11/29/2014

La marea melancólica



Sobre la posibilidad o la necesidad de una marea de la cultura


Texto redactado hace unos meses para el último número recién aparecido de la revista Salamandra, que edita el Grupo Surrealista de Madrid.

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Hace casi un año, dentro del marco de movilizaciones #MayoGlobal que intentaba elevar el tono de las protestas en el segundo aniversario del 15M, se convocó un encierro de trabajadores y consumidores de la cultura y la comunicación en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, en un intento de construir una marea ciudadana sobre el modelo de las exitosas mareas blanca y verde de la sanidad y la educación1. Éstas habían logrado movilizar a una verdadera masa crítica de ciudadanos sin contar con partidos ni sindicatos, debido a que su marco de reivindicaciones excedía los intereses gremiales o corporativos de un sector afectando a toda la población. La marea verde atrajo no solo a los funcionarios de la educación, sino también a un sector políticamente estratégico como los estudiantes, así como a asociaciones de padres y madres de alumnos. La marea blanca, liderada por el personal sanitario, aglutinó también a ancianos y dependientes que raramente participaban en este tipo de protestas, y en definitiva a cualquier usuario eventual del sistema de salud pública, es decir a toda la población. Partiendo de estas bases existían buenas razones para lanzar una marea, cuyo color había de ser determinado en el proceso, en defensa de un derecho tan básico y esencial como aquéllos: la cultura.




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La cultura es ese magma de sentido en el que nos bañamos todas. Es imposible no participar de ella, siquiera sea en calidad de reproductores pasivos. No solo porque todo el mundo es consumidor de productos culturales (cada vez más inmateriales), sino porque ella es el marco que hace posible cualquier tipo de interacción, el tejido de la comunidad. No se trata por tanto de un lujo, de un excedente social prescindible, como reconoció el secretario de estado José María Lassalle2, ni debe limitarse a la producción de entretenimiento mercantilizado como parece suponer el ministro Montoro. Desde el inicio de la crisis, el presupuesto para este sector ha sufrido recortes cercanos al 50%, además de haber visto elevarse las tasas de IVA hasta en 13 puntos en el caso de las entradas para asistir a espectáculos. Existían motivos suficientes no solo para convocar una marea, sino también para confiar en su éxito.


El “encierro” consistió en realidad en la ocupación de uno de los accesos al MNCARS, un espacio cubierto con entrada desde la Ronda de Valencia perfectamente controlada por la policía y el propio servicio de seguridad del centro. Se me ocurrió que, dado que el encierro no se llevaba a cabo en el interior del recinto, bien podría haberse realizado la asamblea inaugural en un espacio más visible para facilitar la interacción con los transeúntes y hacer más pública la acción. La convocatoria había surgido desde asambleas del 15M, y aunque no estaba aprobada por la Delegación del Gobierno no fue reprimida ni hostigada, pero sí bastante monitorizada. Las personas que asistieron a la concentración eran en su mayor parte jóvenes creativos, periodistas y trabajadores precarios de la cultura y la comunicación. Las dinámicas contrarias al juego de la representación que ha impuesto el “estilo 15M” lograron conjurar en este caso los fantasmas mediáticos, así que no hubo celebridades que hubiesen desvirtuado la acción atrayendo los focos sobre ellas y capitalizando la noticia, convirtiéndose en definitiva en sus representaciones bufas para el noticiero. Todo parecía indicar que esta convocatoria iba a ser distinta de las tradicionales movilizaciones por la cultura lideradas por los mismos rostros conocidos, los profesionales siempre firmantes en defensa de su cupo fijo de subvenciones, y que en esta ocasión iba a plantearse el tema de la cultura en un sentido más amplio, social e incluyente.


Había un componente de reto institucional que la hacía atractiva; sin embargo la institución nos acogía calurosamente en su patio trasero. El personal de seguridad trataba a los activistas concentrados con la misma civilidad con que estaban acostumbrados a tratar a los visitantes del museo. El acto se saldó sin el menor incidente: no hubo un solo grafiti que manchase el patrimonio arquitectónico. Las consignas colgaban de las paredes sobre telas y pancartas apelando unas a la “cultura libre”, denunciando otras que “libre no equivale a gratis”. Se hacía evidente que subyacían a la protesta distintos tipos de motivaciones que, cuanto menos, debatían entre sí, si es que no resultaban contradictorias: las de quienes defendían su ámbito de profesión, las asignaciones públicas y la defensa de la industria cultural (como haría cualquier otra marea, como hicieran en otras ocasiones la gente del cine) y la de quienes reclamaban un nuevo modelo que asegurase el acceso universal, la libre participación y la democratización de la cultura.


Dejando curso libre al acontecimiento sin provocar ni unos ni otros situaciones de tensión, se consiguió que éste se disolviese en sí mismo sin alcanzar algún tipo de resultado. La “marea roja”3 que se trataba de promover se quedó en una simple hipótesis de marejadilla, una performance sin consecuencias. Había logrado poner sobre la mesa la cuestión de las políticas culturales como uno de los problemas fundamentales que afectaban al movimiento, pero no había logrado resolverla porque ni siquiera alcanzó a plantearla en los términos adecuados, ni en consecuencia a dotarse de los mecanismos que hiciesen posible abrir un espacio de acción definido. Diríamos que la timidez de sus secuelas no se corresponde con la ambiciosa misión que se había encomendado.


Meses después, en marzo del corriente año, se volvía a invocar la “marea roja” mediante una gran manifestación “lúdico-reivindicativa” que convocaba una Plataforma en Defensa de la Cultura formada por asociaciones profesionales, a la que concurrieron numerosas celebridades y que inundó la Castellana de espectáculos y atracciones para toda la familia, como en una de esas jornadas culturales que organizan los ayuntamientos para promover el turismo y para promoverse a sí mismos. Allí estaban otra vez los “autores” y los profesionales del espectáculo corporativo, muchos de los cuales se habían enfrentado antes, defendiendo sus “principios” en defensa de “la cultura”, a las bases del 15M que reclamaban una cultura libre y sin protagonistas. En esta ocasión sí se alcanzó el efecto mediático que se habían propuesto, aunque éste se limitase a poner de nuevo en primera línea de la actualidad a las mismas figuras rancias y cansinas de la escena nacional desde hace décadas. El lema “cultura somos todos” era una simple afirmación tan obvia como vacía, una interpelación a la ciudadanía que no cuestionaba en ningún caso su condición espectadora.




2


Este texto se plantea como una herramienta de reflexión en torno a un proceso en el que su autor se siente involucrado a muy diferentes niveles: como usuario, como diletante precario, como observador. En ningún caso quiere ser leído como una crítica negativa o simplemente externa, al modo en que lo sería una lectura académica o un discurso vanguardista, sino desde la plena implicación y consciencia de lo que nos jugamos en este terreno. Es desde una posición militante y apasionada que me ha parecido oportuno repensar este fracaso, que lo fue en un sentido también amplio: no solo porque no concitó la atención de las masas que hubieran debido sentirse tan preocupadas e identificadas con su cultura como se habían mostrado por la asistencia sanitaria o por el derecho a la educación; ni solo porque no generó el clima, los objetivos mínimos ni la estructura con que plantar cara en su terreno al desmantelamiento generalizado del estado del bienestar, sino sobre todo porque permitió que se apropiasen del nuevo frente de lucha los representantes del viejo modelo de espectáculo concentrado que ha imperado en España durante los gobiernos liberales y los mal llamados socialistas, es decir durante lo que hoy ya ha sido catalogado como “cultura de la transición”4.


Esta defección resulta tanto más sangrante por cuanto el 15M se había planteado desde su origen como una ruptura en el plano de la representación, en su acepción política como en su dimensión estética. Fue una decisión gubernamental avalada por las principales fuerzas parlamentarias (PP, PSOE, CIU) que afectaba al nuevo contexto instituido por la cultura de redes, la conocida como “Ley Sinde” relativa a la propiedad intelectual y al control de los contenidos de la web, la gota que desbordó el vaso de la decepción y llevó a la población de los ordenadores a las calles, convirtiéndose en el detonante de la gran marcha del 15 de mayo y posteriormente de las acampadas. El gobierno no se enfrentaba aquí a masas de súbditos desposeídos de los medios de producción de realidad y de la competencia sobre su uso, sino a multitudes autoorganizadas capaces de desarrollar estructuras y canales de comunicación, de interaccionar de igual a igual en asambleas, de generar formas creativas de activismo que escapaban a la lógica represiva, de producir sus propios mitos y referentes culturales y en definitiva de autoprogramarse. Cientos de miles de personas cuyas aptitudes y formación no encontraban acomodo en el saturado sistema productivo descubrían la posibilidad de desarrollar estas capacidades en un contexto no mercantilizado, controlado colectivamente por ellas mismas.


No solo el pacto social de nuestra cultura de la transición, sino todo el viejo paradigma espectacular, unidireccional y centralizado de producción de sentido se había roto y por las costuras desbordaban no ya reivindicaciones, sino deseos, aspiraciones, posibilidades ciertas que el sistema debía ocultar y reprimir para seguir manteniendo su agotada dinámica de la escasez. Se trataba de encarnar en las calles lo que ya se había ensayado en las redes: la lógica del intercambio que a todas enriquece, la participación libre en los foros, el contagio viral de las emociones, la generación virtual de una sociedad paralela no basada en la competencia y la afirmación del ego, sino en un espíritu de colaboración y reconocimiento. De alguna manera, el 15M constituía ya desde el principio, de forma espontánea e incontrolada, esa “marea cultural” que después hemos tratado de diseñar artificialmente. La falta de reconocimiento de este hecho no solo ha caracterizado al fallido intento de lanzar una marea, sino que ha introducido en general cierta confusión dentro del movimiento con respecto a sus objetivos últimos e incluso, utilizando un término arriesgado, a su identidad.




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Hace una serie de años, desde las páginas de esta revista intentamos descifrar cuál sería el “código genético” de un movimiento social adaptado a las condiciones actuales y capaz de trastocar el marco de referentes establecido, las reglas del juego que determinan nuestro papel repetido en el drama.5 Relacionamos cinco puntos que no pretenden agotar la complejidad del modelo, pero que creemos que siguen siendo útiles para descifrar no solo el 15M, sino también algunas de sus precuelas (Primavera Árabe, No a la Guerra, V de Vivienda) y de sus secuelas (Ocuppy Wall Street, indignados brasileños, Somos 132, Marchas de la Dignidad, etc). Recordamos sucintamente tales puntos: la acción molecular o intervención mínima capaz de replicarse masivamente mediante contagio; la organización en red frente al modelo piramidal, es decir la producción de realidad desde abajo según corresponde a una democracia realmente ideal; el uso competente de los medios técnicos de producción de realidad para subvertir sus lógicas y crear interferencias; el reconocimiento definitivo de que los “derechos de autor” y de reproducción, so capa de proteger y desarrollar las industrias culturales, constituyen más bien un obstáculo al progreso y la libertad creativa; y en fin, el desarrollo consecuente de un nuevo tipo de identidad basado en procesos de interacción y no en sujetos estancos. Posteriormente he defendido que estos cinco puntos definen algo así como el “espíritu” del 15M y su diferencia con otros ciclos previos de agitación política hoy ineficaces.6 Todos ellos hacen referencia a nuestra “matriz cultural” más que a desarrollos políticos, y creo que deben ser tomados en cuenta, más allá de cuáles sean las acciones concretas y los objetivos prioritarios del movimiento, como una suerte de “código fuente” del mismo, un código abierto y cooperativo.


Estos rasgos definen todo un nuevo paradigma estético, una nueva sensibilidad capaz de cuestionar, y llegado el caso sustituir, la decadente visión del mundo ligada a la época del capitalismo triunfante, que hoy enfrenta su agotamiento y precisa su reafirmación autoritaria. La emergencia de este nuevo paradigma no supone un cambio caprichoso ni repentino, sino que hunde profundamente sus raíces en la utopía moderna de emancipación a través del arte. Este proyecto, formulado entre otros románticos por Schiller7 en oposición a la pulsión dominadora subyacente a la antigua sociedad aristocrática, pero presente todavía en la sociedad organizada en clases, resultó cegado y desviado por el desarrollo del sistema productivo capitalista y la construcción de los estados nacionales, en los cuales se resolvería la búsqueda de la “obra total” que había de romper todas las separaciones presentes en la sociedad y en particular la separación entre el arte y la vida. El impulso utópico que apuntaba a una dignificación de la existencia derivó por tanto en una estetización de la política que mostró sus perfiles más extremos y terribles a lo largo del siglo veinte, en las diversas formas de institución de la “sociedad espectacular”, donde el ciudadano se ve reducido a la condición de espectador mudo de una construcción social diseñada y realizada desde arriba, es decir de súbdito.


El arte se refugió en su propia e ineficiente autonomía y se acabó convirtiendo en una práctica legitimadora, una institución gobernada por los dispositivos mercantil y estatalista que cubría la función de proveer sentido en las sociedades laicas, así como de abarcar y resolver dentro de su propia representación el impulso creativo utópico que estaba inscrito en su naturaleza. No obstante en sus fronteras, aquellas que aspiraba constantemente a rebasar, seguían produciéndose “novedades” que cuestionaban cada vez menos ingenuamente la propia estructura y funcionamiento del arte como esfera separada, se seguía explorando la posibilidad de una práctica unitaria que lo trascendiese para integrarse operativamente en la vida cotidiana. Este proceso, largo y difícil como corresponde a un cambio de mentalidad que se enfrenta a la propia corriente histórica, tuvo un interesante punto de inflexión a mediados del siglo pasado con la actividad de los situacionistas, una de las derivaciones monstruosas de las vanguardias que se negaba furiosamente a reducirse a una de ellas. En vez de seguir alimentando la ampliación del campo de lo artístico quisieron optar por su “realización” definitiva, aquella que comportaría tanto su supresión como su superación en una práctica social emancipatoria.


El campo de actuación escogido en un primer momento por los situacionistas para esta magna empresa fue lo que denominaron “urbanismo unitario”, que consistía en la aplicación de todos los medios técnicos y de todos los recursos artísticos a la construcción de entornos dignos de ser habitados. También lo intentaron con el cine, el nuevo arte que había saltado a la escena y prometía cerrar el ciclo de las disciplinas artísticas separadas, pero no tardaron en advertir que estos ámbitos requerían una enorme concentración de medios y respondían a una lógica superproductiva, con lo que sus formulaciones teóricas quedaron pendientes de una revolución social, necesaria para la apropiación de las fuerzas productivas que estaban en manos del capital. Es decir, en un primer momento los situacionistas no percibieron que estaban asumiendo la lógica concentracionaria y la ideología subjetivista del sistema que trataban de combatir desde fuera. Con todo, su crítica del espectáculo y su acción política situaron el conflicto en sus justos términos y plantearon la necesidad de construir una cultura alternativa basada en la apropiación y el desvío de los recursos técnicos y artísticos. Fue más tarde el movimiento punk, con su crítica del star system y su llamamiento a la autoproducción creativa (Do It Yourself), el que trasladó estos planteamientos a la cultura de masas e hizo pública y generalizada la quiebra de los sistemas de representación, que los situacionistas habían comprendido observando el proceso de descomposición del arte y la cultura occidentales8.




4


El movimiento 15M surgió de forma aparentemente abrupta con una serie de propuestas que desbordaban el marco establecido para erigirse en portavoz, y en la expresión más acabada, de un cambio de paradigma que se había ido gestando a través de experiencias subterráneas o alternativas y que afecta a los fundamentos de la construcción social. Es ya en su constitución y en su dinámica transformadora una marea cultural cuyo alcance excede las reivindicaciones de un sector acostumbrado a vivir de la sopa boba y ahora precarizado, y nos interpela no solo sobre el lugar del productor inmaterial en la sociedad y sobre sus condicionamientos políticos o mercantiles, sino sobre el papel que ejerce la Cultura, entendida como objeto de un ministerio o como sector de la industria, en el marco del actual sistema neoliberal: su función legitimadora y su dimensión crítica y la posibilidad de generar espacios de interacción emancipados de los actuales condicionamientos.


Cuando sugiero que el 15M es portador de un patrón estético alternativo no planteo una simple cuestión formal, sino que le asigno con ello la inmensa y compleja tarea de romper esquemas mentales, de revisar nuestros principios y cambiar nuestros valores. Su aparición marca un conflicto más profundo y estructural que la propia lucha de clases: un choque entre Weltanschauungen o “visiones del mundo” que no puede resolverse mediante la negociación de algunos aspectos parciales: la de un mundo que se descompone arrastrando consigo su racionalidad dominadora y la de un modelo emergente de autoproducción colectiva. Es esto lo que determinó su radicalidad: no el folclore de las barricadas y los contenedores ardiendo, sino su ubicación en el plano de las ideas. Es decir, se trató y sigue tratándose, a pesar del carácter de algunas acciones particulares, de una revuelta cultural y por lo tanto integral.


Pienso que en el intento de lanzar una “marea de la cultura y la comunicación” no estuvimos a la altura de nuestra propia situación histórica, y que ni siquiera fuimos conscientes de la importancia central de nuestro papel como “creativos” dentro del 15M. No puede acotarse en un ámbito de actuación lo que constituye la esencia transformadora del movimiento sin enfrentarlo a su propia imagen, a la idea revolucionaria que lo hace necesario y posible. Al poner el foco en los intereses sectoriales de los productores de imágenes, no reclamando para ellos un nuevo régimen estético, sino tratando de defender nuestra posición amenazada en la “sociedad del espectáculo”, perdemos de vista el proceso global que nos daba sentido, aquella impugnación total de la realidad que solo puede llevarse a cabo mediante la idea. Si es cierto que la cultura no es lo que dictan los académicos desde sus estrados ni lo que representan los famosos en nuestras pantallas, sino la autorrepresentación de la comunidad, su plaza de encuentro y su red de afinidades, no sirve de nada cerrar los ojos ante el ocaso del viejo régimen estético, tratar de recoger los pedazos y defender lo que el desmantelamiento programado de lo público va dejando tras de sí.


Esta reflexión explicaría el fracaso, las enormes dificultades para promover una marea que parecía tenerlo todo a su favor, pero también resulta extensiva al resto de ellas en la medida en que tienen como foco de su actividad la defensa de lo público en la vieja acepción estatalista. Junto a las plataformas por el derecho a la vivienda, se presenta a las mareas como las derivaciones más relevantes del movimiento 15M, e incluso como sus soluciones más esperanzadoras, y es cierto que han incorporado su estilo, sus modos de organización, su rechazo a asumir los viejos marcos de negociación. No es cuestionable el valor social de estas luchas, no solo por los pequeños logros parciales que van conquistando sino porque mantienen vivo el ánimo de la revuelta y catalizan eficazmente el descontento, propagándolo. Tampoco es censurable la participación de las asambleas del 15M en ellos, ni su presencia en las grandes convocatorias de los sindicatos siquiera sea como “bloque crítico” diferenciado: la defensa del patrimonio que está siendo transferido a los intereses privados es hoy un frente de lucha ante al que no podemos permanecer impasibles, pero tampoco podemos permitir que nos marque la agenda.


Lo que hubo de emocionante y movilizador en el 15M es que plantó un órdago al sistema de representación que ninguna de nosotras podía concebir aisladamente. El magnetismo de las plazas residía en la demostración de que “otro mundo” era efectivamente posible si éramos capaces de federar nuestros sueños. Durante meses, la realidad fue suspendida y cupieron todas las posibilidades. Quienes dicen que aquello no sirvió para nada solo lamentan la pérdida de aquel entusiasmo de los primeros días, su disolución en el bregar cotidiano de la supervivencia dentro de un sistema que ya ha puesto de manifiesto la fragilidad de sus cimientos, su falta de perspectivas de futuro reducido a una condena reproductiva. No podemos cercar nuestro horizonte: hay que seguir pensando y discutiendo qué modelo de sanidad, qué tipo de educación y qué régimen cultural queremos instaurar por nuestros propios medios. Hemos atravesado la fase de crítica y descomposición de un sistema que ya solo reclama que le dejen morir en paz. Hay una inmensa labor propositiva por llevar a cabo.


notas


1 El movimiento de las mareas es un ciclo de movilizaciones surgido en España contra la política de recortes impuesta por la UE a través del Partido Popular, que afecta a servicios sociales básicos como la sanidad y la educación, entre otros. Se citan éstas como más masivas y significativas, aunque también hay que consignar la marea amarilla de los empleados de bibliotecas (uno de los sectores más duramente golpeados por los recortes), la marea negra de los mineros (que pese a no ser funcionarios del estado se beneficiaban anteriormente de las ayudas estatales a su sector), e incluso la marea roja de la multitud creciente de parados o la marea violeta de las mujeres y las minorías sexuales, afectadas también por otro tipo de recortes que apuntan a prolongar la tradicional exclusión y a dar marcha atrás en las políticas, progresistas en este terreno, del antiguo gobierno del PSOE. Pese a que su horizonte reivindicativo se cifra en la defensa del estado del bienestar y en el mantenimiento de unos derechos que suponen el proteccionismo estatal, su rasgo más significativo reside en el abandono de las viejas formas de movilización sindical y de encuadramiento político para asumir el estilo y los modos de hacer que había instaurado el movimiento 15M.

2 El País, 1 de marzo de 2012.


3 Éste fue el color que se propuso para lanzar esta iniciativa. Hubiera sido un acierto elegir cualquier otro para representar la cultura, dado que meses antes se había lanzado otra marea roja de parados y precarios que tampoco alcanzó a ser más que una triste ola debido a las condiciones específicas de este sector (su aislamiento social y su desmoralización, su desidentificación con su condición, su falta de visibilidad y de articulación) que analizo en el cibertexto “Manos a la obra. Por una marea gris”. Ya sabemos que para gustos están los colores, y que el rojo tira mucho entre las gentes de la cultura oficial, mayoritariamente identificadas con una izquierda progre y nominalista de la que en ocasiones se han erigido en abanderados, pero no hubiera estado de más aportar alguna tonalidad distinta al mosaico de la revuelta en vez de lanzarse a lo que llanamente no era sino una apropiación propagandística. 

4 El término “cultura de la transición” (CT) ha sido propuesto por Guillem Martínez y Amador Fernández-Savater a través de una colección de ensayos coordinada por el primero (VV.AA., CT o La cultura de la transición, Madrid, Debolsillo, 2012), y ha alcanzado amplio predicamento para definir el paradigma cultural (la visión dominante del mundo y el contexto para actuar en él) que ha imperado en España desde 1978, basado en el consenso en base al olvido (algo así como una lectura acrítica de el periódico El País). Los autores ponen el énfasis en el perfil desmovilizador y continuista de este modelo, algunos de cuyos aspectos indiscutibles (monarquía parlamentaria, economía liberal) han denunciado, de manera más implícita que explícita, movilizaciones como las del 15M.

5Dinámica de virus. El principio de realidad virtual” (revista Salamandra nº 10, Grupo Surrealista de Madrid, 1999). Recogido más tarde en industrias mikuerpo. Un proyecto de gestión cultural independiente (1994-1999 (Madrid, Traficantes de Sueños, 2010).

6 “Cambio de modelo”, en Vínculos del frío. Ética y estética del habitar (Jornadas sobre Arte y Entorno, Universitat Politécnica de Valencia, 2012); “Estética del 15M” (revista Nolens Volens nº 6, Universidad Europea de Madrid); “Apuntes para una estética del 15M.


7 “La construcción de la auténtica libertad política... es la más completa de todas las obras de arte” (Friedrich von Schiller (1795), segunda carta de Sobre la educación estética del hombre).



8 “...más allá de modas y estilos y de la industria del rock [el punk representa] el estallido final de los significantes, la ruptura definitiva con la inmediatez de los discursos y con la falsa organicidad de la cultura, un proceso que se viene desarrollando a partir de las primeras crisis del capitalismo, que se expresa desde las primeras manifestaciones de las vanguardias artísticas y que ahora se hace público. (…) Hay un antes y un después del punk no solo para las formas artísticas y literarias, incapaces de seguir evolucionando de acuerdo a su propio concepto, sino también para los movimientos sociales y para las propias bases de la civilización. El punk es dadá para las masas.” (Luis Navarro: Presentación del libro El trabajo de Daniel Odier y William Burroughs, Madrid, Enclave de Libros, 2014).