11/23/2011

Mensaje urgente desde la plaza de Tahrir: Uníos a nuestra lucha por la supervivencia de la revolución


Una batalla decisiva  se libra actualmente contra una ofensiva represiva potencialmente fatal. Estos últimos tres días el ejército ha lanzado un ataque sin tregua contra los revolucionarios de la plaza de Tahrir y otro lugares de Egipto. Han herido a más de 2.000 de nosotros y más de 30 hemos sido asesinados; y esto solo en el Cairo en las últimas 48 horas.

Pero los revolucionarios siguen acudiendo. Cientos de miles se encuentran en la plaza de Tahrir y en otros lugares de todo el país. Nos enfrentamos a sus gases, a sus porras, a sus fusiles y a sus metralletas. El ejército y la policía nos atacan una y otra vez, pero seguimos resistiendo y respondiendo. Los muertos y los heridos son evacuados a pie o en moto, y otros ocupan su lugar.

La violencia sigue aumentando, pero no cederemos. Los generales no quieren abandonar su poder. Nosotros quremos que se vayan.

Es el futuro de la revolución lo que está en juego: aquellas y aquellos que están en las plazas están dispuestos a morir por la libertad y la justicia social. Los carniceros que nos atacan están dispuestos a matarnos para seguir en el poder.

Lo que está pasando no tiene ninguna relación con las elecciones o con una eventual constitución, ya que nada de ello haría cesar la violencia y el autoritarismo que nos rodean. Lo que ocurre no tiene ya que ver con una llamada “transición” hacia una democracia que se ha visto reforzada por una junta militar y la traición de las fuerzas políticas. Se trata aquí de una revolución, de una revolución total. El pueblo quiere la caída del régimen, y no se detendrá antes de haber encontrado su libertad.

Los gobiernos extranjeros hablan de “derechos humanos” mientras negocian con los generales, intercambian apretones de manos y los legitiman con sus discursos huecos. Los Estados Unidos proporcionan 1,2 millardos de dólares de ayuda militar al ejército egipcio. El ejército y la policía utilizan gas lacrimógeno, pelotas de goma y armas que vienen del exterior. Sus reservas han sido probablemente recompuestas por los Estados Unidos y otros gobiernos durante los nueve últimos meses. Se agotarán de nuevo.

Os pedimos que actuéis:
  • Ocupad o bloquead las embajadas egipcias de todo el mundo. Ellas representan actualmente a los militares: hagamos que representen al pueblo egipcio.
  • Bloquead a los vendedores de armas. No les dejeis fabricarlas y venderlas.
  • Bloquead a las instituciones gubernamentales que mantengan tratos con los generales egipcios.
La revolución continúa porque ella es nuestra única posibilidad.

Plaza de Tahrir, 22 de noviembre a las 14.00 horas

11/08/2011

Democracia ideal (2). No a la violencia


El sentimiento compartido, el sentido común que acabó proyectándose sobre la secuencia de sucesos desencadenada desde el 15 de mayo, ha asumido desde un primer momento la consigna de la noviolencia. No es un rasgo exclusivo, pero cuenta con pocos precedentes en este país. Tampoco fue consensuado en ninguna asamblea, sino que surgió de forma espontánea. El grito “¡No a la violencia!” se alzaba firme cada vez que las actitudes de unos y otros amenazaban con concretar el conflicto en las típicas refriegas callejeras entre policías y manifestantes, un motivo recurrente de nuestro folklore.


Existen excelentes razones morales para condenar y eludir las actitudes violentas una vez que son identificadas. En todo acto de violencia hay una víctima que se destruye, un ejecutor que se degrada y una sociedad que se corrompe. La violencia es lo opuesto a la libertad, es el juego de la dominación. Es contraria a la vida, puesto que introduce la muerte. Es enemiga de la razón y por lo tanto del imperativo categórico. Todo el mundo está de acuerdo en que la violencia es violenta, y por tanto no mola.

Sentimos un violento rechazo hacia las actitudes violentas; nos indignamos ante su representación. Uno de los estímulos que sacó a la gente a las plazas fue esa especie de condena colectiva ante el intento de reducir por la fuerza, en la acampada del día 16 de mayo, una expresión que todos percibían como natural y necesaria. Me recordó el patético esfuerzo de Mariano Rajoy por disuadir a la gente de salir a la calle tras los atentados del 11M, en vísperas de las elecciones que iban a aparcar del poder al Partido Popular, esfuerzo que solo consiguió producir un “efecto llamada”. En este caso el elemento desencadenante fue una acción grabada y publicada en youtube; la respuesta social no precisó de ninguna convocatoria. Todos los que se sintieron violentados por esa representación sabían lo que iban a hacer, y que lo que iban a hacer era ilegal.

El conflicto social en España ha estado marcado por actitudes inconciliables entre dos campos muy definidos, con poca disposición a negociar entre sí de forma constructiva. Pesa sobre nosotros el conflicto civil, que sembró resentimiento y encuadró las posiciones políticas. Nuestro recorrido histórico en democracia apenas cubre una generación y ha estado jalonado de acciones terroristas de diferente signo, que expresaban la imposibilidad de dar un cauce político a las luchas. Las movilizaciones sociales que se han sucedido desde la Transición, tuviesen su origen en reivindicaciones laborales o en cuestiones sociales más amplias, asumieron siempre la necesidad de mantener un frente de coacción que empujase en las negociaciones. Las revueltas de los ochenta que reclamaban un cambio social más profundo, y las más recientes del movimiento antiglobalización a escala internacional, no pudieron evitar verse envueltas en la espiral de enfrentamiento a la que se vieron conducidas. Y ni siquiera ahora existe unanimidad al respecto: son muchos los que, desde una motivación completamente sincera, sintiéndose partícipes voluntarios del cambio que vivimos y con muchos años de militancia a la espalda, critican las actitudes pacíficas del movimiento, su transparencia y su ingenuidad.

La cuestión no resulta desde luego tan simple como su enunciado moral. En asuntos políticos nadie quiere ser “el bueno”. No nos desenvolvemos en un marco ideal, donde gana siempre el mejor con los mejores métodos, sino en un mundo constitutivamente violento, donde la vida se inscribe sobre el mismo ciclo que la muerte. Nadie cuestiona el derecho de autodefensa, aunque suponga el recurso a medios violentos. ¿Y si la supervivencia implica el sacrificio de inocentes? Y cuando no hay inocentes, ¿es justa la venganza? ¿No se ajusta a una modalidad del sentido? ¿No reconocemos en ella, con una necesidad casi lógica, la causa y el efecto? Violentos son siempre los otros. Parece que el fin fuese absoluto y los medios relativos, pero todos coinciden en los medios sin ponerse de acuerdo en el fin.

No se puede identificar la violencia sin descifrar sus fuentes. ¿No es acaso violencia cobrar seiscientos euros, echar a la gente de sus casas, entregar los servicios básicos a la lógica especulativa del mercado? Por supuesto que lo es, con muchos más títulos que atravesar un contenedor o quemar un cajero para protestar por todo ello cuando no existe otro modo de hacerse oír. Los medios no difundirán tus panfletos, no captan tu corazón oprimido, pero acuden como moscas a la mierda en cuanto arde alguna cosa. Su lógica es la del impacto. Llegará un momento en que corra la sangre, y para entonces la cámara, que solo capta instantes y nos educa en el instante, habrá olvidado las prístinas fuentes de la violencia, no sabrá reconstruir el “sentido” de nuestra acción heroica.

Hubo un tiempo en que el uso del impacto era el único recurso para una vanguardia de la conciencia marginal y marginalizada. Nos excluían, nos silenciaban, nos minorizaban, no tenías otra salida que volverte loca. Los medios te invitaban a ello a cambio de una foto con el puño esposado en alto. Crearte una leyenda, expropiarte de esa realidad insoportable, golpear con un basto los símbolos del progreso. La “propaganda por el hecho” fue incluida en el arsenal de muchos izquierdistas como una herramienta más al servicio de la extensión del discurso revolucionario, aunque en el fondo suponía la adhesión y obediencia al dictado espectacular, el de unos medios visuales que parecían concebidos para registrar fundamentalmente instantes de excepción, reportes superficiales avalados por la irrefutable presencia de la imagen, aunque engañosos en su abstracción. Pero ninguna acción se resuelve en sí misma ni en la imagen morbosa que genera: sus consecuencias van más allá de sus resultados inmediatos. La propaganda por el hecho quedó atrapada en la escalada de la “acción-reacción” y el espectador inane en un estereotipo repetido hasta la saturación y el asco. Con la degradación del anterior orden espectacular, los legendarios héroes del pueblo quedaron convertidos en los malos de la película.

Si esta ecuación resulta sobre todo aplicable a cualquier tipo de acción terrorista, un proceso similar se jugó con la representación del activismo callejero. Mediante la repetición de un mismo motivo que impacta por su violencia se generó un estereotipo negativo que legitimaba a la policía para poner en marcha medidas represivas de excepción. La lucha contra “la violencia” dejaba en segundo plano a la lucha “por las ideas”. Cuando la violencia no surgía espontáneamente del fragor de la protesta, o cuando no alcanzaba un nivel equiparable a su magnitud, se provocaba lanzando algunas cargas arbitrarias o se inducía infiltrando a algunos agitadores. La mera existencia de cargas podía ser interpretada como una elevación de la tasa de violencia, pues la espiral violenta es capaz de absorber y contaminar también a las víctimas. Quien sufre violencia sabe lo que quiero decir: no solo te llevas los golpes, quedas marcado también como un “maldito”.

Fue así como se llevaron por delante movimientos legítimos que reclamaban un cambio social profundo, como los de los ochenta o el movimiento antiglobalización: aislándolos socialmente y dividiéndolos internamente mediante una gestión calculada de la violencia. De haber resultado triunfantes, estos movimientos habrían dibujado un panorama muy distinto para lo que hoy estamos viviendo. Pero tal vez su derrota no fuese un fracaso, dado que se inscriben en un desarrollo sobre el que aportan referentes y experiencias. Participé en esos movimientos y cometí algunos errores. Eran como el 15M, asamblearios y mediáticos, sin que la dinámica de asambleas y el uso cualificado de los medios hubiesen alcanzado un punto de madurez.

Es cierto que la madurez no se alcanza hasta caer derrotado por tu propio peso. Seguimos siendo afortunadamente jóvenes e imperfectos, pero algo ha cambiado y seguirá cambiando. Hemos vencido la lógica espectacular del impacto, el discurso tajante y aleccionador de la comunicación unidireccional. Haciendo transparente la hipocresía de los medios oficiales las redes han instaurado, por el contrario, la lógica de la indignación. Lo que hoy se interpreta como ingenuidad y transparencia de las asambleas (cómo evitarlas en un procedimiento abierto e incluyente) es la epifanía de cuanto hemos producido y aprendido a través de las redes: que no eres nadie si no hay alguien al otro lado, que juntos podemos, que no hay nada que esconder, que todo se puede decir, que la propaganda era otra cosa. Probablemente en esta ingenuidad que no se detiene en segundas intenciones reside la fuerza de este movimiento. Y prueba de esta fuerza es haber trasladado todo el peso de la violencia y de su representación (pues es aquí donde se juega la partida) sobre quienes se pretenden guardianes de la paz social. No hay más que ver cómo la mendigan a través de sus medios y de su policía. Cámaras, actores, ¡acción!

Los que usan la capucha para esconderse no libran las batallas de nuestro tiempo. Somos anónimos no porque tengamos ni demos miedo, sino porque somos muchos y es imposible acordarse de todos. Hemos sobrepasado el punto crítico a partir del cual las vanguardias pueden relajarse. Un movimiento asambleario de base se aviene mal con el uso táctico de la violencia. La violencia produce clandestinidad, la clandestinidad desconfianza, la desconfianza jerarquías. Las jerarquías producen héroes, mártires y autores. ¿Cómo podríamos debatir y consensuar en una asamblea abierta un procedimiento o una acción violenta? Violento es el sistema: no a la violencia sistémica y sistemática.
 
imagen: Elvis Pérez

11/03/2011

Pánico en las redes. Política viral y revolución mediática

Éste es el título bajo el que intervendremos en la sesión inaugural del seminario Radical Community Manager. Breves nociones para aprender a comunicarse, organizarse y luchar en las redes 2.0, organizado por Nociones Comunes. Será el 7 de noviembre a las 7.30 en la Librería Asociativa Traficantes de Sueños de Madrid (c/ Embajadores, 35, local 6). Podría haberse titulado también "Arqueología de la red", dado que nuestro objetivo en esta primera sesión será reconstruir el camino que nos ha llevado a un nuevo tipo de conciencia y a un cambio de modelo de movilización social a partir de la superación del viejo régimen artístico y el desarrollo de prácticas creativas derivadas y alternativas.
"Fanzines, comunicación underground, arte y política se han mezclado en las últimas décadas para infiltrarse en el sistema de manera vírica. Replicación y ataques discursivos que han sido capaces de subvertir y alterar muchos de los canales de comunicación utilizados por el sistema. El acceso a sus redes de producción de la información y la presencia en ellas han atacado algunos de sus más importantes cimientos. El monopolio de las informaciones, la lógica del TOP SECRET o el control omnímodo de la tecnología se han puesto en cuestión gracias a la reapropiación colectiva y viral de herramientas comunicativas que se han visto desbordadas, interferidas y saboteadas."
Participaremos en este encuentro aportando a una reflexión colectiva nuestra experiencia en las diversas movilizaciones que se han sucedido en España desde los ochenta y apoyándonos en materiales y personajes de la época, no para trazar referentes heroicos sino para ilustrar y conocer desde su raíz los modos de hacer que se han producido de forma aparentemente espontánea a partir de los nuevos usos tecnológicos. Para ello revisaremos y discutiremos a la luz de los últimos acontecimientos nuestro ya viejo paradigma vírico de resistencia.