas para limpiar y engrasar el sistema, para neutralizar los “productos tóxicos” generados por éste en su dinámica especulativa. De las crisis, como de las enfermedades, se sale renovado y fortalecido. Pero ¿y si no se trata de una enfermedad, sino de un estado final? Todo lo que se desarrolla nace, crece, pasa por diversas crisis, produce algo y muere. Y las viejas fórmulas que se siguen aplicando a pesar de que ya nada de ello funciona, sino que nos hunde más profundamente, se parecen mucho a la ventilación asistida.

Resulta curioso que la toma de conciencia de este límite, y el intento de plantear medidas de ajuste, haya coincidido en el tiempo con la instrumentalización por parte del capital financiero del sector inmobiliario para ejecutar sus propios planes de desarrollo, y que haya contado para ello con la colaboración entusiasta de los poderes públicos, al punto de convertir dicho sector en principal motor de la economía. Lo que confirma las sospechas de que cuando los gobiernos empiezan a pactar ha llegado la hora de ponerse a temblar. Intereses políticos y económicos se funden en una acción concertada. Lejos de apuntar a garantizar un derecho humano básico, que constituye uno de los hilos maestros con los que se teje el concepto de sostenibilidad, las administraciones de todos los niveles se han entregado a la lógica de los mercados, la de la producción y el consumo acelerado y el desarrollo sin límites, que es lo que al final se trata  precisamente de “sustentar”. Así, más que hablar de urbanismo sostenible tenemos que hablar hoy, con la ironía que nos ha citado aquí, de economía sostenida gracias a la especulación urbanística.

Pero ni siquiera esto se sostiene ya. Después de algunos años de borrachera inmobiliaria todo el sistema se ha revelado como una pirámide sin cimientos. Especulación viene de espejo, y el espejo proyecta una realidad multiplicada, pero solo aparente. Hoy el límite no se expresa únicamente como restricción o como ajuste en los viejos modos de hacer, sino también como fin del modelo. Es preciso plantearse cuáles serán las nuevas fuentes de valor. El criterio de sostenibilidad puede funcionar como principio rector del nuevo paradigma siempre que no se rinda estrictamente a su dimensión económica y se aplique realmente como integrador de los demás ámbitos. Numerosas sensibilidades se alzan ya en ese sentido y se desarrollan proyectos reales de sustentabilidad en marcos todavía alternativos, soluciones técnicas que aún no han obtenido el certificado de rentabilidad que emiten los mercados. Se convertirá en valor hegemónico cuando logre desenvolverse fuera de los márgenes de la economía-ficción y su afán continuista, cuando el territorio y la vivienda dejen de ser mercancías en manos de políticos y banqueros. 

Es decir cuando el sistema colapse definitivamente y la realidad se imponga como único recurso.

10/05/2011

Democracia ideal (1). No nos representan

Ni desde fuera ni, parece, tampoco desde dentro. Lo que se puso en marcha el pasado 15 de mayo ya no puede ni sabe detenerse. Un torpe intento de apuntillar al “movimiento indignado” aprovechando las fechas en que todo se disgrega solo consiguió afirmarlo y relanzarlo. Hay fuerzas negativas más potentes que la voluntad estreñida y el ilusionismo torpe, y ya no es preciso especular con el impulso de la gran conspiración. Solo obedece a su propia inercia, y esto es cada vez más manifiesto en la multiplicidad de iniciativas espontáneas y en su despliegue autónomo, diverso y soberano. Las asambleas se autoconstituyen en poder paralelo. Ya no son manis, son derivas. Las marchas nunca llegan a su destino. Pero ¿saben adónde van?

Si el 15M fuese un movimiento en el sentido conocido tendría claros sus objetivos y la agenda para alcanzarlos, pero hasta hoy éstos aparecen tan indefinidos como las fuerzas que lo activaron. Desde todas las instancias se le pide urgentemente que se manifieste, que desvele su programa y su estructura. Se le quiere reducir a la realidad desde sus propias consignas: “democracia real”. Pero “real” es lo que hay, salvo que se interprete la realidad de los universales en sentido platónico.

Pongamos, loca, que la “realidad” tiene excesivo prestigio en este mundo virtual, y que lo que busca esta gente es una “democracia ideal”, es decir una “verdadera democracia”, y que solo un observador externo, un ser tan omnisciente como ajeno a lo que ocurre podría definir lo que es eso. No sabemos si ese Ser existe, pero si existiera probablemente no quisiera revelarnos ese conocimiento, y si nos lo revelase seguramente nos costaría entenderlo. No perseguimos ninguna esencia, no seguimos ningún manual, vivimos a la intemperie del sentido. Pero no estamos solos.

¿Quiere decir eso, como enfatizan los los voceros del sistema fáctico, que no sabemos lo que queremos? Yo creo que tenemos alguna idea, y que algunas de estas ideas son tan jodidamente buenas que pueden despertar un amplio consenso. Lo que queremos es bastante personal, pero el deseo se construye en común. Las fantasías son individuales, pero la imaginación es colectiva. Por eso no hay que obsesionarse y sí saber esperar construyendo. Sin ser muy partidario de las consignas, creo que esto es lo que significa “vamos despacio porque vamos lejos”. ¿Por qué no cogemos el avión? Porque el sentido de la marcha no es llegar, sino construir por el camino, mantener la llama viva y dispersar semillas.

En todo caso sabemos muy bien lo que no queremos porque nos hemos alzado contra ello, y estamos construyendo a partir de este rechazo una realidad paralela cuyos rasgos se oponen a lo que, huérfanos de creatividad, hemos aceptado durante mucho tiempo como un hecho. Así se ha constituido, mediante negaciones que liberan un espacio vacío, lo que se ha dado en llamar intuitivamente “espíritu del 15M”, una fuerza dinámica y no una esencia.

Sabemos que no nos representan, que ningún ser humano representa a otro, que ninguna imagen representa a un ser humano y ninguna ideología nuestros deseos concretos. Hemos comprendido, cierto que más gracias a la fuerza de los hechos que a la de las razones, que la “democracia representativa” no es democracia, y que no podemos poner nuestros destinos en manos de especialistas corporativos. Estos “representantes” acaban convirtiéndose en puras representaciones, actores de un drama que escriben los dueños de los recursos (capital, violencia institucional, medios de comunicación).

Fue éste un sentimiento unánime (un consenso implícito) que sacó a la gente a las calles en vísperas electorales. Y fue a partir de este sentimiento que la gente se organizó en asambleas (libres, abiertas, horizontales) para sorpresa de quienes pensaban que los procedimientos asamblearios, una vieja tradición de la izquierda extraparlamentaria, habían quedado fuera de juego en la tecnológica, mediática e hipercompleja sociedad global. Es que la asamblea es una idea eterna, un ente inspirador más fiado al mañana que dependiente de su ayer marginal e imperfecto, y lejos de sucumbir a las redes (al olvido futurista, la lógica espectacular, la descomposición virtual) ha sabido experimentar a través de ellas formas de expresión, de organización y de gestión que le resultan afines y le permiten “entrenarse” en su dinámica: blogs, foros, redes sociales... compartir enriquece y resulta al final más práctico que trollear.

La democracia ideal que empezamos a conocer a partir de la negación de la existente debe asegurar la participación universal: no en la elección de quien ha de tomar las decisiones, sino en la toma de cada decisión. El discurso de los especialistas que interpretan la totalidad a partir de su área específica de conocimiento supone la auténtica dictadura ideal: ¿qué sabe de economía un asesor financiero que nunca experimentó un desahucio? Quienes la han cagado de forma tan rotunda y pastosa no tienen ninguna autoridad para deslegitimar nuestros experimentos, pues la solución no saldrá de las mentes de los especialistas empeñados en validar un conocimiento que ha fracasado, sino de la tormenta de ideas generada en procesos colectivos.

Al asumir la dinámica asamblearia, el “movimiento” se sitúa no obstante en un espacio marginal dentro del sistema de la vieja política, que no reconoce legitimidad a las asambleas y reclama insistentemente la presencia de portavoces a los que cooptar, de propuestas que derribar en negociaciones posibilistas, de una organización a la que aislar como un subconjunto de la sociedad que saltó unánimemente a las plazas para denunciar ese mismo sistema excluyente. Se produce así la paradoja de una gran fuerza social en acción que no encuentra vía de acceso a los procedimientos institucionales. Hay quienes se impacientan ante este hecho, se sienten impotentes al contemplar la alternancia indiferente del gobierno y temen que toda esa potencia puesta de manifiesto en las calles se resuelva en un brindis al sol. Se abre paso así la tentación de entrar en el juego conformando un partido, al que imaginan votando en bloque todos los indignados y al que suponen blindado frente a la lacra de la corrupción sistémica y la posibilidad de que entren a saco en él los profesionales corporativos de la política.

La creación de un partido político que llevase al parlamento las propuestas de las asambleas es en efecto la respuesta fácil y “realista” (pragmática, contrarrevolucionaria) al reto lanzado por el 15M, pero lo más barato no es necesariamente lo mejor. Supondría el debilitamiento de la rebelión ciudadana a corto plazo y su absorción final en la farsa de la democracia representativa: porque atenta contra su espíritu y su inspiración, porque la divide, la difumina y le hurta su identidad, que no consiste sino en un procedimiento formal. ¿Cuál será el encuadramiento ideológico de ese partido? ¿Y su programa? ¿Se pondrá al nivel de sus señorías, a las que se verá desde entonces obligado a reconocer como democráticamente elegidas? ¿Dónde quedará el respeto?


Las iniciativas que se han lanzado en este sentido han encontrado escaso eco y han topado invariablemente con el bloqueo de las asambleas. Pero no resulta tan sencillo conjurar un peligro más taimado: la instrumentalización por parte de los partidos tradicionales. De los minoritarios que aspiran a alcanzar alguna representación gracias al desvío de votos y de los mayoritarios que ven en él un recurso para desgastar al enemigo. Es difícil no jugar esta partida, y el 15M lo ha hecho ya peligrosamente centrándose en su pulso inútil contra el bipartidismo. La idea es extrema y tiende a la simplificación. Un llamamiento masivo a la abstención hubiera sido no solo más coherente (la consistencia de la idea se llama coherencia), sino también más eficaz al jugar con una carta ganadora. Un 50% de abstención, objetivo no imposible de alcanzar partiendo de las actuales cifras, supondría serios problemas de legitimación para cualquier gobierno. 

Ante la certeza de que tratarán de instrumentalizarlo en un sentido u otro, el 15M no debe responder sino yendo a lo suyo, caiga quien caiga. El 20N no es su meta ni su horizonte.