10/26/2011

Ser eterno, durar un instante

Escrito para el catálogo del proyecto Ser y durar del colectivo Democracia, consistente en una deriva de traceurs (parkour) por el cementerio civil de Madrid.

Elvis Pérez


Percibimos el espacio urbano en los términos de su función, y cada función del espacio establece límites (disfuncionales): función de tráfico rodado en las pistas (atravesar a pie solo a través de determinados puntos y momentos); función de tránsito peatonal en los márgenes (no correr); función de tránsito despreocupado en los parques (no sobresaltar a los ancianos ni atropellar a los niños, funciones reservadas a las pistas centrales). Puntos de apoyo para el descanso; paneles publicitarios; redes de canalización; rotondas para girar (puede hacerse constantemente sin contravenir ninguna norma); auditorios al aire libre; vallas para no ser sobrepasadas. Espacios para el trabajo y para el ocio, espacios de reclusión y de enfermedad, espacios para los vivos y para los muertos...

En los entornos rurales la función del espacio está mucho menos marcada, aunque existen también superficies valladas, caminos, áreas para el cultivo y el pasto. La función de los espacios es un signo de socialización. El carácter de esa función identifica el tipo de socialización vigente. Los cada vez más escasos entornos salvajes se caracterizan por la falta de función de los elementos que ocupan el espacio. Los individuos que los habitan se habitúan a lo que está ahí por su propia presencia, sin ninguna determinación externa. Este río no fue trazado como punto de restauración, aunque los individuos puedan llegar a comprenderlo. El bosque no pretende facilitar mi desorientación, aunque puedo desarrollar las capacidades que me permitan sobrevivir en él sin arrasarlo, en función de su existencia. Esa montaña no fue erigida para impedir el tránsito libre de mercancías.

El ser vivo se encuentra en constante flujo a través de las determinaciones del espacio. Todo cuanto la civilización ha dispuesto para el desarrollo de sus funciones se presenta como un obstáculo para un animal que no estuviese integrado en las mismas, por ejemplo un perro o un parado desahuciado. Tales entes se desenvuelven en los espacios marcados aplicando y desarrollando sus propias habilidades, transformando los obstáculos en puntos de aplicación de fuerza o derivando su función. Hallan abrigo improvisado en pasajes comerciales y subterráneos, rebuscan en los deshechos, convierten la piel de las mercancías en casas móviles. ¿Por qué no percibir los bancos como yacimientos de ese dinero que le exigen por todas partes? El animal humano tiene la especificidad de “discurrir” también en otro sentido. Como todo semoviente lo hace a través del espacio y sus formas, pero también discurre a través del laberinto del pensamiento y de la cultura que marcan su recorrido personal. En este ámbito de discurso ningún trazado está lo suficientemente establecido, lo que propicia el error y el extravío. Puede atravesar muros conceptuales, desaparecer y aparecer en otro sitio, saltar sin puntos de apoyo, llegar a ninguna parte. Los accidentes menudean sin consecuencias fatales aparentes.

Sin embargo, parece como si el animal humano no pudiese discurrir, en todos los casos, más que por un terreno pulcramente urbanizado y significado. “Usted tiene cuatro miembros, dos brazos, dos piernas, los pies y las manos... ¿y para qué los utiliza? ¿Para caminar hasta la estación de tren? ¿Para escribir al ordenador?”, discurre Tim 'Liveware' Shieff, traceur experimentado, a propósito de los hábitos de vida urbana. Ateniéndonos al cuerpo, parece que asumimos cierta castración, que aceptamos la atrofia y la coerción de nuestro potencial. Pero esta limitación se deriva a su vez de una más profunda, arraigada en nuestros hábitos mentales, en nuestro discurso interior convertido en programa e incapaz de transitar otras vías que las del pensamiento establecido, las frases hechas, las fórmulas. Solo la imaginación nos aparta de tales caminos trillados y nos enfrenta a soluciones distintas. “Cuando eres niño tu imaginación es salvaje, y eso es lo que ocurre también cuando haces parkour. Porque la sociedad te enseña que esto es una escalera para caminar, y hay que usar la imaginación para percibirla de otra forma.”




El referente mítico de esta práctica es el “método natural” de Hébert, un entrenamiento para el flujo y la supervivencia en entornos salvajes, posteriormente adaptado al medio urbano. Pero mientras el método natural se desarrolla como una especie de toma de conciencia originaria del mundo y de nuestra presencia en él, el parkour implica siempre la resignificación de un mundo ya elaborado. El campo de entrenamiento escogido para las reuniones de traceurs son los bajos de una de las arterias económicas de la capital. El complejo de AZCA fue una de las realizaciones más pretenciosas de la modernización urbanística madrileña que acabó convertido en foco de degradación, escena del crimen, campo abonado para la aparición de subculturas y realidades paralelas. El circuito por el que el traceur se mueve como un individuo autónomo y salvaje, al igual que hicieron antes otras “tribus urbanas” (skaters, grafiteros), es un recinto acondicionado para el consumo y el tráfico acelerado de mercancías. Los obstáculos que tiene que vencer son los que ha impuesto un sistema que la mayoría de las veces les excluye y les incita a buscar otros modos de afirmación. Existe un sesgo emancipatorio en el parkour.

Para vencer a la realidad, para que la ciudad se doblegue a sus pies el traceur ha tenido que vencerse a sí mismo todos los días. El recorrido entre A y B no es más que una metáfora del trayecto personal que convierte todas las demás pasiones y todos los límites en el recuerdo de su superación. Él ha decidido ser fuerte, convertir los obstáculos en un nuevo impulso. Por ello su mirada es más creadora que justiciera: no necesita cobrarse ninguna venganza, no reconoce ninguna ideología. El traceur crea su propio recorrido (hay muchos parkour porque no hay normas) sin aceptar ninguna deuda. Practica una suerte de epojé nihilista reduciendo la función de cada objeto a su forma, adaptando todo al flujo espaciotemporal del cuerpo. Al arrancar cada elemento de su contenido, al descubrir nuevas posibilidades para él reduce la ciudad al estado de ruina, de evento superable y acabado, reubica la civilización en la escena de la historia natural. Todo lo que está ahí arrastrando consigo una historia crea una nueva naturaleza. Es sobre estas ruinas del presente que el traceur avanza.



Una contraimagen de los sórdidos sótanos de AZCA con su olor a orines y a vida crucificada en aristas de cemento, una proyección simétrica y reflexiva la encontraríamos en los cementerios. No hay lugar más cargado de contenido simbólico y más vaciado de función en el marco del sistema productivo. La huida moderna hacia el futuro, la ruidosa promoción de novedades no ha conseguido acallar el silencio atronador de la muerte. Si no se acepta la convención, una tapia es poca cosa para separar dos mundos. El traceur vive de hecho en ese límite, en la muerte diferida por sucesivas victorias. Una tumba sirve, ante todo, para saltar sobre ella. No hay nada sagrado, nada respetable en el reposo inerte. Pero sí hay algo perturbador en la muerte que nos obliga a levantar muros, a acotar espacios donde no mirar, no hacer fiestas, no vivir: no lugares donde el sueño de eternidad encuentra acomodo en la eternidad del sueño. Recluimos a nuestros muertos en espacios marcados no para respetar su “descanso”, sino para no enfrentarnos a nosotros mismos.

Muchos de los seres desaparecidos y confinados en el Cementerio Civil de la Almudena, fundado a finales del siglo XIX para acoger a los difuntos que no profesaban la fe católica, afrontaron su existencia con el mismo estado de espíritu: confiaron en el poder constituyente de la vida sobre las construcciones vacías de la historia y en la capacidad humana para surfear el acontecimiento. No siempre fue prudente su salto al vacío, y no todos llegaron a ver su nombre grabado sobre una lápida. Hay muchos cementerios civiles no reconocidos desperdigados por el territorio español.

¿Qué significa durar cuando solo dura la memoria y el traceur solo ve formas, instantes, flujo de un punto a otro, de principio a fin? Una fuga del tiempo, una afirmación del presente sobre las ruinas, una subjetividad en proceso. La exaltación de la experiencia viva sobre la reificación, del deseo sobre la fe. El traceur contempla la ciudad desde un punto elevado. Cuando levanta los brazos para acometer el salto que afirmará su soberanía siente que la abarca toda. La rígida y pegajosa trama de hierro y hormigón por donde se arrastran los súbditos, los fragmentos sin sentido, el sentido único, las leyes morosas, las salas de espera y de proyección, las entradas y salidas, las cuotas, los papeles entregan toda su realidad ante la síntesis del ser natural no corporativo ejerciendo sus capacidades.

No hay muerte después de la vida. Es preciso resucitar porque vivimos un tiempo limitado buscando un instante de eternidad. El vacío no existe sino entre dos focos de sentido. El salto es una afirmación, pero su impulso es una negación de impregnación revolucionaria. Encaramarse a una cornisa sin pasar fatigosamente por la escalera es mostrar que lo concreto no existe, que la realidad es eventual, que puede vencerse a la cultura. Se trata de ser y durar frente a lo que pasa. Pero no se puede afirmar el ser sin arriesgarlo en una apuesta constante con la muerte, ni se dura eternamente más que en el instante del gran salto que nos transforma.