2/27/2014

Orden*





¿Que hay detrás de un uniforme? ¿De quién me escondo? ¿Qué les cuento por la noche a mis hijos? Tu aliento empaña mi casco, el olor a alcohol penetra y se pega a mi piel, los insultos suenan amortiguados, lejanos gestos sin contenido. ¿Por qué no te miro a los ojos?

Es un reto infantil, propio de criaturas acostumbradas a mecerse en la seguridad de sus rutinas, que se creen la fábula del “democracia” mientras se saltan la letra pequeña de la moral. Ciudadanos que levantan ciudades higiénicas cuyos cimientos horadan las ratas, que acuden a su trabajo sin creer en él, que sostienen por la base un orden que los expropia y los violenta para no quedarse fuera, que solo obedecen por miedo a que otros no lo hagan. Si defendéis el Estado, ¿por qué atacáis al policía?




Somos las flores negras de los cubos de basura, la lejía cruenta de la democracia, el cemento de la libertad. Garantizamos vuestra paz y vuestro trabajo. Aseguramos el flujo de mercancías y servicios, patrullamos los colegios, protegemos a vuestras mujeres, limpiamos las calles de escoria. Nos jugamos la vida para mantener en pie las leyes que os habéis dado, y perdemos nuestra humanidad de antemano con ellas.

Y sí, intervenimos despachos, combatimos el fraude y la corrupción, cerramos lucrativos negocios ilegales. Ante una orden judicial no hacemos ningún tipo de distinción. Cada misión tiene su protocolo específico. No nos pidáis a nosotros elocuencia, tacto ni humanidad, pedídsela a vuestros dirigentes. La dignidad y los principios no tienen lugar cuando los artificios se desmoronan y sale a relucir la condición humana, es entonces cuando se requiere nuestra acción. Defendemos vuestros derechos con nuestras herramientas.


 


El “estado de derecho” no existe; ni tiene algún tipo de esencia: somos nosotros el derecho del estado. La palabra “ciudadano” no es más que un casco o un chaleco antibalas. Los ciudadanos, objetos de nuestros desvelos, no poseen garantías. Los ciudadanos nacen y mueren sin haber conquistado su derecho a vivir.

Os creéis potentes porque secuestráis la razón y la crucificáis en una pancarta. La razón es un anciano con gafas, una mujer gestante, un hombre atrapado en un zulo: vuestra razón es especulativa. Las cosas son como son y deben seguir siendo. No tenemos derecho a soñar ni a ser irresponsables. Cuesta siglos construir una civilización que se derrumba con un soplo.

Somos la fuerza de la razón. Estamos perfectamente alineados, tenemos un objetivo, seguimos una estrategia, cuidamos nuestro equipo, mantenemos una disciplina. Ante mí solo veo un rebaño en estampida, una multitud iracunda, una razón sin forma atravesada de malos sentimientos que se desplaza fuera de control. Ruido y furia.



 

Os protegemos de vosotros mismos. Quien piensa que el estado de derecho puede defenderse en base a principios y con sus propios métodos cuestiona la razón del estado y es por tanto un loco. Existe un permanente conflicto entre los medios y los fines. Nuestro trabajo es un metadiscurso que escapa a cualquier fundamentación. Solo quien transgrede las normas es capaz de entenderlo en toda su amplitud. No se trata en realidad sino de un conflicto de percepciones. Solo quienes comparten la misma mirada habitan el mismo mundo. Nuestra mirada no está cegada por sueños ni por falsos afectos, sino por la razón suficiente, la urgente realidad que os atormenta.

Puede que avanzaseis mucho en vuestras luchas si fueseis capaces de penetrar la coraza y descifrar a la persona, al parecido no igual que es el semejante. Personas que comparten vuestras necesidades y vuestros afectos, que anhelan un mundo armonioso y desarmado, que bromean con sus vecinos y abrazan a sus crías, que solo quieren patrullar en paz y volver por la noche a su cueva sin novedades en el parte del día. Animales, al fin y al cabo, porque incluso la vida de un perro abandonado tiene un valor incalculable y solo los perros guardianes pueden sostener ese valor.


 



Pero sois demasiado humanos: no queréis saber lo que hay detrás de vuestros apacibles establos, no reconocéis la violencia salvaje que puede desatar una ruptura del orden, no escucháis la voz de la miseria y la ambición que sale por vuestras bocas. Solo buscáis justificaros, llorar como niños, atacar simbólicamente vuestra frustración, y os quedáis en la superficie, la máquina de guerra que solo es mi cobertura. Creéis conquistar así una especie de nobleza artificial que os sitúa por encima de nosotros en la escala humana. Te crees mejor que yo, profesor, médico, estudiante. Y debes serlo, porque vives mejor que yo y ganas probablemente más que yo.

Por eso no siento escrúpulos cuando llega el momento de cargar: cumplo con un deber que nos involucra a todos y tengo vuestro mandato divino. Pero, sobre todo, yo también siento la emoción del instante fugaz e irrepetible, el instante que justifica y da sentido a meses de esfuerzo improductivo, a insultos y humillaciones, a una vida de entrega y de servicio. Cuando caen todas las barreras y se rasga el velo de Maya es cuando el ser está vivo, formando parte del acontecimiento. Cuando la criatura se desnuda, siente rabia y miedo y es redimida por el dolor. Las calles arden, los animales se emboscan, el peligro puede llegar desde cualquier ángulo. Solo entonces habitamos el mismo mundo y hablamos el mismo lenguaje.

La historia avanza a golpes bajo la mirada protectora de los ángeles guardianes. Cada vez que el caos se extiende el orden impera. No sabéis vivir más que contra nosotros.




* Texto de Luis Navarro producido para el montaje Order (campaña de prensa en Tribune de Lyon nº 387, 15-V-2013), llevada a cabo por el colectivo Democracia, al que corresponden las imágenes.